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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.

«…pero yo por mi parte creo que los que mucho leían, antes de que llegara el virus, se han multiplicado y padecen ahora la fiebre de leer sin límites». Jesús Ferro B.

Leo para dormir.

Para dormir bien. Y soñar. Por eso leo a cualquier hora. Del día o de la aurora. Y duermo más de las ocho horas recomendadas, pues duermo las innegociables siestas y desde los desvaneos vespertinos de las brisas del Río, imitando al Dalai Lama. Por eso, leo acostado. Leo: diarios, revistas, libros y hasta la literatura que traen «oculta» los medicamentos comerciales de paciente coronario crónico.

O sea, padezco de «la fiebre de leer sin límites» que ha diagnosticado mi apreciado profesor, Jesús Ferro Bayona, en reciente columna. Dicho padecimiento afortunado me ha mantenido sano de los nefastos estragos del coronavirus, pues no he encontrado, ¡toda la vida!, mejor «mejoral” para vivir sano mental y físicamente que leer aislado del «ruido» de las aglomeraciones. Así que éste antiguo padecimiento lo sufro entre sabanas y almohadas: objetos a los que amo calladamente. Quisiera habitar entre almohadas, como en los dormitorios persas, para vivir sostenido y abrazados a las almohadas confeccionadas con flores o «espumas» de bongas preñadas de vejez, que venden por libra en el mercado de granos de Barranquillita.

Aprendí a leer acostado, tirado en el piso de «tierra» de la casa de El Santuario. Así leí, casi todos, los versos de Neruda. Pero, también leía en los buses de Coochofal y María Modelo cuando fui estudiante de bachillerato y universidad. A diario salía de El Santuario a la ciudad de calles pavimentadas que, para entonces, aceptaba que la llamaran «La Arenosa». Por eso, seguramente, leo y duermo. Los libros de papel son mi otro amor declarado públicamente. Los amo desde que tengo memoria que existen para mí. Los comencé a comprar en «los agachaté» del Paseo Bolívar. Y, muchos, me los compró Ma. Caamaño en «pica pica«.

Obvio, también leo de pie y sentado. Mi vida personal y laboral es leer y escribir. Aunque pensionado, sigo laborando como abogado litigante, asesor y docente asalariado. Profesiones que practico leyendo: libros, expedientes, documentos, alegatos, fallos y pruebas. Todo en papel. Ahora, electrónicamente. La cultura digital que impuso, sin anestesia, la pandemia a la administración de justicia, con jueces en casas o super-mercados. Los despachos judiciales tomados, como en la casa de Cortázar, por la peste. Mucho contagio, también muertes.

Así que leo para vivir decentemente ocupado en mis propios menesteres. Y descubrir en las literaturas la vida humana, en pasado y presente. el futuro nos lo descubre la ciencia. Obviamente, los libros escritos por genios visionarios de todos los tiempos. Por eso, comparto el diagnóstico del maestro Jesús Ferro: sin libros todos seriamos zoombies: muertos vivientes, como esos que sólo existen, en sí, en las redes sociales, son porque leen y comentan en Twitter. Escasamente.

Vivo para mí. Así me lo hizo saber Luz Ma. La filósofa amiga, quien me recordó, el otro día, las enseñanzas de «su» querida Simone de Beauvoir en «el segundo sexo«. Vivir para mí, me dijo, es vivir poéticamente. Eres, expresó, un privilegio. No entendí. Hasta ahora comprendo. Vivir leyendo, amén de un padecimiento, es un privilegio, ya que andas contigo mismo por todas partes. No te pierdes en odios, ni en enemistades, ni en fanatismos.  El libro es un gran amigo. Y es tú amigo, el que aprecia los libros. los libros son sagrados: no se rompen, ni se botan. Además, no tienes que estar recogiendo «caca» animal en parques y calles. Mis «mascotas» me dejan dormir y soñar cada vez que los abro, sub-rayo en tinta y los cargo en bolsa de regalo.

Sí. Los libros son, en estos tiempos del virus eterno, en-mascarado en múltiples variantes, el mejor regalo. Y llegué, al fin, a donde quería llegar desde que inicié a imaginar y pensar -también padecer-, escribir sobre esta fiebre intemporal de lectura.

«…si no hubiera nada más, valdría la pena vivir por la lectura» Nyala O’Faolain, periodista irlandesa.

La idea de volver a escribir sobre mi confesable amor a los libros, hay amores secretos que no tienen por qué declararse, como el mío por el arroz y el buñuelo de frijol cabecita negra-, surgió una mañana de la reciente Navidad cuando recibí un regalo de la Librería Nacional, entre los libros que adquirí esa mañana. Vi, esa vez, en el local al amable Edgar Ramírez, el gerente, y fui a saludarlo para agradecer «el niño dios«.  Edgar, simpático, anotó: «A Gaspar hay que meterlo en el inventario». Sonrió. Partí contento con el aguinaldo inesperado.

Ya en la tibia soledad del dormitorio, decidí romper el envoltorio navideño del grato regalo, y la sorpresa me invadió: es un ejemplar de la edición de bolsillo del premiado ensayo histórico de la filóloga y columnista española, Irene Vallejo, «el infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo». Así. Feliz comencé a dar la noticia a los amigos y amigas. Que me regalen un libro es una felicidad eterna. Aunque son muy pocos los libros que recuerdo me hayan regalado, fuera de los textos escolares que me compraba Ma. Caamaño. No tenemos la costumbre, sana, de regalar libros. El de Irene es un tesoro. Aunque ya lo había leído en edición de lujo y comentado a ustedes, amables lectores, tenerlo de nuevo entre mis manos, regalado por un librero, como celebración de los 80 años de fundada la Librería Nacional, acá en Barranquilla, era realmente un privilegio. Así que decidí conservarlo cerrado, luciendo su vestido de celofán que lo hace brillar ante mis ojos. Así lo guardo, como una joya, para mis silencios y soledades. ¡Gracias, Edgar, por el regalo!

«No soy escritor de libros. soy lector de libro«. Woddy Allen.

Cuando redacto esta nota, Irene Vallejo está en Cartagena de Indias, participando en el Hay Festival. Como me hubiese gustado irle a ver sus ojos azules y escuchado su voz de niña ensimismada, pero compromisos de «Defensor de Mujeres», injustamente denunciadas, me retuvieron en mi Killa querida. Irene vino a hablarnos del imprescindible libro el infinito en un junco, del que casi toda la crítica especializada ha hablado: ¡muy bien! Elogiosamente. Me deleité muchísimo escuchándola en una entrevista que concedió a la radio, donde los entrevistadores se declararon públicamente:»¡amantes platónicos de Ella!». Igual yo.

Foto: Mordzinski

Irene deslumbra como su libro. Es una académica. Filóloga e investigadora. Amante de las bibliotecas. Escribe una columna sabrosa en el diario El País de España. Pero, también es madre de familia. Y una gran conversadora, que acepta que LA literatura es su mundo. Y que su amor por la literatura, es la gran herencia de sus padres, que le enseñaron la magia de los libros…de papel, que le leían cada mágica noche.

Podría a esta altura de mi admiración por la laureada autora de el infinito en un junco, premio nacional de ensayos en 2020, y su obra, reseñar acá unas docenas de declaraciones de Irene sobre el oficio de contar aventuras o lo que han dicho los comentaristas de todo tipo sobre su libro. Pero, prefiero recomendarle la lectura del mismo. No se defraudarán. ¡Por favor!, hágase ese regalo. Usted mismo se lo agradecerá. Todavía no lo venden en un «agachate» de sardinel, de bordillo. Aunque, La Nacional, en sus 80s años, tiene una edición de bolsillo. el libro es un amor sin odios. ¡Complaciente! complaceté, tú mismo. ¿Qué pecado es ser ego-ista?

Confieso que además de lector de libros, ahora deseo ser escritor de libros, para llevarle la contraria a Woddy Allen, autor de sus «propias» películas de autor. Escribe los guiones y siempre Él o su alter ego está actuando en el film: ¡de p e l í c u l a!

La próxima: Las redes sociales no son periodismo.

Nota: El contenido de este artículo, es libre, espontáneo y de completa responsabilidad del Autor. GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.