Telatiroplena.com, periodismo serio, social y humano

Por: Jairo Eduardo Soto Molina.

La historia tiene una extraña costumbre: no se repite exactamente, pero rima. Y quizás ninguna advertencia histórica resulta hoy tan inquietante como la llamada “Trampa de Tucídides”, concepto que ha regresado con fuerza al debate geopolítico mundial para explicar la creciente tensión entre Estados Unidos y China. Lo preocupante no es solamente la rivalidad entre dos gigantes. Lo verdaderamente alarmante es que la humanidad ya ha vivido antes este tipo de transición de poder… y casi siempre terminó en guerra.

El historiador griego Tucídides, (1988) al narrar la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta, escribió una frase que atravesó los siglos: “Fue el ascenso de Atenas y el miedo que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”. Más de dos mil años después, el politólogo Allison, (2017). retomó esta idea en su libro Destined for War para analizar la relación entre China y Estados Unidos. Allison estudió dieciséis casos históricos en los últimos quinientos años donde una potencia emergente desafió a una dominante: doce terminaron en guerra.

La tesis central resulta inquietante porque desmonta una ilusión moderna: las guerras no siempre ocurren porque los líderes las deseen. Muchas veces nacen de dinámicas estructurales de miedo, desconfianza, orgullo nacional y competencia por la hegemonía. Cuando una potencia dominante siente amenazada su posición histórica, y una potencia emergente considera que ya no puede aceptar subordinación, el sistema internacional entra en una zona de alta inestabilidad. Un incidente menor puede convertirse en detonante global.

Eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy entre Estados Unidos y China. El ascenso chino no tiene precedentes históricos por su velocidad. En apenas dos décadas, China pasó de ser “la fábrica barata del mundo” a convertirse en potencia tecnológica, militar y financiera. Lidera sectores como el 5G, la inteligencia artificial, los vehículos eléctricos y buena parte de la producción industrial global. Para Washington, esto representa mucho más que competencia económica: implica la posibilidad real de perder la hegemonía mundial construida después de la Segunda Guerra Mundial.

El problema es que ambos países interpretan el comportamiento del otro como amenaza existencial. Estados Unidos considera que China busca reemplazar el orden liberal occidental y desplazarlo del Indo-Pacífico. China, por su parte, interpreta las alianzas militares estadounidenses, las restricciones tecnológicas y el apoyo a Taiwán como intentos deliberados de contener su ascenso histórico. El resultado es un círculo peligroso donde cada movimiento defensivo es visto por el otro como ofensivo. (Mearsheimer, 2014)

La cuestión de Taiwán se ha convertido en el epicentro más sensible de esta tensión. Para Beijing, la isla representa un asunto de reunificación nacional y legitimidad histórica del Partido Comunista. Para Washington, Taiwán simboliza la defensa del equilibrio regional y del acceso estratégico a la industria global de semiconductores. En otras palabras, no se trata simplemente de una disputa territorial. Se trata de prestigio, seguridad, economía y nacionalismo al mismo tiempo. (Kissinger, (2011)

Aquí aparece el elemento más peligroso de la Trampa de Tucídides: los errores de cálculo. La Primera Guerra Mundial no comenzó porque Europa quisiera destruirse a sí misma. Comenzó porque el nacionalismo, las alianzas militares, las carreras armamentistas y la ausencia de mecanismos efectivos de gestión de crisis hicieron que un asesinato en Sarajevo escalara hasta una catástrofe mundial. El temor actual es que el estrecho de Taiwán o el Mar de China Meridional se conviertan en el Sarajevo del siglo XXI. (Organski, 1958)

Y existen señales preocupantes. Los ejercicios militares chinos alrededor de Taiwán son cada vez más prolongados y sofisticados. Estados Unidos aumenta sus alianzas estratégicas con Japón, Filipinas y Australia. (Brzezinski, 1997) Las restricciones tecnológicas se endurecen. El discurso político en ambos países se vuelve más ideológico y nacionalista. Mientras tanto, los canales de comunicación militar siguen siendo frágiles. Basta recordar que después de la visita de Nancy Pelosi a Taiwán en 2022, China suspendió contactos militares directos con Estados Unidos durante más de un año.

La paradoja es que ambos países saben perfectamente el riesgo que enfrentan. Xi Jinping incluso afirmó en 2015 que “no existe tal cosa como la Trampa de Tucídides”, pero advirtió que las potencias podían crearla mediante errores estratégicos. En el fondo, la frase revela precisamente el problema: cuando dos gigantes sienten que cualquier concesión equivale a debilidad, la diplomacia se vuelve políticamente tóxica.

El único modelo histórico relativamente exitoso que podría evitar la guerra es el de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Allí existieron líneas rojas relativamente claras, mecanismos permanentes de comunicación y una aceptación mutua de que ninguna potencia desaparecería. La coexistencia fue tensa, peligrosa y contradictoria, pero evitó una guerra directa entre superpotencias nucleares.

Sin embargo, hoy el escenario parece más complejo. Durante la Guerra Fría existía cierta estabilidad bipolar y reglas tácitas de comportamiento. En la actualidad, la interdependencia económica entre China y Estados Unidos convive con una creciente rivalidad tecnológica, comercial y militar. El desacoplamiento parcial de cadenas de suministro, la competencia por los microchips y la inteligencia artificial están transformando la economía global en un nuevo campo de batalla geopolítica.

Desde América Latina, muchas veces observamos este conflicto como algo distante. Pero no lo es. Las tensiones entre Estados Unidos y China ya afectan nuestras economías, nuestros mercados energéticos, nuestras exportaciones, nuestras redes digitales y hasta nuestras decisiones diplomáticas. América Latina vuelve a quedar atrapada entre dos grandes polos de poder mundial, tal como ocurrió durante buena parte del siglo XX.

La gran pregunta entonces no es si China reemplazará a Estados Unidos mañana. La verdadera pregunta es si ambas potencias serán capaces de aceptar una coexistencia imperfecta sin convertir el miedo mutuo en guerra abierta. Porque la historia demuestra algo inquietante: las civilizaciones suelen comprender el peligro… y aun así avanzar hacia él.

Quizás el mayor desafío de nuestro tiempo sea precisamente evitar que el siglo XXI repita la tragedia de 1914 con armas infinitamente más destructivas. La humanidad ya no puede darse el lujo de aprender únicamente después de la catástrofe. Muchos analistas creen que el mundo actual tiene elementos parecidos a 1914. La gran lección de 1914 es que las sociedades pueden ver venir el peligro… y aun así no lograr detenerlo.

Referencias bibliográficas (APA 7.ª edición)

Allison, G. T. (2017). Destined for war?. The National Interest, (149), 9-21. Arrighi, G. (2007). Adam Smith in Beijing: Lineages of the twenty-first century. Verso Books

Brzezinski, Z. (1997). The grand chessboard: American primacy and its geostrategic imperatives. Basic Books

Kissinger, H. (2011). On China. Penguin Press

Mearsheimer, J. J. (2014). The tragedy of great power politics (Updated ed.). W. W. Norton & Company

Organski, A. F. K. (1958). World politics. Alfred A. Knopf

Tucídides, T. (1988). Historia de la guerra del Peloponeso. PPU. Waltz, K. N. (1979). Theory of international politics. McGraw-Hill