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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.

Leonardo Padura, el escritor habanero más leído del momento, confiesa en la nota del autor de la recién publicada novela «personas decentes«(TusQuets), que fue reportero del vespertino juventud rebelde, donde investigó sobre la vida y obra del proxeneta y político cubano, Alberto Yarini, uno de sus personajes de este nuevo relato de la serie «Mario Conde», narrador omnisciente en la trama policiaca de la historia pasada y presente de la Habana vieja, hábitat de sus deliciosas y escabrosas narraciones.

Leyendo, «a mi manera», la novela de 442 páginas de Padura, de quien el ex-embajador en Cuba, historiador Gustavo Bell Lemus dice: «Ganará el Nobel, pronto», recordé cuando ingresé como redactor de crónica roja en el no olvidado diario del caribe del Barrio Abajo, el Director de entonces, ex-ministro de Justicia, Dr. Francisco Posada de la Peña me dijo: «a los lectores de la sociedad les gustan las historias de los crímenes que frecuentan a barranquilla…lo que no les gusta, en especial a las señoras, es contemplar las fotos de los muertos baleados o destrozados cuando abren el periódico para desayunarse con las noticias de sangre, del día a día«.

Con esa advertencia, el cronista se dedicó a escribir, de cada hecho de sangre relevante, una «novela» al estilo de los escritores del “boom de la literatura latinoamericana» y/o de Truman Capote, Tom Wolfe, Norman Mailer y autores del nuevo periodismo norteamericano. Las crónicas comenzaron a publicarse en primera página. Poco tiempo después y por la necesidad de competir, con el heraldo y la libertad, en la venta diaria del periódico, el director cambió la estrategia. Me dijo: «Gaspar, vamos a publicar fotos de los crímenes. De víctimas y contextos. Sin distinción». Con la orden, diplomáticamente negocié con el fotógrafo del F-2 un trueque: rollo tomado por rollos vírgenes. Pasado unos días, vendíamos más ejemplares de diario del caribe que la competencia. La fórmula: literatura y fotografía, dio resultado. La noticia se hacía historia. 

La crónica roja vende periódico, solo que ahora las redes sociales les han quitado el encanto periodístico a los crímenes bien contado. Ese re-cobrado encanto es lo que hace de «personas decentes«, una novela para leer, como un periódico, en el desayuno con café hirviente y «terciado», huevo duro y pan con mantequilla. En la bandera que promociona el libro se lee: «la novela más policiaca y habanera de Leonardo Padura. el asesinato de un exdirigente cubano en el momento de máxima efervescencia en cuba con la visita de Barack Obama«. Además del concierto, en La Habana de este siglo, de los Rollings Stones (ví el documental) y un desfile de  Chanel, matizan la crónica de varios crímenes de sangre y de corrupción política en la Cuba comunista. Historias literarias para aprender y no hacerlas realidad.

Así como es crónica, la novela es literatura de la literatura. Además, lo confiesa, otra vez, Padura en aquella «nota del autor» cuando expresa que «incluyo sin entrecomillar algunas frases de novelas cubanas de la época, como las honradas y las impuras, de Miguel Carrión y generales y doctores de Carlos Loveira». Pero a mí, encantado con la crónica criminal ahí narrada, con lujo de detalles, me alegró mucho encontrarme en esas páginas con alusiones a otros autores, como Guillermito Cabrera Infante, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Carlos Franqui, Heberto «Bebo» Padilla y otros, creadores literarios que fueron, en la realidad, víctimas de la persecución ideológica o represión a la libertad de expresión que vivió la Revolución Cubana, que generó distancia a la misma entre escritores e intelectuales, por la ortodoxia de la filosofía marxista-leninista que pregonaba y ejecutaba el Régimen Castrista, en su dura era pro-soviética.

Pero «personas decentes» es, a mi gusto de lector, una novela Epicúrea, Hedonista. Un tratado relámpago de lo que en sus líneas se denomina «la metafísica de la felicidad«, claro a lo cubano. Y comparto la descripción, en la página 366, del banquete gastronómico con que brindaron, en un acto de felicidad comunal, los amigos del barrio, de toda la vida, del narrador Mario Conde. Hela aquí:

«Y a la una en punto de la tarde llegó el condumio: un pequeño cerdo asado, de cuerpo completo, adornado con un diminuto sombrero campesino y un tabaco en la boca; típicos catauros de yagua de palma real cargados de yucas y malangas hervidas, rociadas con un mojo de ajo y naranjas agrias, el arroz congrí brillante por el baño de la grasa destilada por el cerdo asado y la ensalada de tomates, lechugas y aguacate, además dos frascos de dulce de coco rallado y, como deferencia especial, una caja de cervezas ya frías. Dulcita (la amante intermitente) sacó entonces las cuatro botellas de tinto español y el mágnum de whisky que, con otros detalles para la tropa, el amigo Andrés le había entregado en Miami para apoyar la celebración. La abundancia de la mesa (Josefina la había engalanado con su mejor mantel y armado con todas sus copas, vasos y cubiertos, diversos pero suficientes) puso a salivar a los convocados. Porque ellos estaban de fiesta, el país estaba de fiesta, aunque ya Obama se hubiera marchado. Porque ahora venían los Rolling, detrás llegará el desfile de Chanel y las vacaciones continuaban…».

Ese banquete cubano resume esa metafísica de la felicidad, de la cual se enseña en Harvard en catedra magistral. Y sobre la cual Epicuro y pocos días antes Aristóteles enseñaron, sin tanto protocolo académico: la felicidad es una fiesta de amigos por la vida. Lo demás es retórica. Una vida buena, con swing y sabrosura. Cuando leía me atreví a escribir, a una musa de madrugada, estos versos del alba: «Hoy leí que existe/ la metafísica de la felicidad/ la frase la encontré leyendo la novela «personas decentes«, que narra historias policiales de asesinatos de mujeres/ entonces me pregunté: qué es la metafísica de la felicidad?/ Es, me dije, como aquello que no se percibe, pero que cuando se descubre nos hace decir: Soy Feliz!/ O sea, cosas o situaciones inmateriales, como ejemplo: el carnaval de barranquilla/ quien lo vive es quien lo goza/ el carnaval de La Arenosa/. Mejor dicho, la metafísica de la felicidad es lo que se goza/ desde un vaso de agua potable o un destilado escoces/ Y obvio, el buen sexo/ Ni el agua/ Ni el sexo/ Se deben perder/ aunque pasen los años/ Tenerlos y gozarlos/ nos hacen feliz. ¿O no? / Descubrí la metafísica de la felicidad».

Leonardo Padura escribe a lo cubano. Sin la exuberancia de Carpentier y sin el ritmo sincopado/cinematográfico de Cabrera Infante. Pero con un bisturí descubre la alegría habanera, en las miserias humanas que ha borrado el discurso del hombre nuevo que alentó la Revolución que vino de la montaña. De la Sierra, ¡Maestros!. Y fue la gran ilusión. Es, en «personas decentes«, un magnífico cronista, además un filósofo de cabaret. Y un historiador documentado del pasado (la Niza del caribe) como del presente. Un anatomista. Sin tiempo real y haciendo de toda ficción. la literatura desnudando la realidad.

Quiero concluir esta reseña de la nueva novela de Padura (¿Ganará el Nobel?), compartiendo algunas palabras o frases que subrayé. Una muestra son estas: esta quemaó, la desmemoria, a singar, trucidados, arramblar, ajenitud, la mamada francesa, no se le paraba el rabo, la montería sexual, su mojito de mentiras, etc. Es oportuno señalar que las historias suceden en un barrio «putañero» de La Habana de siempre.

Ahora, los periodistas dan información, pero no cuentan historias. Las historias de las noticias. Por favor, colegas sean personas decentes, es decir docentes.

Nota: El contenido de este artículo, es opinión y conceptos libres, espontáneos y de completa responsabilidad del Autor.