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Por: Jaime Colpas Gutiérrez, profesor pensionado de Uniatlántico, cronista e historiador
Un día domingo 22 de febrero nació hace cien años en Cascajal, corregimiento de la entonces Provincia de Sabanalarga en el seno del hogar formado por Cruz Colpas y Julia Rudas, que fue bautizado en homenaje al malogrado director del prestigioso diario “La Nación” de la capital del Departamento del Atlántico, creado en 1905, “Pedro Pastor Consuegra” asesinado en una disputa en el Teatro Cisneros de Barranquilla el 15 de octubre de 1925 a manos del poeta y periodista Héctor Parias, un resonante crimen que impactó la opinión pública nacional e internacional (Véase: Colpas, Jaime. “Un crimen que enlutó la historia del periodismo barranquillero: LA MUERTE DE PEDRO PASTOR CONSUEGRA”. Ensayos de historia política y social de Barranquilla, ediciones Barranquilla, pags. 115-123,1995).
Así pues, el nombre que llevó el niño Pedro Pastor a través de su vida fue en homenaje a este dirigente conservador y periodista nacido en Sabanalarga, cuya memoria permanece anclada en la barcaza del olvido.
Su niñez fue de integración rápida a la bucólica cotidianidad de una familia de nueve miembros: Virginia la mayor, Manuela, Rosario, Julia, Luciana, Heriberta, Eudalda; y mi tío Emigdio, el segundo vástago, con quién trabajó mi padre en su adolescencia, acudillados por mi abuelo Cruz en faenas agrícolas y compra de pescado de La Peña, cuyo productos llevaban por las polvorientas carreteras y caminos de herradura a lomo de mula hasta el mercado de Barranquilla.
De ese modo mi tío Emigdio hizo un capital con el que compró dos fincas ganaderas Tun Tun y El Cairo cerca a Piñuela Magdalena, las cuales fueron el epicentro de una extensa familia, liderada por la recordada tía Serafina Bolaños.
En los tiempos de la Segunda Guerra Mundial emigró a la capital del Atlántico donde trabajó como obrero de la construcción en el edificio del El Tía en San Blas con 20 de Julio, y después se integró como tejedor de la famosa fábrica de tejidos Obregón. Para 1954 cuando falleció su mamá Julia, Pedro Pastor conoció a la jóven modista Beatriz Gutiérrez Guillén por una foto que le mostró una prima suya, por lo que se casaron y se fue a vivir a la casa de mi abuela Evangelina Reales Morales en la cra 59 con la 48, una matrona de la Cueva de Montecristo, primer barrio de invasión de la ciudad.
El primero de abril del año siguiente nació mi hermano Iván. A los dos años la familia fue creciendo, ya que el 4 de marzo de 1957 llegó Pedro. El 30 de octubre del siguiente año nací yo. Luego el 16 de julio de 1960 llegó Carmiña, pero en ese mismo día de la Virgen del Carmen en que nació mi hermana llegó Raul en 1962. La abultada familia se completó con los nacimientos de Rafael en 1966, Beatriz en 1968, Jesús y Andrés 1970 y 1971.
En estos diecisiete años de explosión hogareña, mi padre se estabilizó como obrero de FAGRAVE de donde derivaba su sustento diario, que era completado por el trabajo de modista de mi madre Beatríz Elena en su taller casero, y la titánica Evangelina Reales era el centro de operaciones diarias del crecido hogar, quien hacía de tripas y corazones con mucho ingenio para solventar los momentos más dificiles, hasta cuando nos graduamos en la Universidad del Atlántico en 1984 como Licenciado en Ciencias Sociales y Económicas.
En ese mismo año Pedro Pastor logró su pensión del Seguro Social, después de más de cuarenta años de trabajo y lucha familiar, se convirtió en un abuelo de Oro, ayudando a criar y educar a varios nietos mayores como Mile, Pellito, Ivanesky, Raulito, Natasha etc. Fue fiel a su segundo nombre, un verdadero Pastor que dio su vida por el bien de su rebaño familiar.
El dieciséis de agosto del 2008 un rayo de Zeus fulminó su corazón, y pasó al plano celestial cuando iba a cumplir sus 83 años, no había sufrido ninguna enfermedad y gozaba de su plenitud fisica y mental.
Indudablemente, Pedro Pastor Colpas Rudas es y será hasta los últimos días de nuestra existencia, el arquetipo de trabajo, decencia, y sabiduría que ponemos en práctica en todos los hechos del plano familiar y social.
De él heredé mi vocación de historiador, ya que a mí padre siempre le admiré su portentosa memoria con la que me narraba todos los sucesos acumulados por el paso de los años.
Sin duda como dice la canción de los Hermanos López, cantada por el inmortal Jorge Oñate, el Jilguero de América q.e.p.d., del compositor Camilo Namén: “Tan bueno y tan noble que era mi padre y la muerte infame me lo arrebató”… mi padre fue mi gran amigo…., mi padre fue mi amigo fiel”. Pero hoy si sé que por la distancia y silencio del tiempo desde su partida, mi padre fue mi “Herodoto de Halicarnaso”.

