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Por: Antonio Cueto Aguas

En este artículo, no haré el acostumbrado concepto, por respeto a los «mediocres «, es muy claro el pensamiento de José Ingeniero, espero nos sirva a todos.

El concepto de la normalidad humana sólo podría ser relativo a determinado ambiente social; ¿serían normales los que mejor «marcan el paso», los que se alinean con más exactitud en las filas de un convencionalismo social?. En este sentido, hombre normal no sería sinónimo de hombre equilibrado sino de » hombre domesticado «; la pasividad no es un equilibrio, no es complicada resultante de energías, sino su ausencia. ¿Cómo confundir a los grandes equilibrados, a Leonardo y a Goethe, con los amorfos? El equilibrio entre dos platillos cargados no puede compararse con la quietud de una balanza vacía. El hombre sin personalidad no es un modelo, sino una sombra; si hay peligros en la idolatría de los héroes y los hombres representativos, a la manera de Carlyle o Emerson, más los hay en repetir esas fábulas que permitirían mirar como una aberración toda excelencia del carácter, de la virtud y del intelecto Bovio ha señalado este grave yerro, pintando al hombre medio con rasgos psicológicos precisos:

» Es dócil, acomodaticio a todas las pequeñas oportunidades, adaptabilisimo a todas las temperaturas de un día variable, avisado para los negocios, resistente a las combinaciones de los astutos; pero dislocado de su mediocre esfera y ungido por una feliz combinación de intrigas, él se derrumba siempre, en seguida, precisamente porque es un equilibrista y no lleva en sí las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no significa equilibrado. Ese es el prejuicio más grave, del hombre mediocre y del genio desequilibrado «.

En sus más indulgentes comentaristas, ese pretendido equilibrio se establece entre cualidades poco dignas de admiración, cuya resultante provoca más lástima que envidia. Alguna vez recibió Lombroso un telegrama decididamente norteamericano. era, en efecto, de un gran diario, y solicitaba una extensa respuesta telegráfica a la pregunta presentada con la sugerente recomendación de un cheque: » ¿cuál es el hombre normal?» La respuesta desconcertó, sin duda, a los lectores.

Lejos de alabar sus virtudes, trazaba un cuadro de caracteres negativos y estériles: » Buen apetito, trabajador, ordenado, egoísta, aferrado a sus costumbres, misoneísta, paciente, respetuoso de toda autoridad, animal doméstico «. O, en más breves palabras, «fruges consumere natus «, que dijo el poeta latino.

Con ligeras variantes, esa definición evoca la del » Filisteo «: » producto de la costumbre, desprovisto de fantasía, ornado por todas las virtudes de la mediocridad, llevando una vida honesta gracias a la moderación de sus exigencias, perezoso en sus concepciones intelectuales, sobrellevando con paciencia conmovedora todo el fardo de prejuicios que heredó de sus antepasados «. En estas líneas refléjense las invectivas, ya clásicas, de Heine contra la mentalidad que él creía corriente entre sus compatriotas.  Por su parte, Schopenhauer, en sus » Aforismos «, definió al perfecto filisteo como un ser que se deja engañar por las apariencias y toma enserio todos los dogmatismos sociales: constantemente ocupado en someterse a las farsas mundanas.

A esas definiciones del hombre medio pueden aproximarse otras de carácter intelectual o estético, no exentas de interés, aunque unilaterales. Para algunos, la mediocridad consistiría en la ineptitud para ejercitar las más altas cualidades del ingenio; para otros, sería la inclinación a pensar a ras de tierra. Mediocre correspondería a Burgués, por contraposición a Artista. Flaubert lo definió como » un hombre que piensa bajamente». Juzgado con ese criterio, le parece detestable.

Tal resulta en la magnífica silueta de Hello, traspapelado prosista católico que nos enseñó admirar Rubén Darío. Distingue al mediocre del imbécil; éste ocupa un extremo del mundo y el genio ocupa el otro; el mediocre está en el centro.

¿será, entonces, lo que, en filosofía, en política o en literatura, se llama un ecléctico, un justo medio? De ninguna manera, contesta. El uno es justo – medio lo sabe, tiene la intención de serlo; el hombre mediocre es justo – medio sin sospecharlo. Lo es por naturaleza, no por opinión; por carácter, no por accidente. En todo minuto de su vida, y en cualquier estado de ánimo será siempre mediocre. Su rasgo característico, absolutamente inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. No habla nunca; repite siempre. Juzga a los hombres como los oye juzgar. Reverenciará a su más cruel adversario, si éste se encumbra; desdeñará a su mejor amigo si nadie lo elogia. Su criterio carece de iniciativa. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son oficiales. Esa definición descriptiva-análoga a las que repitiera Barbey D’ Aurevilly-, posee muy sugestiva elocuencia, aunque parte de premisas estéticas para llegar a conclusiones morales.

El » hombre moral » de Bovio y Lombroso, corresponde al » filisteo » de Heine y de Schopoenhauer, aproximándose ambos al » burgués » antiartístico de Flaubert y Barbey D’ Aurevilly pero, fuerza es reconocerlo, tales definiciones son inseguras desde el punto de vista de la sicología social; conviene buscar una más exacta e inequívoca   abordando el problema por otros caminos.

Mi próxima columna:  «CONCEPTO SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD «.

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