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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.

«La certidumbre de que por fin PELEABA POR SU PROPIA LIBERACIÓN, y no por ideales abstractos, por consignas que LOS POLÍTICOS PODÍAN VOLTEAR AL DERECHO Y AL REVÉS según las circunstancias le infundió un ENTUSIASMO ENARDECIDO«. García Márquez en CIEN AÑOS DE SOLEDAD. Al lamentarse Aureliano Buendía de TANTAS GUERRAS».

De las múltiples enseñanzas escolares, hay una frase que no olvido. La pronunció uno de mis MAESTROS, el psicólogo y filósofo argentino Lelio Fernández. Él dijo: «Lo único que se le debe exigir a la universidad es aprender a leer y a escribir«. Desde entonces vivo con el deseo de saber leer y escribir mis emociones e ideas. También los recuerdos de realidades vividas o soñadas.

Me asombra la recurrente noticia que tenemos una asignatura pendiente: La comprensión lectora. En reciente sondeo de la Cámara Colombiana del Libro, se concluyó que jóvenes y viejos- leen menos de tres libros al año. Ocupamos el último lugar, entre 5 países, en comprensión de lecturas y escribimos con «horrores» de ortografía. La pregunta obvia brota: ¿qué está haciendo la universidad?

El libro. Asombrado como vivo, un domingo de mayo tropecé, en una galería de vinos, con el colega abogado Jorge Padilla Sundhein que, emocionado, me contó que estaba leyendo el libro: «Por el derecho a comprender. Lenguaje claro«. Indague por el libro al joven colega Jean Paúl Vásquez quien gentilmente envió foto de la carátula y del contenido. Intenté comprarlo por Internet y fracasé. Por eso le pedí a Pedro Mendívil, otro colega, lo consiguiera en Bogotá. Pedro me lo trajo de regalo. 

Así que estoy sumergido, en el submarino, en la lectura de sus 500 páginas. Acá no lo voy a reseñar. Lo uso de pre-texto para responder al interrogante sobre qué está haciendo La universidad para enseñar a leer y a escribir frente a la carencia, muy colombiana, de la comprensión lectora entre jóvenes universitarios y profesionales en ejercicio de carreras con diplomas expedidos por excelentes universidades.

El libro es el resultado del trabajo académico de la red de lenguaje claro en Colombia, creada por la Universidad de Los Andes -la mejor del país-, en el 2018. Tiene 13 capítulos, cuyos autores trabajan en las entidades fundadoras de la Red como son: Departamento Nacional de Planeación, la Cámara de Representantes, el Instituto Caro y Cuervo, las Universidades Icesi, Eafit y Uniandes. A la Red se han adherido: Uninorte, Departamento Administrativo de la Función Pública, Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado, la Veeduría Distrital, la firma de abogados Peña Delgado&García y la Sección Quinta del Consejo de Estado.

Preocupación por el lenguaje. Existe una preocupación por el lenguaje. Preocupación que percibo por lo que leo en estos días, en publicaciones de medios de comunicación, no solo de Colombia, donde el recientemente concluido «debate» electoral presidencial demostró hasta la saciedad que somos «un país de emociones tristes» que seguimos en la deslocada guerra de palabras hirientes, sin cordura y racionalidad.

En ese sentido comparto la nostalgia expresada por Mauricio García Villegas, en el libro «El país de emociones tristes, una explicación de los pesares de Colombia desde las emociones, las furias y los odios«(Ariel), por adquirir una «educación sentimental«, al manifestar:

«A veces me lamento de haber tardado tanto en aprender cosas que me habrían podido enseñar en el colegio. (…). Que me indicaran cuáles son las falacias argumentativas más comunes y cómo evitarlas. Que me ayudaran a escribir mejor, con buenos consejos para decir las cosas de manera más clara y más inteligente«(ver pág. 276).

Como ven ese «lamento naufrago» proviene porque ni la escuela, ni el colegio ni la universidad se preocupan por ayudar a escribir mejor, argumentar y a usar un lenguaje claro e inteligente. Es decir, carecemos de la asignatura de comprensión lectora. La aprendí en una Maestría, ¿por qué no aprenderla en el Jardín o Pre-escolar frente a la casa o en la escuela pública del barrio? 

Al carecer del aprendizaje de hablar con argumentos, leer con afecto y escribir claro, es decir carecer de una educación sentimental, amorosa como diría H. Maturana (el amor educa), nos ha mantenido aún «salvajes» para expresar tolerantemente las adversidades y las diferencias. He allí la manifiesta preocupación por el lenguaje claro, no ebrio, no rebuscado en anaqueles y supermercados. o en «bodegas» donde se «educan en primera línea» a agitadores de redes sociales con ansías de poder y carencias de sentimientos no tristes.

Fenómeno que no es exclusivo de la Colombia nuestra, la que aún vive 100 años de guerras y soledades. Lo dijo porque en el mundo actual, pensadores y escritores están comentando sobre la precariedad y violencia en el lenguaje. Veamos.

El filósofo coreano, en boga, Byung Chul Han, en entrevista del pasado mes dijo: «Hoy no hay lenguaje. Hay mudez y desamparo. El lenguaje está siendo silenciado«. Y el escritor español Javier Cercas al comentar, en columna reciente titulada «Vargas llosa, el español y los poderes públicos» expresó que: «Nadie como él sabe que el poder se define por su pulsión de adueñarse de todo, empezando por el lenguaje«.

Si las redes sociales, los mismos medios de comunicación y los gremios de «educadores», aunados con los obsesivos dictadores del poder político, nos hurtan silenciosa y escandalosamente el lenguaje, gran riqueza humana, nos están robando la humanidad y regresando a ser una horda salvaje. ¿No les parece?

¿Entonces? Toca re-educarnos y exigir aprender a leer y a escribir, con lenguaje claro, desde el pre-escolar. Y unirse a la red de lenguaje claro en Colombia, abanderada por UniAndes. Prometo que el libro cuyo texto he usado de Pretexto lo reseñaré en todo su contexto cuando termine de leer sus 500 páginas.

La próxima: Atlántico y Barranquilla: 2 en 1.

Nota: El contenido de este artículo, es libre, espontáneo y de completa responsabilidad del Autor. GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.