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Por: Jaime Colpas Gutiérrez, cronista e historiador, profesor pensionado de Uniatlántico.

Este es un libro autobiográfico del maestro Adolfo Pacheco Anillo que publica el fondo editorial de la Universidad Simón Bolívar de 280 páginas en el 2026.

Cómo dice su protagonista al inicio que: ”decidió hacer este libro en 1989, pero las circunstancias, como a su vez parte de su indisciplina y negligencia que no se lo permitieron. Hoy, fue posible gracias a la iniciativa de su señor rector José Consuegra Bolívar, quien es un destacado adalid de la cultura en el Caribe” y prologuista de la obra.

Con una pluma clara y ágil el autor de la icónica canción “La Hamaca Grande” estructura su obra en siete cortos capítulos.

El primero está dedicado a su niñez, en el cual muestra su nacienza acaecida el 8 de agosto de 1940, su bautizo, rasgos de su árbol familiar materno y paterno donde se incuba la atmósfera proclive a su folclore, verbosidad, cantos, composiciones, declamación literaria, parrandas.

El siguiente es intitulado “Estudiante Orgulloso”, dónde describe su proceso formativo después de la muerte de madre Mercedes Anillo el 23 de mayo de 1949, quien lo dejó huérfanos a los 8 años y medio en el instituto Rodríguez de San Jacinto donde cursó su primaria; luego su bachillerato en el colegio Fernández Baena, después su paso fracasado por la friolenta Bogotá dónde estudió dos años de ingeniería en La Javeriana, y sus tardíos estudios de abogado en la Universidad de Cartagena, obtenido en 1976 cuando ya era un insigne compositor y había ocupados cargos públicos en el departamento de Bolívar.

El tercer capítulo titulado “Sol de Esperanza” narra su regreso de Bogotá a San Jacinto en 1961 donde se vincula como jefe de archivo de la Contraloría por un año. Después volvió a trabajar en el instituto Bolívar, y vivió un víacrucis por tres años cuando se retiró de esta institución”, “con cuatro hijos producto de dos relaciones”, por lo que se valió de la guitarra y sus canciones que había compuesto para producir algo de dinero y abrirse a las nuevas circunstancias viajando por la Costa en alianza con los acordeoneros Ramon Vargas y Nasser Sir.
Describe su liderazgo en San Jacinto impulsado la cooperativa de artesanías que le dieron identidad a su pueblo natal. Luego el episodio de haberse ganado la lotería la Sabanera con lo que le sirvieron esos 120.000 pesos para hacerse a una casa de estilo republicano en su población y por último el éxodo de San Jacinto a Barranquilla cuando la guerrilla de la FARC se tomó a su población de los montes de María, y se refugió en el mejor vividero del mundo donde hizo nuevas amistades con Regulo Matera, Jorge Gerlein, Fuad Char, etc y dónde fue secretario de la Duma del Atlántico; retirándose de la política a sus setenta años y dedicarse a la música por completo como cantautor y a los gallos, su hobby preferido.

En la siguiente sección ”Magníficos Colores” rememora a los músicos que conoció como Francisco Rada Batista que admiró a sus cinco años cuando llegó a su pueblo con sus dos mujeres montadas en burros y su acordeón de una tecla. También a Abel Antonio Villa que era visitante de la tienda de su casa “El Gurruperro”, y narra las vicisitudes de sus composiciones que fueron interpretadas por Andrés Landeros, y en especial el Viejo Miguel dedicada a intespectiva salida de San Jacinto de su padre a Barranquilla, quien tuvo 22 hijos con cinco mujeres.
Prosigue resaltando sus participaciones en distintos festivales de la región y sus viajes internacionales a Costa Rica, México, España y Miami dónde fue homenajeado en 2016. Y, termina señalando el papel que ha tenido su insigne composición la Hamaca Grande como un mensaje de visibilidad del vallenato sabanero a Valledupar,la capital mundial del vallenato.

En el quinto capítulo plasma sus recuerdos con amistades como Gabriel García Márquez con quien tuvo varias parrandas en distintos años en San Jacinto, Cartagena y Valledupar, al cual le decía graciosamente “Garcio”; Joe Arroyo a quien conoció en 1971 en Club Gallístico de San Jacinto siendo un joven de 15 años, quien terminó cantando descalzo; Rafael Ricardo su alumno en instituto Rodríguez, quien acompañó con su acordeón piano a Otto Serge en su magistral composición “el Mochuelo”; Rafael Escalona con quien tuvo muchas anécdotas y era un admirador de sus composiciones inmortales.
Después describe las anécdotas con Leandro Díaz, su ahijada Luz Neyda, Andrés Landeros a quien vistió de frac y Miguel Brieva, su insigne compañero de parrandas que era peluquero de profesión del pueblo y quien le dio refugió en su casa cuando su primera mujer lo echó de su casa al encontrarle una carta de Mercedes, una enamora a quién le compuso la célebre canción homónima.

El siguiente lo titula “Letras Sueltas”, dónde inserta textualmente sus crónicas publicadas en el diario El Tiempo desde 2004 hasta 2018 como “el Colacho que yo conocí”, “El Beso Guajiro”, “¡Eso no es Vallenato!”, “El Hombre del Espejo”, “Cerró de Maco” etc., y crónicas no publicadas como “De líder a burócrata” (2021), “Julio Rojas (1959-2016)” y “la Grandeza humana y musical de Alfredo Gutiérrez”, quien “vendría a ser como García Márquez (pág. 216) por haber irrumpido desde comienzos de 1960, y no ha dejado de figurar en el ambiente musical y sus interpretaciones todavía no han sido siquiera igualadas por los muchachos nuevos”.

El desaparecido maestro termina Adolfo su ameno relato de su vida humana, social, cultural y política con su séptimo capítulo denominado “Estampas Del Tiempo” que contiene un dossier de fotografías, documentos, cartas, postales, diplomas y reconocimiento de su vida pública.

Se complementa el texto autobiográfico con un corto Epílogo “Un Rayo feliz” de la docente e investigadora del Grupo Estudios Interdisciplinarios del Caribe de la Universidad Simón Bolívar Aura Aguilar Caro, quien hace un recorridos de las etapas transitadas por este proyecto autobiográfico que se inició en un encuentro en el Amira de la Rosa el 16 de octubre del 2004 dónde disertaron sobre la obra del maestro Adolfo Francisco Fadul, Ariel Castillo y Numas Armando Gil hasta que encontraron cabida en la universidad Simón Bolívar gracias a su rector por dar a conocer su obra de eterna perennidad y hace un reconocimiento del equipo de trabajo que se encargó de la transcripción de los manuscritos de este impecable libro que hoy sale a la luz pública.

Desgraciadamente los avatares y la tragedia acompañó el final de este ciclópeo sanjacintero muy universal que no pudo ver circular su obra autobiográfica por un aciago accidente automovilístico acaecido el 28 de enero de 2023 a sus 83 años;, a quien empecé a admirar en mi humilde barrio La Cueva Montecristo cuando impulsado por su éxito de su composición “La Hamaca Grande” interpretada por el acordeón y cantada por el juglar sanjacintero Andrés Landeros en la radio barranquillera en 197O, y con mi primo Fredy de la Rosa q.e.p.d., hicimos un conjunto improvisado, siendo muy niños, con una guacharaca sacada de un rallador de cocina y una caja de lata, por lo que recuerdo que tocábamos en las noches en las arenosas calles del barrio en la carrera 59 con calle 48 cuando algunas veces se iba la luz:

“Compadre Ramón, compadre Ramón
Le hago la visita pa que me acepte la invitación
Quiero, con afecto, llevar al Valle cofres de plata
Una bella serenata con música de acordeón
Una bella serenata con música de acordeón
Con notas y con folclor de la tierra de la hamaca”:

Así fue como nació mi afición como percusionista aficionado del folclor vallenato que aún cultivo en parrandas de cumpleaños familiares y encuentros con amigos profesionales y cultos como los arquitectos y acordeoneros Omar Ardila e Ignacio Consuegra Bolivar, etc.