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Por: Jairo Eduardo Soto Molina

La narrativa de Estados Unidos y el despliegue de tropas para controlar el envío de drogas por el Atlántico, desde el mar Caribe, es una falacia y el enfrentar al llamado Cartel de los Soles equivale a encarar a un enemigo imaginario o a un mito. Si la intención real fuera controlar el narcotráfico, no sería necesario desplegar fuerzas de alto combate, pues los mecanismos de cooperación judicial, inteligencia financiera y control aduanero resultan mucho más eficaces. La evidencia sugiere que se buscan otros objetivos: presionar al régimen de Nicolás Maduro hacia un escenario de negociación, imponer sanciones indirectas a través de un bloqueo marítimo o incluso provocar tensiones internas que conduzcan a una implosión política. No obstante, este último escenario resulta improbable si se tiene en cuenta la experiencia histórica de las invasiones estadounidenses en la región y, sobre todo, la presencia vigilante de dos potencias nucleares con influencia en Venezuela: Rusia y China.
En este sentido, la operación del Comando Sur debe interpretarse como una reedición del guion clásico de la Doctrina Monroe (1823), según la cual América Latina constituye el “patio trasero” de los intereses geopolíticos de Washington. Como señala Grandin (2007), esta doctrina se ha transformado en una justificación flexible para intervenciones militares, bloqueos económicos y acciones encubiertas, siempre bajo la narrativa de la “seguridad hemisférica”. En el caso venezolano, la guerra contra el narcotráfico funciona como dispositivo discursivo —un pretexto legitimador—, más que como objetivo real.
La presencia militar estadounidense en el Caribe, bajo el argumento de combatir el narcotráfico, no es nueva. Desde los años 80, con la creación de la DEA como actor transnacional y con el auge del Plan Colombia en los 2000, Washington consolidó una estrategia de securitización: convertir un problema criminal en un problema militar y geopolítico. Tal como advierte Tokatlian (2019), este enfoque desplaza la atención de los factores internos de producción y consumo de drogas en Estados Unidos y concentra la culpa en países del sur, generando así una narrativa de “enemigo externo” funcional a sus intereses.
El Cartel de los Soles, por su parte, ha sido señalado como una red militar corrupta en Venezuela vinculada al tráfico de drogas. Sin embargo, estudios independientes (Ramírez, 2020) sostienen que más que un cartel consolidado se trata de un mito político que sirve tanto a la oposición venezolana como a Washington para reforzar la imagen de Maduro como líder criminal. La ausencia de pruebas judiciales contundentes y la ambigüedad de las acusaciones apuntan a que se trata de una construcción narrativa antes que de una realidad estructurada, lo cual encaja en la idea de “enemigo imaginario”.
En comparación con el Plan Colombia, donde la ayuda militar estadounidense se justificó como herramienta para combatir simultáneamente guerrillas y narcotráfico, el escenario venezolano revela diferencias estratégicas. En Colombia, Washington pudo aliarse con élites políticas locales y justificar la intervención bajo el discurso de la cooperación bilateral. En cambio, en Venezuela no existe consenso interno ni marco legal de cooperación, por lo cual el despliegue militar en el Caribe opera más como un mecanismo de presión indirecta y como advertencia a los aliados internacionales del chavismo.
El paralelismo con México también es ilustrativo. Allí, la Iniciativa Mérida reforzó la militarización del combate al narcotráfico, con resultados desastrosos en términos de derechos humanos y escalada de violencia (Astorga & Shirk, 2010). La lección comparada es clara: cuando Estados Unidos militariza el combate contra las drogas, los problemas de seguridad tienden a agravarse en lugar de resolverse. En consecuencia, resulta difícil creer que Washington busque un verdadero control del narcotráfico venezolano; lo que se observa más bien es la utilización del discurso antidrogas como cobertura para fines de geopolítica energética y de reposicionamiento estratégico frente a la influencia rusa y china en la región.
Finalmente, la dimensión global no puede ignorarse. Venezuela, más allá del narcotráfico, representa para Estados Unidos un punto de tensión en la reconfiguración del orden internacional. Como advierte Escudé (2021), el Caribe ha vuelto a ser “zona de fricción” entre potencias, un tablero donde se juega la soberanía regional frente al avance de nuevas alianzas Sur-Sur. Por tanto, las operaciones del Comando Sur deben leerse menos como un esfuerzo genuino contra el tráfico de drogas y más como un capítulo renovado de la geopolítica clásica: control de recursos, disciplinamiento de regímenes disidentes y reafirmación de hegemonía en un hemisferio en disputa.
Referencias
Astorga, L., & Shirk, D. (2010). Drug Trafficking Organizations and Counter-Drug Strategies in the U.S.-Mexican Context. Center for U.S.-Mexican Studies.
Escudé, C. (2021). El regreso de la geopolítica al Caribe. Buenos Aires: Editorial de Ciencias Sociales.
Grandin, G. (2007). Empire’s Workshop: Latin America, the United States, and the Rise of the New Imperialism. Metropolitan Books.
Ramírez, F. (2020). “El mito del Cartel de los Soles: narrativas de criminalización y geopolítica del narcotráfico en Venezuela”. Revista Nueva Sociedad, 288, 45–63.
Tokatlian, J. G. (2019). La guerra contra las drogas: una guerra perdida. Bogotá: Editorial Debate.