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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.

«Es raro que algo tan tradicional, UNA FAMILIA, sea una revolución para mí, y una liberación, no un lazo ni un nudo más«. Luis Córdoba. __________

Recientemente me asaltaba la pregunta: ¿qué es la familia?. Cuál es la razón de aquel asalto que me sorprendía al caminar, sin sol por las sombras de las calles vecinas o en pasillos de los centros comerciales cercanos, pensando en una institución cotidiana. Escribiendo mis reflexiones peripatéticas, a veces, intento hallar respuesta. Voy en esa búsqueda.

Las noticias anodinas me abruman: aumentan los delitos contra la niñez, «padre» mata a su hijo de 5 años, al que las autoridades competentes nunca protegieron a pesar de las quejas maternales; adultos mayores son abandonados en sardineles y hospitales ante la indiferencia de familiares, parientes abusan de niñas y niños menores de 14 años de edad (según la policía, en lo corrido del año, van 68 casos de abusos sexuales a menores y la mayoría de victimarios son miembros de la familia de la víctima) y, hasta, de personas discapacitadas. Tales noticias diarias, provocan «meter la cabeza en la arena«, como avestruz. Pero vivo para escribir. Y lo hago. También para leer no sólo noticias, sino novelas. También lo hago.

La novela, como género literario, es la vida. La frase, creo, la oí de Julio Cortázar en una vieja entrevista sobre sus formas de escribir. El cronopio escribió novelas poco ortodoxas. Y es una frase cierta. Tremenda, diría mi nieto mayor, en tono bonaerense. Porque para escribir novelas, buenas o malas, hay que haber vivido. De realidad o de fantasía. Eso lo confiesan los grandes autores para quienes sus vidas son de pura novela. Bueno, si nuestra vida no es de novela, dudo sea real. Ello porque vivir es crear, más allá de respirar.

Así que, con esa idea, me dediqué en aquellos días en que llovía y llovía en Barranquilla, a leer (no tenía otra que hacer) la recién publicada novela de Héctor Abad Facciolince: «salvo mi corazón, todo está bien«(Alfaguara), título que tomó de un verso del poeta piedracelista Eduardo Carraza (ver pág. 122).  Igual hizo, según la crítica, con uno de J.L. Borges: «el olvido que seremos«, su novela magnifica. Tan real hasta las lágrimas.

Entonces, la lectura refrescante de la novela contribuyó a que la pretensión de escribir sobre la familia se precisará en el enfoque y en el lenguaje, entre lo legal y lo literario.

¿Razón? La novela «salvo mi corazón, todo está bien«, recomendable lectura para pacientes cardiacos, como yo, es, en el fondo una historia de la vida real. De la vida en familia. De la nostalgia de desear tener y conservar una familia más allá de las circunstancias que nos depare la vida.

Un proverbio francés, transcrito en la solapa del libro, como promoción: «el matrimonio es como una fortaleza sitiada. los que están afuera quieren entrar y los que están adentro quieren salir.»(Ver pág. 217), es la «lanza de corazones» de las historias que se cruzan entre amigos amantes del cine, la ópera, la literatura y el catolicismo: iglesia inventora del matrimonio «para toda la vida«. Y, obvio, de la familia como resultado de esa sitiada fortaleza llamada matrimonio, o cualquier otra unión entre amantes del amor o del calor de hogar. No hay como la comida del sazón de las abuelas. 

Siempre una novela es ficción, ya que eso es la literatura: creación.  Invención. Metáfora. Poesía. Aunque lo escrito sea cierto a «píe juntilla». Por eso, Luis Córdoba, el protagonista de «salvo mi corazón, todo está bien«, es un personaje de la vida real, tal como lo confiesa Héctor Abad en su «nota bene», tanto que están novelados trozos de la propia vida familiar del escritor. Y de este país del sagrado corazón, repleto de protagonistas, en la vida real, que parecen copiados de la ficción. En determinados pasajes la novela se siente como una crónica social y hasta roja de Medellín, aquella que apodaron «Metrallo».

Entonces, la lectura lluviosa de la novela, que podría ser una buena lectura (con el corazón abierto) en familia -sé la regalé leída y subrayada a mi hijo cardiólogo-electrofisíologo, recién desempacado del Buenos Aires del Cortázar de cemento-, me ayudó a formularme o, mejor, re-formularme la pregunta: ¿qué es la familia? Y aquella del amor para toda la vida, con que vinimos a este mundo los bautizados católicos.

¿Qué es la familia? Sin olvidar el enfoque de estas «reflexiones», en el portal de la esquina, debo recordar lo que consagra nuestra Constitución Política al respecto, tanto en su artículo 5to (una de las normas que más me gusta de esa Carta), en concordancia, con el 42. Textos de una hondura filosófico-política que merecen mayor estudio y meditación en los hogares y en las escuelas de Colombia, país donde la familia ES, desgraciadamente, el centro neurálgico de todos y cada uno de los conflictos que no nos han dejado superar la violencia «total«. Esa violencia que tiene más de 100 años de Soledad.

Y bien. El artículo 5to, además de entregar poéticamente la línea filosófica del Estado Social de Derecho colombiano, expresa que éste «…ampara a la familia como institución básica de la sociedad«. Mientras el 42, en uno de sus numerosos incisos, señala que: «la familia es el núcleo fundamental de la sociedad«. Observen las palabras constitucionales: Institución básica y/o núcleo fundamental. Es decir, la familia es cuerpo y alma de la sociedad. Así que sí ésta se corrompe, porque no hay amor matrimonial para siempre, es obvio que la sociedad también se corrompa.

Me pregunto: Sé enseñan esas definiciones de familia ¿en la escuela, en la casa?. No dudo en responder: negativo, Mi Capitán. Mi gran Capitán, como lo diría Walt Whitmann, el poeta barbudo que hizo de la poesía filosofía democrática. Hojas de hierbas es la vida.

Ní se enseña, ni se leen, como manda La Constitución. Por eso, me atrevo de compartir un inciso más. Éste: «la honra, la dignidad y la intimidad de la familia son inviolables«.

Repito: ¡i n v i o l a b l e s! Entonces, cómo tolerar tanta «cantaleta» doméstica y abusos entre los propios «miembros» de la familia. Es claro que sin respeto no hay familia. Y el respeto debe reconocerse y responsabilizarse. Ese inciso constitucional es rotundo. Merece una tesis doctoral.

El actual Presidente de la Corte Suprema de Justicia, el magistrado vallenato, Dr. Aroldo Quiroz Monsalvo, en el prólogo del libro «el principio de interés superior del niño, Una teoría para la interpretación constitucional»(Ibañez grupo editorial), de la autoría de la catedrática barranquillera, Dra. Vilma Riaño González, afirma lo siguiente:

«Afirmo sin temor a equívocos que esta obra (…), señala una línea para lograr la constitucionalizarían del derecho de las familias, pasando del significado patriarcal singular al significado plural que representan los diferentes tipos de familia en Colombia«.

Desde 2014 el Estado colombiano diseñó una política pública para la familia, situándola como centro de interés educativo, para combatir la desigualdad y propender para lograr los objetivos de desarrollo del milenio, tanto en el marco del progreso social nacional y mundial. 

Frente a esa política, que es todo un desafío socio-humano, la concepción tradicional de familia monogamia se ha ampliado. Admitiendo, con las enseñanzas de la jurisprudencia constitucional, nuevas y realistas formas de familias, como: madre cabeza de familia, de parejas del mismo sexo, de comunidades en familia. Y otras más, de acuerdo al nivel de protección que se le brinde a la población infantil y mayor.  O sea, como pregonó Cheo Feliciano, el sonero, «¡familiaaaaa!»: somos todos.

La flexibilidad en la interpretación del concepto familia, que la hace dúctil, en la realidad de las relaciones familiares no ha representado una disminución de los conflictos que, de manera negativa, se generan al interior y exterior de las familias. Por lo que es, a mi entender, necesario y urgente que se robustezca la pedagogía constitucional en materia de familia. He allí otro reto.

Deseo concluir esta reseña-reflexión con el siguiente párrafo de la novela de Abad, que aparece en la página 347:

«Les voy a recordar las palabras de Pablo: «El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de las lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas. Sino tengo amor, no soy nada«. 

El apóstol Pablo no evangelizó sobre el amor fiel, sino sobre el tolerante. Amén.

La próxima: Escritor secreto. 

Nota: El contenido de este artículo, es opinión y conceptos libres, espontáneos y de completa responsabilidad del Autor.