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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.

LIBROS Y AUTORES CONDENADOS POR QUIENES NO LOS HAN LEIDO.

«La escritura y la memoria no son adversarias. De hecho, a lo largo de la historia, se han salvado la una a la otra: las letras resguardan el pasado; y la memoria, LOS LIBROS PERSEGUIDOS». Irene Vallejo. EL INFINITO DE UN JUNCO.

A Sócrates, filósofo casado, la naciente democracia ateniense lo condenó pena de muerte por impío (blasfemia).  A Jesús de Nazareth lo crucificaron por predicar que su «reino no era de este mundo«. Ambos fueron enjuiciados por «multitudes» fanáticas, sin garantía del Derecho de defensa técnica. A ninguno le permitieron tener un abogado defensor en los juicios orales. Sócrates sé auto-defendió; la apología, platónico, resume el argumento defensivo. Es lectura obligada para estudiosos del Derecho Penal. Jesús, crucificado, solo expresó: ¡Perdónalos padre, porque no saben lo que hacen! El juicio santo también es par estudio de penalistas.

He recordado esas cruzadas y paralelas historias de procesos penales célebres con pena de muerte, como castigo a la libertad de pensamiento, en relación al ataque con puñal (arma blanca) del que fue víctima el escritor Salman Rushdie, autor de la novela «versos satánicos», condenado a muerte por blasfemia (impiedad), sin juicio popular, por el fundamentalismo islámico. El apuñalamiento se dio en Nueva York, ciudad de la libertad. El victimario un joven de 24 años de edad, que confesó no haber leído al novelista. Fue detenido durante el atentado a la libre expresión. ¿Cargo?. Tentativa de asesinato.

El imprescindible libro «el infinito en un junco«, en el que la filóloga española Irene Vallejo relata la fabulosa historia de «la invención de los libros en la antigüedad», tiene un capítulo: «voces que salen de la niebla, tiempos indecisos«, donde se lee:

«la población debe ser protegida de los escritores que contagian pensamientos malignos«(ver pág. 127).

¡Pero, oh desgracia!, la historia se repite en estos tiempos de incertidumbre. Hay escritores y libros que «contagian» ideas, pasiones, realidades y ficciones que no toleran los enemigos de la libertad de expresión: dictadores, emperadores, capos, sátrapas, fanáticos y predicadores de una sola palabra: la ¡suya! Y el apuñalamiento neoyorquino lo demuestra. La historia no es farsa.

La mafia italiana, desde años atrás, ha sentenciado a muerte al novelista Roberto Saviano, autor de «camorra«, una historia sobre el contrabando en el puerto de Nápoles. Este escritor vive entre guardaespaldas, siendo su delito: transformar en literatura la dura realidad. Igual ocurrió con el semiólogo italiano Umberto Eco a quien lo amenazaron por su obra «el cementerio de Praga«. El escritor turco Orham Pamuk, premio nobel de literatura, también está amenazado.

La historia entonces de la libertad de expresión, como una de las libertades públicas, es un calvario. Las obras son destruidas, quemadas, censuradas. Y sus autores amenazados y/o eliminados. ¿Por qué? Porque la imaginación es subversiva, liberadora.

El novelista nica, Sergio Ramírez, exvicepresidente durante la revolución sandinista, está exiliado y amenazado por el dictador Ortega y su estrafalaria esposa. Ese régimen tiene en la cárcel a dirigentes y periodistas. Mientras los clanes del narcotráfico en México han matado a reporteros y cronistas en distintos Estados de ese ancho y largo país.

No puedo olvidar que la Revolución Cubana implantó el paredón y que el Código Penal Cubano establece la pena de muerte. Que se ha perseguido a poetas y novelistas, por sus obras y por sus vidas. Casos de Reinaldo Arenas y Heberto Padilla son memorables. Guillermo Cabrera Infante, Caín, debió irse a vivir a Londres, donde murió, luego de ser considerado «traidor«.  Es decir, la historia de la libertad es también una historia de penas y muertes. Amén de persecuciones. A Gabriel García Márquez, el gobierno del «estatuto de seguridad» lo investigó y lo hizo huir a México donde falleció un jueves santo. La imaginación, como se proclamó en mayo del 68 en París, aún no ha llegado al poder. Sigue siendo víctima del poder ciego y mafioso. Aunque en Venezuela haya un Ministerio de la imaginación, periodistas y escritores han sido encarcelados y perseguidos.

No pretendo hacer una historia oficial de los atentados a la libertad de expresión, en Oriente u Occidente, con estas notas deshilvanadas y escritas de «memoria», sino rendir inclinadamente un silencio solidario a quienes se atreven a expresar, creativamente, lo que piensan.  Por eso los persiguen. Los acomodados viven escondidos en sus sombras palaciegas. Esa es otra historia: la de los arrodillados al poder.

Por ello deseo concluir con palabras prestadas del libro, que leo en estas madrugadas, cuyo título es de combate: «leer es resistir» (Planeta) del escritor bogotano Mario Mendoza. Los dos párrafos siguientes son del prólogo:

«La gente va y viene; los más cercanos nos hieren con facilidad; los que dicen querernos nos calumnian, nos olvidan o incluso nos odian después; las personas son volubles y están atravesadas por pasiones malsanas que no son de fiar. Pero los libros no: ellos, pase lo que pase, permanecen fieles a nuestro lado. Por eso elegirlos como sarcófago y morir junto a ellos es una idea magnífica».

«Aprender a leer literatura es comenzar a reinventar la realidad, a modificarla y a salir de ella también en excursiones por realidades paralelas. Es convertirse en un demiurgo. Casi nada. Por eso es tan peligrosa, por eso los libros se censuran, se queman, se esconden, se prohíben» (Pág.22).

Como ven para vivir libre hay que resistir. Resistir a la ignorancia y a la estupidez. Seguir leyendo y escribiendo, aunque nuestros escritos ni se lean y los rompan sin haberlos comprendidos. Los libros hacen vida y explican el morir en un jardín.

La próxima: ¡Los libros, otra vez!, los libros a propósito de «leer es resistir«.

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