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Por: Jairo Eduardo Soto Molina

Esta semana, en el aula, no fue el profesor quien enseñó. Fue una estudiante. O, mejor dicho, una doctora. Era la primera clase, de decolonialidad del saber y el hacer, seminario asignado para su enseñanza. Al conocer que en el grupo había una estudiante de origen iraní, se le invitó a participar. 

Kajol Kapoor (کاجول کاپور), actualmente cursando un doctorado en Interculturalidad y Praxis Social en the University of the West Indies at Cave Hill, Barbados —y ya doctora en Ideas Políticas y en Negocios Internacionales—, intervino con una afirmación que descolocó cualquier lectura simplista: “Eso de que las mujeres no tienen derechos en Irán es un mito occidental”. Pero no se detuvo ahí. Fue más lejos: “En nuestra cultura incluso existe una palabra para el hombre sometido por la mujer: “zanzalil” (زانزالیل). En el hombre no es una vergüenza sino un honor ser un “Zanzalil. 

En ese instante, el aula dejó de ser un espacio de transmisión de conocimiento para convertirse en un escenario de confrontación epistemológica. Porque lo que estaba en juego no era solo una opinión: era la colisión entre dos formas de entender el mundo. 

Occidente, desde su lente mediático y político, ha construido una imagen homogénea de Medio Oriente. Todo parece lo mismo: árabes, islam, opresión femenina. Pero esa mirada —cómoda, simplificadora, eso muestran los diarios y la televisión— ignora una distinción fundamental: Irán no es árabe. Es persa. Y esa diferencia no es un detalle geográfico, sino una fractura civilizatoria. La gente está privada de ver la realidad tal cual, se observa todo distorsionado. Incluso el Irani no piensa en guerras, ni ataques ni agresión. Es un ciudadano de lo más diplomático del mundo al sentirse con la responsabilidad de no responder inmediatamente a la agresión, justamente para poder lograr esa sanidad que hablan sus principios. Los iraníes no son terroristas, sienten un profundo respeto por la vida y la dignidad humana. La cultura persa es más refinada, urbana y literaria. Tiene una fuerte tradición de respeto, cortesía y simbolismo social. Un ejemplo interesante es el concepto cultural del taarof, una forma compleja de cortesía donde la modestia y el respeto son centrales. 

La cultura persa, con raíces milenarias, Irán es uno de los países más antiguos del mundo; ha cultivado una sensibilidad estética y filosófica de más de 7.000 años, que encuentra su máxima expresión en poetas como Rumi y Hafez. Allí, el lenguaje no es solo comunicación, sino símbolo; la relación social no es solo interacción, sino ritual; y la mujer no es únicamente un sujeto social, sino un eje afectivo y simbólico dentro de la estructura cultural. Incluso la mujer en el matrimonio es la que lleva las riendas en el hogar, según Kajol es cotidiano ver al hombre caminar detrás de la mujer llevando a los niños y el coche si hay pequeños, incluso la mayoría de las veces el hombre lleva o carga la cartera de la mujer. Los quehaceres del hogar se comparten y la educación de los hijos es responsabilidad de ambos esposos. 

En ese contexto, lo que Kajol Kapoor señalaba no es una invención: responde a dinámicas culturales donde la mujer puede ejercer formas de poder no siempre visibles desde categorías occidentales. Poder doméstico, emocional, relacional. Poder que no siempre pasa por la ley, pero que estructura la vida cotidiana. Las mujeres son mayoría en universidades. Tienen alto nivel educativo y presencia profesional 

Sin embargo, reducir Irán a esa dimensión cultural sería tan simplista como reducirlo a la narrativa occidental de opresión. Porque hay otra capa. Una capa decisiva. Desde la Revolución Islámica de 1979, el país adoptó un modelo político-religioso que introdujo restricciones concretas en la vida de las mujeres: obligatoriedad del velo, desigualdades jurídicas en ciertos ámbitos, vigilancia moral. No usar velo puede implicar hasta prisión. Castigo a la prostitución y a la infidelidad. Por ello Mia Khalifa (Sarah Joe Chamoun) tuvo que cambiarse su nombre y nacionalizarse norteamericana porque el gobierno iraní la solicitaba en extradición, por ser mal ejemplo. A pesar de dejar la industria rápidamente, ha declarado arrepentimiento por su paso por esa industria, señalando que le causó estrés postraumático. Jamás podría regresar a Irán porque sería procesada, muy a pesar de su nueva nacionalidad. No se trata de percepciones: se trata de estructuras legales. 

Y es precisamente ahí donde emerge la tensión que Occidente no logra comprender —y que voces como la de Kajol Kapoor nos obligan a matizar—. Señala la joven doctora de 34 años que la infidelidad es concebida como un delito y quien la provoque debe indemnizar a su conyugue. 

Irán no es una realidad unidimensional. Es una sociedad atravesada por contradicciones profundas. Mujeres altamente educadas, con fuerte presencia en universidades y campos profesionales, conviven con normas que regulan su cuerpo y su visibilidad pública. Una cultura que simbólicamente eleva a la mujer coexiste con un sistema que, jurídicamente, la limita. ¿Contradicción? Sí. ¿Paradoja? También. ¿Realidad? Sin duda alguna. 

Lo verdaderamente revelador de este episodio no es decidir quién tiene la razón, sino entender que ambas narrativas —la occidental y la interna— capturan fragmentos de una realidad mucho más compleja. Occidente falla cuando homogeniza y simplifica. Pero también fallamos cuando, en nombre de la relatividad cultural, dejamos de reconocer las tensiones reales que viven las sociedades. La lección que deja Kajol Kapoor no es sobre Irán. 

Es sobre nosotros. Sobre nuestra dificultad para escuchar sin traducir inmediatamente al lenguaje de nuestras propias certezas. Sobre nuestra tendencia a creer que entendemos culturas que apenas hemos visto a través de titulares. Y, sobre todo, sobre la necesidad urgente de una verdadera interculturalidad: no aquella que celebra la diversidad de forma superficial, sino aquella que se atreve a incomodar, a cuestionar y a complejizar nuestras verdades. 

Porque, al final, el conocimiento no siempre viene de los libros. A veces, llega en la voz de una estudiante que, sin proponérselo, nos recuerda que el mundo es mucho más amplio que nuestras categorías. Y que la verdad, como la cultura, nunca es de un solo lado. 

El aula se transformó cuando Kajol Kapoor cuestionó el imaginario occidental sobre Irán. Su intervención revela una tensión clave para la investigación intercultural: la coexistencia entre una cultura persa que reconoce formas simbólicas de poder femenino y un sistema político que impone restricciones jurídicas. Desde una perspectiva decolonial, este caso evidencia cómo los discursos hegemónicos simplifican realidades complejas y silencian voces internas. Integrar estas contradicciones permite avanzar hacia una epistemología del Sur que no impone categorías universales, sino que dialoga con las múltiples formas de vivir, significar y negociar la realidad cultural. 

En este sentido, la experiencia en el aula se convierte en un micro escenario de lo que Aníbal Quijano denominó la colonialidad del saber: la tendencia a jerarquizar conocimientos y validar únicamente aquellos producidos desde matrices occidentales. La voz de Kapoor irrumpe como una grieta epistemológica que desestabiliza ese orden, al introducir una narrativa situada, encarnada y culturalmente anclada. 

Asimismo, este diálogo interpela la necesidad de una interculturalidad crítica en el sentido propuesto por Catherine Walsh, donde no basta con reconocer la diversidad, sino que es imprescindible problematizar las relaciones de poder que atraviesan la producción de conocimiento. No se trata de reemplazar un discurso por otro, sino de abrir espacios de co-construcción donde las tensiones no se eliminen, sino que se comprendan. 

Desde la filosofía de la liberación de Enrique Dussel, esta escena puede leerse como un acto ético-político: escuchar al otro no como objeto de estudio, sino como sujeto de enunciación. En este marco, la estudiante deja de ser informante y se convierte en productora de conocimiento, desafiando la lógica vertical del saber académico. 

Por ello, integrar este tipo de experiencias en la investigación en educación intercultural bilingüe implica reconocer que el conocimiento no es neutral ni universal, sino situado, histórico y atravesado por relaciones de poder. La didáctica decolonial, en consecuencia, no busca ofrecer respuestas definitivas, sino generar preguntas más profundas que permitan a estudiantes y docentes habitar la complejidad del mundo contemporáneo. 

Así, lo ocurrido en el aula no es un episodio anecdótico, sino un indicio de transformación epistemológica. Una invitación a repensar la enseñanza de las lenguas y la cultura no como transmisión de contenidos, sino como un ejercicio crítico de diálogo entre saberes. Porque en ese cruce —entre la voz de Kajol Kapoor y nuestras propias categorías— emerge la posibilidad de construir una educación verdaderamente intercultural, capaz de descolonizar no solo el currículo, sino también nuestra manera de comprender al otro.