Telatiroplena.com, periodismo serio, social y humano

Por: Jairo Eduardo Soto Molina

Profesor Universitario e investigador, Doctor en ciencias Humanas

“Un hijo no es un juez de sus padres, sino el heredero de su cariño.” Gabriel García Márquez

Un hijo es un ser que la vida nos presta para enseñarnos la lección más grande de todas: cómo amar más allá de nosotros mismos. Señala José Saramago, Ellos son como las alas que un día debemos ayudar a desplegar, aunque sepamos que, al hacerlo, parte de nuestro corazón volará con ellas.

Ser padre o madre es aceptar ese desafío sublime, ese curso intensivo de amor, entrega y coraje. Es aprender, como el águila que entrena a sus crías en las alturas, a preparar a los hijos para enfrentar las tempestades del mundo con fuerza, pero también con ternura. No se trata solo de protegerlos, sino de enseñarles a sostenerse por sí mismos, de infundirles confianza, valores y esperanza para cuando ya no estemos tan cerca.

En el Caribe, donde el calor no solo viene del sol sino del alma, nos cuesta dejar volar a quienes amamos. Llevamos el apego en la sangre, el abrazo largo, la sobremesa que se alarga con risas, música y recuerdos. Aquí, la familia no es solo un vínculo; es una manera de entender la vida. Por eso, cuando la realidad moderna nos recuerda que los hijos no nos pertenecen, que son ciudadanos del mundo, el corazón se nos encoge. Nos cuesta aceptar que ese amor inmenso también debe aprender a soltar, a confiar, a dejar que el viento los lleve donde deban florecer.

En mi caso, tener a Jairo Eduardo y a Laura Margarita ha sido el mayor privilegio y la lección más grande. Cada uno, con su esencia y su camino, me ha enseñado que ser padre es vivir con el alma extendida entre dos mundos: el del presente compartido y el del futuro que ellos construyen.

La partida de mi primogénito, Jairo Eduardo, a Australia hace tres años fue como ver despegar un vuelo hacia lo desconocido. Recuerdo la mezcla de orgullo y temor, esa contradicción que solo los padres comprendemos: desear con todo el corazón que conquiste el mundo, y al mismo tiempo anhelar tenerlo cerca, sentir su presencia, su voz, su energía. Fueron años de espera, de adaptación, de aprendizaje para todos. Pero también fueron años en los que el amor se transformó: se hizo más maduro, más paciente, más consciente.

Su regreso, el pasado 7 de octubre, no fue solo un reencuentro físico, sino un renacer emocional. Volvimos a reconocernos, a redescubrirnos, a sentir la fuerza de nuestra unión familiar. Desde entonces, cada día, cada salida, cada risa compartida tiene un valor especial. Nos hemos propuesto vivir intensamente, disfrutar cada instante como si fuera único, porque entendemos que el tiempo es efímero y que la vida se mide en momentos, no en años.

Hoy comprendo que ese préstamo del que hablaba Saramago no es una pérdida, sino una bendición. Porque mientras ellos crecen, nosotros también lo hacemos. Aprendemos a amar mejor, a soltar sin dejar de sentir, a vivir con el corazón repartido entre el nido y el horizonte.

Jairo Eduardo, hijo mío, tu vuelo me ha enseñado que la distancia no rompe los lazos verdaderos, sino que los fortalece. Has traído contigo nuevas miradas, nuevas historias, y al mismo tiempo, has reafirmado la esencia de lo que somos: una familia unida, que se acompaña en el vuelo y en el regreso.

Y si la vida es un préstamo, como decía Saramago, yo doy gracias por haber sido merecedor de este regalo tan sagrado. Porque no hay mayor alegría que ver a los hijos volar alto… y saber que, pese a todo, siempre encuentran el camino de vuelta al corazón.

Cita al cierre:

“Tus hijos no son tus hijos.

Son los hijos e hijas del anhelo de la Vida por sí misma.

Vienen a través de ti, pero no de ti,

y aunque estén contigo, no te pertenecen.”

Khalil Gibran (poeta y filósofo libanés, autor de El Profeta)