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Por: Antonio Cueto Aguas.

Siempre hemos dicho que no obstante escribir un tema que en lo más profundo de nuestro ser rechazamos, porque creemos que si bien es cierto, en el seno de nuestra sociedad existen diversidades de caracteres, lo que más nos impresionan son esas características que muestran los mediocres y que aun cuando los rechazamos, somos conscientes que ellos existen y no como una excepción, casi nos atreveríamos a decir que es la regla, por ello hoy queremos dar a conocer 10 características del hombres mediocres, en criterio del Chileno Luis Omar Caseres Aravena, con nuestra promesa de que próximamente estaremos dando a conocer otros procedimientos que permitirán al hombre salir de esa rutina mediocre, que tanto daño hace a nuestra sociedad veamos:

1-«Viven en un mundo de negativismo auto destructivo y consciente o inconscientemente, se han propuesto contaminar la vida de los demás.

2- Actúan en la vida tomando decisiones con el propósito de agradar al resto, por temor a perder el afecto de las personas que les rodean.

3- Actúan en la vida sin un foco mental claro, viviendo con la ilusión de que lo importante es sólo el ahora y, por lo tanto, se comportan de manera dispersa en sus asuntos relevantes.

4- Recurren permanentemente a las excusas para explicar los “fracasos”, sin hacerse cargo de la responsabilidad por los resulta dos que cada uno genera en la vida.

5- Tienen el hábito de “escanear” lo negativo de situaciones y perso nas, generando ceguera frente a lo positivo de la vida y de la gente con la cual interactúan.

6- Se quejan literalmente por todo. Sienten que la vida les juega permanentemente malas pasa das y que tienen una especie de “halo de mala suerte”. Victimismo sutil.

7- No se involucran en lo que hacen ni en las interacciones que tienen. En sus trabajos hacen lo justo y necesario, no se esfuerzan ni un milímetro adicional por hacerlo con entusiasmo y mejor. Con las personas, no generan escucha ni conexión emocional.

8- Sienten que el mundo está en deuda con ellos, que la vida es injusta y, por lo tanto, están permanentemente esperando la ayuda de los demás para resolver “sus problemas”.

9- Sienten que la vida no les otorga oportunidades, que hay gente más talentosa que ellos y creen que éstos han sido premiados de manera especial sin merecerlo, lo que en ellos genera un gran resentimiento.

10- Sienten envidia por el éxito de los demás. cuando alguien les cuenta de sus proyecto o ideas, esconden un secreto deseo que esas ideas fracasen. no soportan el éxito ajeno y sufren por eso. Ahora leamos a José Ingenieros:

En toda nueva idea presienten un peligro; si les dijeran que sus prejuicios son ideas nuevas, llegarían a creerlos peligrosos. Esa ilusión les hace decir paparruchas con la solemne prudencia de augures que temen desorbitar al mundo con sus profecías. Prefieren el silencio y la inercia, no pensar en su única manera de no equivocarse. Sus cerebros son casas de hospedaje, pero sin dueño; los demás piensan por ellos, que agradecen en lo íntimo ese favor.

En todo lo que no hay prejuicios definitiva mente consolidados, los rutinarios carecen de opinión. Sus ojos no saben distinguir la luz de la sombra, como los palurdos no distinguen el oro del «dublé»; confunden la tolerancia con la cobardía, la discreción con el servilismo, la complacencia con la indignidad, la circulación   con el mérito. Llaman insensatos a los que suscriben mansamente los errores consagrados y conciliadores a los que renuncian a tener creencias propias; la originalidad en el pensar les produce escalofríos. Comulgan en todos los altares, apelmazando creencias incompatibles y llamando eclecticismo a sus chafarrinadas; creen, por eso, descubrir una agudeza particular en el arte de no comprometerse con juicios decisivos. No sospechan que la duda del hombre superior fue siempre de otra especie, antes ya de que la explicara Descartes; es afán de rectificar los propios errores hasta aprender que toda creencia es falible y que los ideales admiten perfeccionamiento

 Indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no se corrigen ni se des convencen nunca; sus pre juicios son como los clavos; cuando más se golpean más se adentran. Se tendían con los escritores que dejan rastro donde ponen la mano, denunciando una personalidad en cada frase, máxime si intentan subordinar el estilo de las ideas; prefieren las desteñidas lucubraciones de los autores apampanados, exentas de las aristas que dan relieve a toda forma y cuyo mérito consiste en transfigurar vulgaridades mediante barrocos adjetivos. Si un ideal parpadea en las páginas, si la verdad hace crujir el pensamiento en las frases, los libros perecéenles material de hoguera; cuando ellos pueden ser un punto luminoso en el porvenir o hacia perfección, los rutinarios los desconfían. La caja cerebral del hombre rutinario es un alhajero vacío. No pue den razonar por sí mismos, como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuan do el creador pobló el mundo de hombres, comenzó por fabricar los cuerpos a guisa de maniquíes. Antes de lanzar los a la circulación levantó sus caletas craneanas y llenó las cavidades con pastas divinas, amalgamando las aptitudes y cualidades del espíritu, buenas y malas. Fuera imprevisión al calcular las cantidades, o desaliento al ver los primeros ejemplares de su obra maestra, quedaron muchos sin mezcla y fueron enviados al mundo sin nada dentro. Tal legendario origen explicaría la existencia de hombres cuya cabeza tiene una significación puramente orna mental.

Viven de una vida que no es vivir. Crecen y mueren como las plantas. No necesitan ser curiosos ni observadores. Son prudentes, por definición, de una prudencia desesperan te; si uno de ellos pasara junto al campanario inclinado de Pisa, se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre original, imprudente, se detiene a contemplarlo; un genio va más lejos; trepa a la campana rio, observa, medita, en saya, hasta descubrir las leyes más altas de la física Galileo.

Si la humanidad hubiera contado solamente con los rutinarios, nuestros conocimientos no excederían de los que tuvo el ancestral homínido. La cultura es el fruto de la curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita a mirar el fondo de todos los abismos. El ignorante no es curioso; nunca interroga a la naturaleza. Observa Ardigó que las personas vulgares pasan la vida entera viendo la luna en su sitio, arriba sin preguntarse por qué está siempre allí. Sin caerse; más bien creerán que el preguntárselo no es propio de un hombre cuerdo.

Dirían que está allí porque es su sitio y encontrarán extraño que se busque la explicación de cosa tan natural. Sólo el hombre de buen sentido, que cometa la incorrección de oponer se al sentido común, es decir, un original o un genio ‐– que en esto se homologan—, puede formular la pregunta sacrílega: ¿Por qué la luna está allí y no cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, un audaz a quien incumbe adivinar algún parecido entre la pálida lámpara en el cielo y la manzana que cae del árbol mecido por la brisa. Ningún rutinario habría descubierto que una misma fuerza hace girar la luna hacia arriba y caer la manzana hacia abajo.

En esos hombres, inmunes a la pasión de la verdad supremo ideal a que sacrifican su vida pensadores y filósofos, no caben impulsos de perfección, sus inteligencias son como las aguas muertas; se pueblan de gérmenes nocivos y acaban por des componerse. El que no cultiva su mente, va derecho a la disgregación de su personalidad. No desbaratar la propia ignorancia es perecer en vida. Las tierras fértiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espíritus rutinarios se pueblan de prejuicios, que los esclavizan.

Pongo a consideración de mis amables lectores, mi acostumbrada Columna Periodística: «EL HOMBRE MEDIOCRE» hoy con: la última parte de: «EL HOMBRE RUTINARIO».

Espere nuestra próxima columna » LOS ESTIGMAS DE LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL «.

Nota: El contenido de este artículo, es opinión y conceptos libres, espontáneos y de completa responsabilidad del Autor.