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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.

«En la literatura, el crimen es tan antiguo como el amor«. Pierre Lemaitre.

«Sin igual y siempre igual«, el lema publicitario de cerveza Águila, la original, siempre me ha parecido una frase genial. Atribuida su autoría al «Nene» o «Cabellón» Cepeda, uno de los cuatro conversadores de Macondo, quien fue creativo e impulsor de «la fría Barranquillera» en el desierto guajiro y en cada esquina de aquella ciudad llamada «La Arenosa». ¿La recuerdan? Para saberlo hay que ir a comer chicharrón y a hablar paja a «La Tiendecita» de Bostón: la esquinera, la de «Monchi».

He recordado ese elocuente y famoso slogan cervecero ñero, pensando en las conductas de personas o personajes que, a diario, navegan en los sudores viscerales del amor al odio. Que a pesar de la educación que le regalaron sus padres siguen siendo los mismos de siempre o peores a los del barrio ribereño o «zona próxima» donde nacieron y se criaron entre necesidades, envidias y chismes de vecindario. Personajes que se reflejan, a trasluz, en la vida política del país de miedos y sombras que nos toca vivir. 

Me explico. Colombia, nuestro terruño, sigue siendo un país retórico. O de una política retórica. De un lenguaje encantador, pero con una realidad de fanáticos. De cruzados del Medioevo. Nos salva la generosa naturaleza que nos circunda. Océanos. Ríos. Montañas. Llanuras. Desiertos. Páramos. Y un cielo con todas las lunas y los mejores soles. Tanto que nos califican como uno de los tres países más hermosos del mundo. 

Pero los colombianos, de todos los géneros seguimos siendo envidiosos, resentidos, infelices, injuriadores y borrachos. Un ejemplo o dos: el del senador heroico y alcohólico y los twitters del presidente, aún en campaña, calificando, sin reflexión, lo ocurrido en el plebiscito chileno: «Resucitó Pinocho y vendrán Alamedas», copión. Tanto que vivimos viendo la pajita en la mirada del otro y no la viga en la propia. Razón por la cual la violencia no acaba, pues desde la cuna parece nos enseñaran a no querer el bien del otro: el vecino, el hermano, el padre o el compañero de trabajo o de la universidad. En vez de ser gozones, somos cansones. Hasta la segregación.

Sí. En Colombia segregamos en pleno Siglo XXI. Ya lo vimos con la actual Vice-presidenta a quien por su color y origen le dijeron de todo y hay disculpas a «regaña-diente». No nos comportamos como iguales. Y eso es tan cierto, que somos cinco países en uno. Todavía nos encanta hablar de regionalismo, – siendo constitucionalmente un república unitaria– de pelea de cachacos vs costeños. O lo contrario. Una herencia se convierte un ring de lucha libre (puño y patá) entre hermanos de papá y mamá. Y siempre existe un presunto heredero que cree que tiene más derecho que los demás.

¡En este punto y antes que Francia nos monté un Ministerio, otro más!, el de la igualdad, me permito recordarle, a Ella y a su fanaticada, el texto del inciso 1ro. del artículo 13 de la Constitución Política, que reza así:

«Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, recibirán la misma protección y trato de las autoridades y gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica«.

Entonces, ¿será que para dar trato igual a toda persona con la que nos relacionemos y/o convivamos necesitamos qué nos lo ordené un ministro? O ¿qué esa norma constitucional, cuya redacción deviene de «el contrato social» de Juan Jacobo, sea enseñada y aprendida desde el pre-jardín a todos y cada uno de los niños colombianos, antes que «los maestros» de Fecode pretendan «adoctrinar» con la tesis marciana de la lucha de clases que Alemania y Europa superaron a mitad del Siglo XX? La ciudadanía se debe aprender desde el kínder o desde la escuelita de la cuadra.

O sea, para dejar de odiarnos y seguir viviendo polarizados, con una pretensión de gobernar con un retrovisor, los colombianos requerimos una revolución sentimental. Esta idea la tomo del libro de Mauricio García Villegas: «el país de las emociones tristes«(Ariel), cuando en la página 277 implora:

«Que me dieran una mejor educación sentimental, para gozar del cuerpo y sus placeres, sin diablos agazapados ni infiernos amenazantes. Que me hablaran más de las virtudes y menos de los mandamientos. Que me dijeran que los seres humanos criticamos muchos y también alabamos mucho, por eso nos gusta ser moralistas, porque cuando hacemos eso, nuestro cerebro recibe una sensación placentera de superioridad sobre los demás; sin embargo, en esa tarea de juzgar, con frecuencia nos equivocamos y eso debido a que ni tenemos tantos motivos para criticar ni tantos para alabar. Que me enseñaran a juzgar a los demás con prudencia, sin caer en el moralismo ni en el cinismo. Que me inculcaran el gusto por los oficios manuales y por vivir en paz con la naturaleza y con mi propio destino».

Nada de esos aspectos de una educación sentimental enseñan a los niños colombianos, a los que no les educan para ser felices, sino para creerse jueces todopoderosos de los demás. De allí que en vez de «paz total» pretendamos vivir en total guerra, donde del amor pasamos, sin rubor, al odio al vecino o con quien dormimos. A los colombianos nos falta educación sentimental para que seamos más hermanos, mejores seres humanos.

En ese mismo orden, por el que aboga Villegas para Colombia, el de una educación sentimental, se encuentra el sabio francés Edgar Morín quien en sus «lecciones de la pandemia«(Paidós) también aboga a que «cambiemos de vía» al recomendar, globalmente, construir la verdadera vida así:

«La calidad de vida se traduce por bienestar en el sentido existencial y no solo material. Implica la calidad de las relaciones con los demás, y la poesía de la participación afectiva y afectuosa.

Naturalmente, la política no puede crear la felicidad individual. Hay que dejar de creer que el objetivo de la política es la felicidad. La política puede y debe eliminar las causas públicas de desdichas (guerra, hambre, persecuciones). No puede crear la felicidad, pero puede favorecer y facilitar la posibilidad de que cada uno viva poéticamente (vivir poéticamente es vivir para vivir), es decir, en la autorrealización plena y la comunión»(págs. 82/83).

Tenemos el reto de hacer el cambio no retórico, creyendo que desde la política los políticos lo pueden cambiar todo. No. El cambio es educacional desde lo individual. Hacer de nuestra vida poesía. Erótica, aunque sean «versos malos». Abandonar la caverna del odio visceral y procurar vivir en paz consigo mismo y con los demás. Es decir, poéticamente. Solo así: tendríamos una «Colombia Humana». Lo que vemos es pura retórica: «que todo cambie, para que todo siga igual», como enseñó el Príncipe Lampedusa en la novela/película «Gato Pardo». Estamos no en el petrismo, sino en el gatopardismo. ¿O no? ¡O peor!

La próxima: ¿Es tentativa de homicidio el atentado a Cristina k?

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