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Por: Antonio Cueto Aguas

Segunda parte

Como lo expusimos en nuestro pensamiento introductivo de la anterior columna, hasta ahora sólo hemos expuesto a la inteligencia de nuestros distinguidos lectores, la introducción de la obra “EL HOMBRE MEDIOCRE” créanme que no les miento, a partir de la próxima columna, cuando daremos a conocer el Capítulo I, denominado precisamente “el hombre Mediocre” en esta primera parte de la obra, estudiaremos: “Aura de la mediocracia”  “Los hombres sin Personalidad” “En torno del hombre mediocre” “Concepto social de la mediocridad” “El espíritu conservador” “Peligros Sociales de la mediocridad” y cierra el capítulo Primero con: “la Vulgaridad”.

Encierra este capítulo la profundidad de los estudios de José Ingenieros para conocer el comportamiento humano con un ideal, su sueño no era otro, que el de acabar con la mediocridad, que tanto daño le hace a la sociedad contemporánea, preparémonos entonces para nuestra próxima columna, y mirémonos en el espejo de la sabiduría de Ingenieros, para ver que debemos corregir en nuestro diario actuar para dejar a un lado el Lastre de la Mediocridad.

El placer – como simple sensualidad cuantitativa – es absurdo e imprevisor; no puede sustentar una moral. Sería erigir los sentidos en jueces. Deben ser otros. ¿Estaría la felicidad en perseguir un interés bien ponderado? Un egoísmo prudente y cualitativo, que elija y calcule, reemplazaría a los apetitos ciegos. En vez del placer basto tendrías el deleite refinado, que prevé, coordina, prepara, goza antes e infinitamente más, pues la inteligencia gusta de centuplicar los goces futuros con sabía alquimias de preparación. Los epicúreos se apartan ya del Cirenaismo Aristipo refugiaba la dicha en los burdos goces materiales. Epicuro la encumbra a la mente, la idealiza por la imaginación. Para aquel valen todos los placeres y se buscan de cualquier manera, desatados sin frenos para éste, deben ser elegidos y dignificados por un sello de armonía. La originaria moral de Epicuro, es toda refinamiento; su creador vivió una vida honorable y pura.  Su ley fue buscar la dicha y huir del dolor, prefiriendo las cosas que dejan un saldo a favor de la primera. Esa aritmética de las emociones no es incompatible con la dignidad, el ingenio y la virtud, que son perfecciones ideales permiten cultivarla, si en ella puede encontrarse una fuente de placer.

Es en otra moral helénica, sin embargo, dónde encuentra sus moldes perfectos el idealismo experimental, Zenón dio a la humanidad una suprema doctrina de virtud heroica. La dignidad se identifica con el ideal; no conoce la historia más bellos ejemplos de conducta.  Séneca, digno de la corte del propio Nerón además de predicar con arte exquisito su doctrina, la aplicó con bello coraje en la hora extrema. Solamente Sócrates murió mejor que él, y ambos más dignamente que Jesús. Son las tres grandes muertes de la historia.

La dignidad estoica tuvo su apóstol en Epícteto. Una convincente elocuencia de sofista caldeaba su palabra de liberto. Vivió como el más humilde, satisfecho con lo que tenía, durmiendo en casa sin puertas, entregado a meditar y educar hasta el decreto que proscribió de Roma a los filósofos. Enseñó a distinguir, en toda cosa, lo que depende y lo que no depende de nosotros. Lo primero nadir puede cohibir; lo demás está subordinado a fuerzas extrañas. Colocar el ideal en lo que depende de nosotros y ser indiferente a lo demás; he ahí una fórmula para el idealismo experimental. Es desdeñable todo lo que suele desear o temer el egoísta. Si las resistencias en el camino de la perfección dependen de otros, conviene hacer de ellas caso omiso, como si no existiese y redoblar el esfuerzo enaltecedor. Ningún contratiempo material desvía al idealista. Si deseara influir de inmediato sobre cosas que de él no dependen, encontraría obstáculos en todas partes; contra esa hostilidad de su ambiente solo puede rebelarse con su imaginación, mirando cada vez más hacia su interior. El que sirve a un ideal vive de él; nadie le forzará a señalar lo que no quiere ni le impedirá ascender hacia sus sueños.

Esta moral no es una contemplación pasiva; renuncia solamente a participar del alma. Su asentamiento a lo inevitable no es apatía ni inercia. Apartarse no es morir, es simplemente, esperar la posible hora de hacer, apresurándola con la predicación o con el ejemplo.  Si la hora llega, puede ser afirmación sublime, como lo fue en Marco Aurelio, nunca igualado en regir destinos de pueblos, sólo él pudo inspirar las páginas más ondas de Renán y las más líricas de Paul de Saín- Víctor. Delicado y penetrante, su estoicismo fue más propicio para templar caracteres que para contemplar corazones. Con él alcanzó el Pensamiento antiguo su más tranquila nobleza.  Entre perversos e ingratos que le circuían, enseñó a dar sus racimos, como la viña, sin reclamar precio alguno, preparándose para cargar otros en la vendimia futura. Los Idealistas estoicos son hombres de sus estirpes, diríase que ignoran el bien que hacen a sus propios enemigos. Cuando arrecia el encallamiento de los domesticados, cuando más sofocante tómese el clima de las mediocracias, ellos crean un nuevo ambiente moral sembrando ideales; una nueva generación aprendiendo a amarlos, se ennoblece. Frente a las burguesías afiebradas por remontar el nivel del bienestar material- ignorando que su mayor miseria es la falta de cultura-, ellos concentran sus esfuerzos para aquilatar el respeto de las cosas del espíritu y el culto de todas las originalidades descollantes. Mientras la vulgaridad obstruye las vías del genio de la santidad y del heroísmo, ellos concurren a restituirlas, mediante la sugestión de ideales, preparando el advenimiento de esas horas fecundas que caracterizan la resurrección de las razas; el clima del genio.

Toda ética idealista transmuta los valores y eleva el rango del mérito; las virtudes y los vicios troncan sus matices en más o menos, creando equilibrios nuevos. Esa es, en el fondo, la obra de los moralistas; su originalidad está en cambios de tono que modifican las perspectivas de un cuadro cuyo fondo es casi imperturbable. Frente a la chatura común, que empuja a ser vulgares, los caracteres dignos afirman con vehemencia su ideal. Una mediocracia sin ideales- como un individuo o un grupo- es vil y escéptico, cobarde contra ella cultivan hondos anhelos de perfección. Frente a la ciencia hecha oficio, la Verdad como un culto frente a la honestidad de conveniencia, la Virtud desinteresada; frente al arte lucrativo de los funcionarios, la armonía inmarcesible de la línea, de la forma y del color, frente a las complicidades de la política mediocratica, las máximas expansiones del individuo dentro de cada sociedad.

Cuando los pueblos se domestican y cayán, los grandes forjadores de ideales levantan su voz, una ciencia, un arte, un país, una raza, estremecido por su eco, pueden salir de su cauce habitual. El genio es un guion que pone el destino entre dos párrafos de la historia.  Si aparecen en los orígenes, crea o funda; si en los resurgimientos, transmuta o desorbita. En ese instante remonta su vuelo todos los espíritus superiores, templándose en pensamientos altos y para obras perennes.

Esperen nuestra próxima Columna: “ÁUREA MEDIOCRA TICA”

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