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Por: Antonio Cueto Aguas

Al leer éste interesante concepto del eminente Psiquiatra y Psicólogo de origen Ítalo-argentino, José Ingenieros, no podemos menos que trasladarnos a nuestra sociedad, nos referimos naturalmente a la sociedad Colombiana, hoy cuando Colombia se encuentra frente al más importante proceso eleccionario, en donde se discute si los intereses del pueblo los re presenta el continuismo, la inmoralidad, la vulgar corrupción que durante la existencia de la vida institucional de Colombia, ha prevalido, o por el contrario nos arriesgamos a entregar la dirección del Estado Colombiano, a un sector idealista,  o soñador, que le plantea al pueblo,  acabar con esos antivalores, a que nos hemos referido atrás. Presenciamos constantemente la polémica y muy comprensible de quienes han pelechado durante siglos las riquezas de Colombia, a cambio de la miseria que le entregan a la pobrecía mayoritaria del pueblo colombiano, y a quien bajo el convencimiento de que esa es la verdadera democracia, ponen a pelear a los pobres con los pobres, para defender a los ricos responsables de esa pobreza.

Retrotrayéndonos al pensamiento de José Ingenieros, tal parece que los Colombianos lo interpretamos al revés, guardando las proporciones naturalmente, me explico: según Ingenieros,  seres desiguales no pueden pensar de igual manera y es lógico este concepto  del pensador Ítalo-argentino, sin embargo los colombianos estamos divididos, lo que ahora llaman polarizados, unos, en muy alta proporción afortunadamente, defendemos el proyecto del candidato a la Presidencia Gustavo Petro, quien promete cambios profundos, para que el pueblo, como lo dice su fórmula Vicepresidencial,  Francia Márquez: pueda vivir sabroso; por otro lado tenemos el sector también del pueblo pobre, que no teniendo como decía mi abuela: » ni en que caerse muerto «, defienden al sector representativo de la gran burguesía Colombiana, que se ha enriquecido con el trabajo de los pobres,  a costas como lo decimos atrás, de la ruina de ese gran núcleo social, que trabaja para robustecer las arcas financieras de ese sector explotador.  Lean a José Ingeniero y hagan el análisis personal que el caso amerita: » Ningún Dante podría elevar a Gil Blas, Sancho y Tartufo hasta el rincón de su paraíso donde moran Cirano, Quijote, Stockmann. Son dos mundos morales, dos razas, dos temperamentos: Sombras y Hombres. Seres desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre habrá evidente contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el genio, la hipocresía y la virtud. La imaginación dará a unos el impulso original hacia lo perfecto; la imitación organizará en otros los hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, Idealistas y mediocres.

El perfeccionamiento humano se efectúa con ritmo diverso en las sociedades y en los individuos. Los más poseen una experiencia sumisa al pasado:  rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos elegidos varían, avanzando sobre el porvenir, al revés de Anteo, que tocando el suelo cobraba alientos nuevos, los toman clavando sus pupilas en las constelaciones lejanas y de apariencia inaccesibles. Esos hombres, predispuestos a emanciparse de su rebaño, buscando alguna perfección más allá de lo actual, son los Idealistas.

La unidad del género no depende del contenido intrínseco de sus ideas les sino de su temperamento: se es idealista persiguiendo las qui meras más contradictorias, siempre que ellas impliquen un sincero afán de enaltecimiento cualquiera. Los espíritus afiebrados por algún ideal son adversarios de la mediocridad: soñadores contra los utilitarios, entusiastas contra los apáticos, generosos contra los calculistas, indisciplinados contra los dogmáticos. Son alguien o algo contra los que no son nadie ni nada.

Todo idealista es un hombre cualitativo: posee un sentido de las diferencias que le permite distinguir entre lo malo que observa, y lo mejor que imagina. Los hombres sin ideales son cuantitativos; pueden apreciar el más y el menos pero nunca distinguen lo mejor de lo peor.

Sin ideales sería inconcebible el progreso.

El culto del «hombre practico», limitado a las contingencias del presente, importa un renunciamiento a toda imperfección: el hábito organiza la rutina y nada crea hacia el porvenir; sólo de los imaginativo espera la ciencia su hipótesis, el arte su vuelo, la moral sus ejemplos, la historia sus páginas luminosas. Son la parte viva y dinámica de la humanidad; los prácticos no han hecho más que aprovecharse de su esfuerzo, vegetación en la sombra.

Todo porvenir ha sido una creación de hombres capaces de presentirlos, concretándolos en Infinitas sucesión de ideales. Más ha hecho la imaginación construyendo si tregua, que el cálculo destruyendo sin descanso. La excesiva prudencia de los mediocres ha paralizado siempre las iniciativas más fecundas y no quiere esto decir que la imaginación excluya la experiencia: ésta es útil, pero sin aquella es estéril.

Los Idealistas aspiran a conjugar en su mente la inspiración y la sabiduría; por eso, con frecuencia, viven trabados con su espíritu crítico cuando los caldea una emoción lírica y ésta le nubla la vista cuando observan la realidad. Del equilibrio entre la inspiración y la sabiduría nace el genio. En las grandes obras de una raza o de un hombre, la inspiración es indispensable para crear; ésa chispa se enciende en la imaginación y la experiencia la convierte en hoguera. Todo idealismo es, por eso, un afán de cultura intensa; cuenta entre sus enemigos más audaces a la ignorancia madrastra de obstinada rutina.

La humanidad no llega hasta donde quieren los Idealistas en cada perfección particular pero siempre llega más allá de donde habría ido sin su esfuerzo. Un objetivo que huye ante ellos convierte en estímulo para perseguir nuevas quimeras. Lo poco que pueden todos depende de lo mucho que algunos anhelan. La humanidad no poseería sus bienes presentes si algunos Idealistas no los hubiera conquistado viviendo con la obsesiva habitación de otros mejores»

Esperen en nuestra próxima Columna segunda parte de: «LOS TEMPERAMENTOS IDEALISTAS»

Nota: El contenido de este artículo, es libre, espontáneo y de completa responsabilidad del Autor. Por: Antonio Cueto Aguas