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Por: César Gamero De Aguas

La historia de Joe Arridy parecería ser sacada de una antología de cuentos de ciencia ficción del gran escritor H.G. Wells, sin embargo, en este mundo convulso donde la realidad por decisión propia termina superando la ficción, cualquier cosa de esas puede suceder. Joe Arridy, fue un niño desde el mismo momento de su nacimiento hasta horas antes de su penosa ejecución a los 24 años de edad. Había nacido en el seno de una pareja de inmigrantes sirios hacia el año de 1915, quienes después de haber padecido serias calamidades en el pueblo de Bosra al sur de Siria, decidieron trasladarse hacia la floreciente Norteamérica. Es muy limitado lo que se llegó a conocer de los Arridy, según algunos curiosos radicados en Pueblo una ciudad al sur de Colorado, lugar donde nació el pequeño Joe, se llegó a especular que sus padres eran primos y con ello se pretendió justificar de manera inaudita la oligofrenia evidente del citado niño.

Los primeros años de Joe fueron difíciles, su limitada capacidad verbal, su daltonismo y su incuestionable atrofia motora obligó a sus padres a llevarlo al Centro Médico U.C. Health Parkvieu donde después de un sinnúmero de exámenes médicos, psicológicos y hasta psiquiátricos se determinó su ya sabida discapacidad cognitiva.

Su coeficiente intelectual de 46, no le permitió avanzar demasiado en el Centro de Educación Especial Grand Junction de Colorado, desde entonces el pequeño Joe se constituyó en una especie indeseable de lastre familiar. Era el último de los Arridy, deambulaba por las amplias calles de su vecindario, con una sonrisa inconfundible, un pequeño carro de plástico atado a una cuerda, totalmente indiferente al mundo cruel que le rodeaba, inocente frente a la tragedia que esperaba pacientemente por él.

Joe solo balbuceaba algunas palabras según estuviera su estado emocional y ya arribado a su juventud lograba coordinar algunas palabras escuetas sin ninguna coherencia y sin ninguna sintaxis. Era de baja estatura por lo que en muchas ocasiones su edad generaba confusiones entre sus amigos cercanos, de tez blanca, contextura delgada, con un rostro en forma de diamante y unos ojos encapuchados que reflejaban no solo su triste inocencia, sino la simpleza de su alma. Pero la vida en ocasiones es un presente que no deja de sorprendernos y un mar de cavilaciones que nos atan inexorablemente al curso de nuestro destino. Joe no podía huir a su tragedia. La noche del 15 de agosto de 1936, cuando la familia Drain regresó a casa luego de participar en un encuentro familiar, se hallaron con la fatídica sorpresa. Su hija Dorothy de 15 años de edad, se encontraba bañada en sangre en su cama, con una serie de heridas profundas en todo su cuerpo representando una imborrable escena dramática, a un lado de ella muy cerca del closet, estaba herida su otra hija Barbara, la menor de los Drain que se aquejaba del fuerte dolor ocasionado por el voraz ataque. Las alarmas se encendieron en todo Colorado, llamando la atención del gobernador del Estado quien exigió al sheriff una rápida respuesta a tan execrables hechos. Frente aquella presión social el sheriff George Carroll sin poseer suficiente material probatorio capturó al joven Joe y lo condujo hasta Wyoming junto a otro sospechoso de nombre Frank Aguilar, y los acusó de haber sido los perpetradores del horrendo atentado contra las hermanas Drain.

La mediocre defensa ligada a las limitadas técnicas de recolección de evidencias para la época en el lugar de los hechos, no pudieron demostrar la inocencia de Joe Arridy, quien fue hallado culpable de los cargos impuestos y con ello fue sentenciado a muerte. La incapacidad de su abogado solo le permitió expresar unas cuantas palabras que a la postre solo sirvieron de epílogo en una novela truculenta de sangre. “Créanme cuando digo que, si lo gasean, tomará mucho tiempo para que el Estado de Colorado supere la vergüenza”. Para ese entonces la ingenuidad de Joe se paseaba en los pasillos de la prisión Estatal de Colorado, donde su director Roy Best manifestó con una fingida sonrisa que Joe era el hombre más feliz que jamás había estado en el corredor de la muerte. ¡Por supuesto!, un joven de 24 años con pensamientos de niño jamás entendió su condición y su estadía en aquella fría prisión, parecía importarle más el estado de sus trenes de juguete que sus guardas custodios le lograron obsequiar antes de su ejecución. Muchos aún recuerdan con sabia tristeza al joven Joe corriendo llevando atrás a sus trenes de plástico. La mañana del 6 de enero de 1939, frente a las despreciables lágrimas del director Best, Joe Arridy fue conducido a la cámara de gas, sonreía con su juguete en las manos, para cuando pidió su helado preferido de fresas como última petición pudo percibir la maldad y la irracionalidad del ser humano. No opuso resistencia, fue dócil aun con algunos rasgos de sonrisa. Al ingresar a la capsula de gas, y frente a los técnicos de la ejecución, Joe solo alcanzó a decir: “No, Joe no morirá”, antes de eso entregó su tren de juguete a otro preso que se hallaba en su celda cerca del sitio de ejecución. Con la muerte en la cámara de gas de Joe Arridy, se cerró un capítulo funesto de una  injusta novela , que aún no parecía acabar ya que siete décadas después, es decir en el año 2011, el gobernador de Colorado, Bill Ritter, le otorgó el perdón póstumo. “Perdonar a Arridy no puede deshacer este trágico evento en la historia de Colorado; sin embargo, en el interés de la justicia y la simple decencia, e necesario restaurar su buen nombre”. Una frase sacada del baúl de la incomprensión, una justificación insensata e indignante de la sociedad, la muerte injusta de Joe Arridy, es una más de las ya conocidas en el país del norte, donde se promulga que cuentan con un sistema sólido de justicia e incluso no falta quien afirme desde el rincón de la ignorancia que es hasta “ejemplarizante”, justo y casi perfecto, sin embargo, todo pareciera ser lo contrario y a veces  contradictorio a  lo que se presenta, pues en el reino de este mundo inexpugnable la supremacía del hombre no le permite reconocer sus errores sino el encanto de su efímero poder que lo engulle sin masticarlo, orgulloso así mismo de su vanidad, de su absurda mortalidad que pronto, tan rápido como un pestañear de los ojos terminará acabando con él.