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Por: GASPAR HERNANDEZ CAAMAÑO

Escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad“. Mario Vargas Llosa.

Cuando leí más allá de la página 100, de las 378 de “Morir en la arena“(Tusquets Editores), sentí, o mejor intuí, que Leonardo Padura, su autor, se repetía. Pero seguí leyendo, en cada amanecer, con un plumero de tinta roja para resaltar aquellos pasajes que me confirmaran la intuición temprana: que Padura contaba o informaba de las agonías de la habana, las de sus gentes y de la decrepitud de la ciudad, olvidando la vida en la otra Cuba. No fue ningún descubrimiento.

De parte del hay festival/2026 se ha anunciado la presencia, una vez más, en este inicio del año de Padura tanto en Cartagena como en Barranquilla. Participación que permitirá, no solo la promoción de “Morir en la arena“, sino una mayor conversación sobre la situación cubana actual, cuando el gobierno Yanqui persigue petroleros venezolanos en el Caribe, política que afecta el servicio eléctrico en toda la Isla. Viven de apagón en apagón.

La Habana, en especial “La Habana Vieja” la que va del Puerto a la Bahía y está en reconstrucción de su histórica arquitectura republicana, es una ciudad de novela. Pero de escritores que la han vivido y contado. Por sus calles y bares se paseó borracho Ernest Hemingway. Aunque quien mejor la ha contado fue Guillermo Cabrera Infante, Caín, ya que la novela “Habana para un infante difunto“, para mí, es un clásico de la literatura sonora del Caribe insular.

Hace pocos días me enteré, por una noticia publicada en el periódico El Universal, el del “Corralito de Piedras”, que el músico cubano Paquito D’Rivera, el más conmovedor saxofonista latino, escribió una novela cuyo título es: “oh! la Habana, en la que evoca, seguro con ritmo de jazz y “píe” de rumba y son, la ciudad de los años 40 y 50 del siglo XX que era una especie de Niza como dice Padura en “Personas decentes”. Desde aquí pido a J. Morillo buscar la novela de Paquito, él me trajo “Mi vida saxual“, sus memorias con prólogo de Cabrera Infante.

Pero La Habana que Leonardo Padura retrata y relata aspectos de la vida del vecindario urbano en “Morir en la arena“, no es aquella ciudad de la que el Caribe siente nostalgia. No. Es La Habana de la revolución cubana, de cuyo estallido es contemporáneo el novelista, Premio Princesa de Asturias de las Letras (2015) y con nacionalidad también española. Una ciudad lejana a las olas del mar -donde la vida es más sabrosa-, desvencijada y ruinosa. Una ciudad monótona, de donde se huye, matan y consumen amores.

Ahora bien, el pretexto de Padura en “Morir en la arena” son las consecuencias de un crimen familiar, cuyos protagonistas el escritor conoció en su vida de vecino de Mantilla, el barrio habanero donde vive y escribe. Pero el texto, a mi, me habla de una historia de amor entre una mujer rebelde consigo misma y dos hermanos, uno de ellos el asesino. El contexto no es otro que la lánguida vida en la Habana de hoy, a décadas de la Revolución que no construyo el hombre nuevo.

El crimen es un parricidio, una de las conductas más abominable en la historia humana, cometido por el hijo consentido de la madre contra un padre alcohólico y maltratador. Un día sin nombre, Geni o “caballo loco”, luego de regresar de vivir la caída del Muro de Berlín, toma un martillo y le propina ocho (8) golpes (a lo Fellini?) en la cabeza a su padre. El parricida “paga” más de 20 años de cárcel, de la que sale a morir por un cáncer, pero muere ahorcado en el mismo lugar de los martillazos.

El único amigo que tiene, en su trágica existencia alias “Caballo loco“, desde su infancia escolar, es el escritor de novelas llamado Raymundo Fumero quien lo visita, frecuentemente, en la cárcel. Por lo que los familiares del parricida: su único hermano e hijo mayor de la familia, su esposa, su hija y su sobrina (estas últimas “fugadas” de La Habana para siempre) presumen le habrá contado la historia oculta de los ocho martillazos, para hacerla ficción en una próxima novela. Presunción fallida.

Nora, la cubana rebelde, en la preparatoria (Bachillerato) se enamora de Rodolfo, el hermano del parricida, Geni, con quien se casa, mientras su enamorado es reclutado, como combatiente, y enviado a la guerra de angola, donde mata a un rebelde y regresa traumatizado a La Habana, y es recluido en un sanatorio. Se casa e inicia una larga y tediosa labor de contador público en entidad oficial de la que se jubila, en los días de regreso enfermo de “Caballo Loco”. O sea, no vive el amor de juventud que siente por Nora.

Pero, la flecha de Cupido no olvida. Y Nora y Rodolfo, con cuñados, deciden vivir su atrasado enamoramiento, bajo la complicidad de las hijas y sobrina. Rodolfo abandona la casa familiar, en la que se suicidas el parricida. Y con Nora se van a vivir, a casa de la madre de ésta, ese amor maduro que toleraron tanto, pues “después de tanto nadar ella no podía morir en la orilla“(pág 151). Habrá que esperar que Padura nos cuente, en nueva novela, cómo fue esa historia de amor.

La próxima: Gabriel García Márquez vida, magia y obra de un escritor global.