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Por: Jairo Eduardo Soto Molina

Desde que Junior gano el cuadrangular sabia que Junior iba a ser campeón. No es lo mismo tener los rivales que tuvo el Tiburón qué los que tuvo el pijao, por ello, preparé mi viaje a Ibagué, mi hija me hizo toda la logística y sabiendo que yo a mis hijos no solo les enseñe inglés, sino también a amar a mi Junior. Ya en Ibagué se hizo un ambiente hostil. El alcalde de Ibagué dio la orden de sacar a los hinchas de Junior porque la fiesta iba a se Pijao (no es error), eso envalentonó al hincha Pijao y se creyó con derechos. En la tribuna donde estaba lincharon a un joven y después a una joven al lanzarse a la cancha a abrazar a Teo.

Yo ideé ponerme la camiseta vino tinto oro del Tolima y analizar en el día anterior y el del partido el acento ibaguereño. El haber estudiado fonología me sirvió para ello, incluso me pasé por mudo cuando aún no tenía la confianza de expresarme como tal, tres jóvenes me preguntaron en la Avenida Quinta qué como hacían para ir al estadio ya que era su primera vez y le contesté como todo un mudo, ante lo cual se disculparon las chicas con lengua de seña y les respondí del mismo modo.

Ya en las tribunas actué como un Pijao más. Los años 2024 y parte del 2025, no fueron muy generosos conmigo fueron años de muchos altibajos, sobre todo en lo emocional y esta estrella llega directa a mi corazón para darle fuerza hasta el día en que yo muera y me arrepentí con una bandera grande que diga “Tiburón!”, Que alegría, que alegría, gracias mi Junior por esas once alegrías espero disfrutar muchas más y ser campeones de la libertadores algún día. Junior campeón con autoridad ante Deportes Tolima
Barranquilla amaneció distinta el día del partido. No era una mañana cualquiera: el aire traía ese presentimiento que solo conocen las ciudades futboleras cuando saben que la historia está a punto de repetirse, pero con brillo propio. Desde temprano, el rojo y blanco se adueñó de calles, balcones, camisetas improvisadas y conversaciones de esquina. Junior de Barranquilla no solo iba por un título más; iba por la confirmación de una verdad que muchos quisieron discutir durante el semestre: el Tiburón era, de principio a fin, el mejor equipo del campeonato.

El rival, Deportes Tolima, llegaba precedido por un discurso inflado desde ciertos sectores del centro del país. La llamada “jauría cachaca”, fiel a su costumbre, había instalado la idea de que Tolima era más equipo, más ordenado, más competitivo, más “moderno”. Junior, decían, dependía de chispazos; Tolima, de procesos. Pero el fútbol —ese juez incorruptible— se encargó de poner cada cosa en su lugar durante las dos fases de la final. Y lo hizo sin estridencias, sin dramatismos, sin sufrimiento.