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Por: Jorge Guebely

Hoy, los que mandan casi nunca lo hacen con lucidez, para la dignidad humana de los gobernados. Lo hacen casi siempre bajo absurdas leyes: intereses económicos, deshonestos egoísmos, delirios de importancia personal… Peor aún, para tener más, para acumular más, según mandamiento supremo del capitalismo.

Enceguecidos por la codicia, sucumben en la pobreza mental y el desfalco humano. No perciben el proyecto natural de Colombia, su potencial de despensa agrícola para el mundo. Conquistar mercados internacionales con productos agrícolas colombianos, frutas tropicales, tubérculos nacionales, cultivos pesqueros. Por la codicia, no ven el potencial agrícola de Colombia.

Así lo dijo el Creador, el dios que usted quiera, la energía que mueve el universo. ÉL nos regaló una bella tierra, muy cercana a la Tierra de Promisión, de múltiples sabores, de múltiples colores, de múltiples aromas. Paraíso divino tejido por redes de caudalosos ríos y cristalinas quebradas, de mares arrullando el continente, de playas fluviales hilvanando pueblos ribereños, de cordilleras acariciando al cielo.

ÉL nos dio todos los climas, los fértiles valles adornados con frondosa vegetación, la exuberante Amazonía mirando a la hermosa y desértica Guajira. Nos pintó los picos montañosos de blanco nieve, de azul Prusia las noches estrelladas, de amarillo dorado al desierto de La Tatacoa, de gris amarillento la cinta del río magdalena.

Sin embargo, hasta hoy, los que mandan enceguecieron por la avaricia, se hundieron en la deshumanización. Triunfaron en alguna elección, pero fracasaron como seres humanos.

Cayeron en los peores absurdos. Absurdo el país creado con tanta pobreza humana sobre tanta riqueza divina, con tanto infierno sobre tanto paraíso, con tanta mezquindad sobre tanta abundancia, con tanta tierra con tan pocos propietarios, con tanta desigualdad por tanta usura, con tanto país con tan poco Estado. Sucumbieron en el fracaso del conservadurismo social, del atraso histórico, del subdesarrollo mental.

Hoy por hoy, los salvarían Los Acuerdos de La Habana. El primer punto: la ejecución del Catastro Multipropósito, El Fondo de Tierras, la distribución de 3 millones de hectáreas entre campesinos labradores, la jurisdicción agraria…

Los salvaría la tecnificación del campo con vías, investigación agropecuaria, asistencia técnica, vivienda rural, distritos de riego, educación pertinente, infraestructura digital, mercadeo, servicios públicos dignos, restitución de tierra… como lo propone el exministro Juan Camilo Restrepo, conservador él. Construir un campo desarrollado para no tener que importar nuestros propios productos: maíz y trigo, café embolsado y chocolate empaquetado…

Hoy, los que mandan podrían cambiar, mejorar humanamente, superar el fracaso, el absurdo nacional, porque, según Clemenceau: “Solo los hombres absurdos no cambian nunca”.

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