Telatiroplena.com, periodismo serio, social y humano

Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Profesor Universitario e investigador, Doctor en ciencias Humanas

“La enseñanza exige alegría y esperanza. Enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su producción o construcción.” — Paulo Freire, Pedagogía del oprimido

En las aulas de nuestras escuelas y universidades, cada día se cruzan dos tipos de docentes: Aquellos que han hecho del magisterio una forma de vida y de crecimiento personal, y aquellos que, aunque con formación profesional impecable, transitan por la enseñanza como si fuera una función administrativa más. Esta diferencia, que a veces pasa desapercibida, se traduce en un abismo pedagógico profundo: el que separa a quienes sienten la vocación de enseñar de quienes simplemente cumplen con la tarea de enseñar.

En El arte de dar clases, Daniel Cassany nos recuerda que enseñar es mucho más que organizar contenidos y evaluar conocimientos. Es un ejercicio de presencia, sensibilidad, creatividad y compromiso humano. Enseñar, afirma el autor, es generar experiencias de aprendizaje que transformen, que conmuevan, que despierten el deseo de saber. Esta concepción contrasta abiertamente con el modelo de enseñanza estandarizado, repetitivo y muchas veces deshumanizado que practican algunos docentes que han perdido (o nunca han encontrado) la pasión por el aula.

La vocación docente no es un don sobrenatural ni una iluminación divina. Es, más bien, un proceso de descubrimiento, una disposición interior que se alimenta del contacto con los estudiantes, del placer por el conocimiento y de la creencia profunda en el poder transformador de la educación. El maestro vocacional no enseña porque le pagan: enseña porque cree. Y esa creencia se expresa en cada clase bien pensada, en cada conversación con sus alumnos, en cada intento por mejorar lo que no funciona.

Cassany nos invita a planificar con propósito, es decir, no solo cubrir temas, sino construir puentes entre el contenido y las necesidades reales de los estudiantes. El maestro sin vocación, en cambio, suele planificar por cumplir, repitiendo formatos que no escucha, sin abrir espacios para el diálogo o la sorpresa. El primero pregunta: “¿Cómo hacer que esta clase tenga sentido para mis estudiantes?”. El segundo piensa: “¿Cómo hago para salir del paso?”

Esta diferencia también se nota en la interacción. El maestro que siente la vocación abre el aula al encuentro, promueve la participación, fomenta la reflexión colectiva. En cambio, quien no ama enseñar suele limitarse a hablar, dar instrucciones, aplicar exámenes, corregir y cerrar. Así se pierde lo más valioso: la posibilidad de crear comunidad de aprendizaje.

Pero quizá donde la ausencia de vocación se revela con mayor crudeza es en el modo de evaluar. El maestro vocacional entiende que la evaluación no es castigo, sino retroalimentación. Sabe que cada estudiante tiene un proceso y procura que el error se convierta en oportunidad. En cambio, el docente sin pasión mide por medir, sentencia con una nota, y rara vez se pregunta si su evaluación ayudó a crecer o solo sirvió para clasificar.

En este punto, Cassany propone una idea potente: la metacognición docente. Invita a que cada maestro se detenga, después de cada clase, a pensar qué funcionó y qué podría hacerse mejor. Esto exige humildad, conciencia y ganas de aprender incluso cuando se enseña. Pero el maestro sin vocación rara vez se detiene a pensar. La rutina lo devora. La burocracia lo justifica. El cinismo lo protege.

¿Qué pasa con esos maestros profesionales, pero sin vocación? ¿Son culpables de su frialdad pedagógica? No necesariamente. Muchos llegaron al magisterio por necesidad, otros por accidente, algunos por presión. Algunos llegaron por ser buenos deportistas, en especial,   futbolistas. Y el sistema no les dio herramientas para reconectar con el sentido de lo que hacen. Pero lo preocupante no es que hayan llegado así. Lo preocupante es que permanezcan así, por años, sin preguntarse qué emociones transmiten, qué mensaje deja su indiferencia, qué oportunidad están perdiendo ellos y sus estudiantes.

Porque, como bien dice Cassany, “enseñar no es repetir fórmulas, sino crear encuentros”. Y un encuentro no se crea con un PowerPoint cargado de teoría, muchos docentes han vuelto el vídeo beam una prótesis intelectual, gasta el punto que sin él no dan clases, ya los estudiantes no lo perciben sin ese aparato. Tampoco se crea encuentros con con tareas mecánicas, ni repitiendo formulas. Un encuentro verdadero exige cuerpo, escucha, improvisación, apertura. Exige que el maestro se deje afectar. Que se exponga, que comparta, que se muestre como ser humano.

Es urgente, entonces, abrir un debate sobre la vocación como eje del magisterio. No para idealizarla ni exigirla como requisito místico, sino para recuperarla como referente ético y profesional. Necesitamos que el sistema educativo no solo evalúe títulos y publicaciones, sino también actitudes, vínculos, pasiones. Que las escuelas formen y acompañen a los docentes en su dimensión emocional. Que enseñar vuelva a ser una práctica viva, y no una función técnica sin alma.

A todos los docentes profesionales que alguna vez sintieron desconexión, apatía o vacío en el aula, este artículo no los acusa. Los invita. A detenerse. A escuchar a sus estudiantes. A observar sus propias emociones. A hacerse las preguntas que Cassany plantea con tanta claridad:

  • ¿Qué emociones transmito cuando doy clases?
  • ¿Cómo mi forma de enseñar refleja mi propia pasión por aprender?
  • ¿Estoy integrando la voz de mis estudiantes o solo la mía?
  • ¿Qué significa para mí dar clase “con arte”?

Porque quizás, en esa pausa, en ese silencio interior, encuentren el fuego dormido de su vocación. Y entonces, el aula deje de ser una rutina… y vuelva a ser una oportunidad.

Citas al cierre:

“El maestro que no enseña con amor no educa: adiestra, pero no forma.”
Gabriela Mistral, Nobel de Literatura y educadora chilena

“La vocación no es un don secreto: es la decisión diaria de poner el alma donde otros solo ponen el horario.” Yoyito Sabater

Tomémonos un tinto, seamos amigos. Sigan siendo felices, Jairo les dice.