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Por: Cesar Gamero De Aguas

El negro zigzagueaba como intentando evitar lo inevitable, que la planta de sus pies se calentaran de manera incesante con la arena blanca de la playa, a pleno medio día en la sofocante Bocagrande. El cielo era azul cobalto con una vetas grises que se perdían lentamente con el transitar de las nubes. Al fondo unos alcatraces libraban una batalla sin cuartel con la intensidad de las olas y la prevención instintiva de los peces. Ya antes de haber despertado su atención sobre la esbelta mujer de tez blanca que se paseaba horonda entre las carpas, me había solicitado sin gracia que le diera unas cuantas monedas para poder comer algo, la gurbia lo tenía atormentado y no esperó ni siquiera mi negativa respuesta, cuando salió despavorido como alma que lleva el diablo.

La playa estaba concurrida, los cuerpos torneados y bronceados se paseaban de un lado para otro dejando atrás un eco de perfumes silvestres que alborotaban indiscriminadamente el apetito sexual. La brisa era escasa, buscaba una lenta ligereza en medio de la agonía del sol que se negaba una vez más a desaparecer dejando un día de aventuras y de sorpresas. Algunos vendedores contaban con recelo las ganancias obtenidas por su arduo trabajo, mientras otros ingerían cervezas al son de un vallenato vernáculo que no encajaba en el rigor del tiempo. Aunque para muchos la tarde había llegado a su final, para otros las oportunidades aún estaban y había que aprovecharlas , total en “época de guerra cualquier hueco es trinchera” solía decir con apremio mi tío Campo Villa, y no equivocó pues algunas morenas prietas se peleaban a los turistas para hacerle masajes o en el mejor de los casos para desarrollar arte en el cuero cabelludo de alguna turista incauta. ” Ya la gente anda es mondà”, le escuché decir a una de ellas que se me acercó con sigilo intentando premeditadamente ofrecerme sus oficios. Sin embargo, mi capacidad de abstracción quedó jugada con las intenciones consientes del joven negro y aquella mujer que buscaba lo que no se le había perdido, un rato de encantos en una playa paradisíaca que se prestaba para escribir todavía alguna nueva historia. La dama de tez blanca, con un sombrero de poliéster que se movía de manera conjunta con su desaparecido derrier, se le notaba a leguas que en alguna época de su vida había sido último modelo, sin embargo se negaba aceptar los estragos del tiempo y danzaba de un lado para otro como si estuviera en una escena de arte dramático frente a un público que recién empezaba a dejar el auditorio.

El joven moreno llegó a pocos metros de ella aún con el aliento que la gracia divina le concedió en ese momento, tal vez con el propósito celestial de que consiguiera por lo menos un grano de arroz que alimentara cuanto antes su indefenso estómago. Al principio el negro no entendía las palabras sutiles de la educada dama, que se untaba con delicadeza un aceite de coco en sus brazos para continuar bronceando su cuerpo con los contados rayos del sol que aún tenían algo de vida frente al rápido arribo de la noche. Pero el lenguaje es arbitrario y en medio de las necesidades la mejor comunicación es la acción. El joven moreno le arrebató de las manos delicadas a la agraciada mujer el frasco de plástico que contenía el aceite de coco y más rápido que ya, inició su improvisada labor de masajear a la cortés mujer que sonrió fingidamente y no pudo ocultar la sensación extrema que produjo en si las manos benditas del negro que le estaban quitando muchos años ya vividos y más aún aquello que estaba por vivir.

De un momento a otro y con la complicidad de la noche parecieron entenderse de una mejor manera. La mujer se despojó rápidamente de la manta wayuu que ocultaba su envejecido cuerpo, se quitó las gafas oscuras y quedó mostrando lo que era. Una mujer de avanzada edad Pero con fuerzas aún de sobra para seguir luchando en la guerra de la vida. El negro quiso recular, Pero ya era demasiado tarde, había incentivado sin querer la erupción de un inactivo volcán, que estaba próximo a explotar. Sintió algo de pena, miraba con ojos de ternura a sus compañeros de trabajo que regresaban a tomar cerveza al kiosko y se encontró de frente con otros que retornaban alegres de su faena en la pesca. Les hizo seña a algunos de ellos, una seña que jamás logró entender la contenta mujer que lo tomó como un giño de amabilidad del joven moreno. Se miraron con ojos de provocación y ya habían quedado atrás los estragos de un día pesado para uno y para otro apenas iniciaba una noche romántica llena de lascivias.
Ninguno de los dos supo hasta el sol de hoy, en qué momento se perdió el respeto entre la prestación del servicio y el carácter del cliente. Todo pareció haberse metido en una burbuja de ensueños de la cual ya era complejo escapar para ambos. El joven moreno perdió entonces su timidez, la agarró por un brazo , como una tenaza sujetada por más de mil hombres, ella cedió, se dejó llevar, atrás había quedado ahora el vestido guajiro de colores alegres, enterrado en la arena fría quedó incrustado el frasco que contenía el aceite de coco que sirvió de preámbulo para consolidar aquella relación fatua, las sandalias de tela fueron recogidas por una señora palenquera que llevaba sobre su cabeza una ponchera de aluminio llena de alegrías, enyucados, caballitos, cocadas, panderos y quién sabe cuantas vainas más. El joven negro caminaba acelerado agarrando aún a la mujer que quizás podría solucionarle su problema en aquel momento, ella ansiosa daba pasos lentos Pero su corazón latía de manera incontrolable. Salieron de la playa, el sol se ocultó, las personas siguieron con su rutina de vida y mi capacidad de abstracción se perdió, tan rápido como ellos, cuando ambos unidos por un amor furtivo y los placeres irresistibles del momento, abrieron la puerta de vidrio de un hotel lujoso de tantos que habían en la hermosa Bocagrande, dejando atrás no solamente mi inquieta atención sino un sinnúmero de curiosos que a pesar de la noche no salían del incierto y del asombro.