Telatiroplena.com, periodismo serio, social y humano
Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en Ciencias Humanas, Post Doctor en Alta Dirección y tecnología, Investigador social
“La estupidez es un enemigo más peligroso del bien que la maldad.”
— Dietrich Bonhoeffer, Cartas y papeles desde la prisión
Este artículo propone una lectura crítica del crecimiento de la población política alternativa en Colombia desde las elecciones presidenciales de 2018 hasta el presente. Se sostiene que dicho crecimiento no puede explicarse únicamente como un fenómeno electoral, partidista o coyuntural, sino como expresión de una disputa cultural profunda entre dos paradigmas históricos: por un lado, el paradigma colonial, colonizante, dependiente y subordinado a imaginarios de poder heredados de la modernidad eurocéntrica y de la influencia geopolítica estadounidense; por otro, un paradigma decolonial emergente, popular, plural, intercultural y crítico, que busca desnaturalizar las jerarquías sociales, raciales, epistémicas, económicas y culturales que han organizado la vida nacional. El artículo integra la reflexión de Dietrich Bonhoeffer sobre la estupidez como pérdida del pensamiento autónomo, no como simple falta de inteligencia, y propone una lectura de la vecindad de El Chavo del 8 como metáfora latinoamericana de la colonialidad cotidiana. Finalmente, se plantea la necesidad de decolonizar no solo el pensamiento, sino también las acciones, los afectos, los deseos, los miedos y las formas de convivencia política.
Colombia atraviesa una transformación cultural que no puede ser comprendida únicamente desde las estadísticas electorales. Desde las elecciones presidenciales de 2018, el país ha experimentado el crecimiento sostenido de una población política alternativa, crítica del orden tradicional, inconforme con la democracia restringida, con la desigualdad estructural, con el centralismo, con la dependencia económica y con la subordinación cultural frente a proyectos hegemónicos nacionales e internacionales.
Prefiero llamar a esta población “alternativa”, “democrática-popular”, “nacional-popular” o “decolonial”, antes que reducirla al término “izquierda”, porque esta última palabra ha sido históricamente cargada de prejuicios, miedos, estigmas y simplificaciones. En Colombia, llamar “izquierda” a cualquier proyecto de transformación social ha servido muchas veces para bloquear el debate, activar fantasmas ideológicos y descalificar de antemano cualquier propuesta de justicia social, redistribución, paz, soberanía o reconocimiento de los sectores históricamente excluidos.
Lo que ha ocurrido desde 2018 es algo más profundo: se ha abierto una batalla cultural. No se trata solamente de quién gana una elección, sino de qué interpretación del país logra imponerse. La disputa es entre dos formas de leer la realidad: una lectura colonial, que naturaliza la desigualdad, la dependencia, el clasismo, el racismo, el centralismo y la subordinación al poder extranjero; y una lectura decolonial, que busca pensar el país desde sus heridas históricas, sus pueblos marginados, sus memorias negadas, sus periferias, sus culturas populares y sus epistemologías del Sur.
Antes de 2018 parecía imposible imaginar que Colombia pudiera dividirse políticamente en dos grandes bloques relativamente equivalentes. Durante décadas, el pensamiento dominante presentó el orden tradicional como si fuera el único camino posible. Sin embargo, el avance electoral de Gustavo Petro en 2018, su triunfo en 2022 y la posterior consolidación de un campo alternativo robusto muestran que una parte muy significativa de la ciudadanía dejó de aceptar pasivamente las narrativas heredadas. El país dejó de ser políticamente monocromático. La hegemonía conservadora, oligárquica, colonial y dependiente empezó a ser disputada desde abajo.
1. De 2018 al presente: el despertar de una subjetividad alternativa
Las elecciones presidenciales de 2018 marcaron un punto de inflexión. Por primera vez en la historia reciente, un proyecto alternativo, crítico del modelo económico dominante y del establecimiento político tradicional, logró disputar la presidencia en segunda vuelta con una votación masiva. Aunque no ganó, la elección evidenció que existía una Colombia profunda que ya no se reconocía en las élites tradicionales.
Esa Colombia alternativa no nació en 2018. Venía gestándose en las luchas campesinas, indígenas, afrodescendientes, estudiantiles, sindicales, feministas, ambientales, territoriales y juveniles. Venía del movimiento por la paz, de las resistencias al extractivismo, de los reclamos por educación pública, de las luchas por la memoria de las víctimas, de las movilizaciones del Paro Nacional y de los procesos culturales que cuestionaban el relato oficial de la nación.
Lo nuevo de 2018 fue que esa pluralidad dispersa comenzó a adquirir expresión electoral nacional. La inconformidad dejó de estar fragmentada y empezó a reconocerse como posibilidad de poder. En 2022, ese proceso llegó a la presidencia con una fuerza simbólica inédita: un presidente proveniente de un campo alternativo y una vicepresidenta afrodescendiente, Francia Márquez, cuya presencia condensó memorias de exclusión racial, territorial y de género.
Este crecimiento puede interpretarse como un avance del pensamiento decolonial, no porque todos los votantes alternativos usen explícitamente esa categoría, sino porque muchas de sus demandas expresan intuiciones decoloniales: justicia social, dignidad popular, reconocimiento de los territorios, defensa de la vida, crítica al racismo estructural, rechazo a la violencia política, cuestionamiento de la concentración de la tierra, defensa de la paz y búsqueda de soberanía nacional.
2. Colonialidad y decolonialidad: dos paradigmas en disputa
La colonialidad no terminó con la independencia política. Como enseñó Aníbal Quijano, la colonialidad del poder siguió organizando las jerarquías sociales, raciales, económicas y epistémicas en América Latina. La república heredó muchas estructuras coloniales: élites blancas o blanqueadas, desprecio por lo indígena y afrodescendiente, subordinación de lo popular, dependencia económica, centralismo político, racismo cultural y admiración acrítica por Europa o Estados Unidos.
En Colombia, el pensamiento colonial se expresa en varias formas. Se manifiesta cuando se cree que lo extranjero siempre es superior; cuando se desprecia al campesino, al indígena, al afro, al costeño, al pobre o al habitante de periferia; cuando se piensa que el orden social es natural e inmodificable; cuando se asume que la seguridad vale más que la justicia; cuando se cree que el pobre es pobre por incapacidad individual y no por estructuras históricas de exclusión; cuando se considera que la soberanía nacional debe subordinarse automáticamente a los intereses de Washington; cuando se reduce la democracia al miedo al cambio.
El pensamiento decolonial, por el contrario, busca desmontar esas jerarquías. No se trata de odiar lo extranjero, ni de negar los aportes de otras culturas, sino de abandonar la obediencia epistémica. Decolonizar significa pensar desde el lugar propio sin encerrarse en el localismo; dialogar con el mundo sin arrodillarse ante él; reconocer los saberes populares sin despreciar la ciencia; enseñar inglés sin convertirlo en instrumento de colonización cultural; construir ciudadanía global sin perder la raíz territorial.
La batalla cultural colombiana consiste precisamente en esto: una parte del país sigue atrapada en la subjetividad colonial, mientras otra parte intenta construir una subjetividad decolonial. La primera busca seguridad en el amo, en el patrón, en el líder fuerte, en el orden heredado, en el miedo al otro. La segunda busca dignidad, autonomía, reconocimiento, memoria, justicia y participación.
3. Bonhoeffer y la estupidez como renuncia al pensamiento propio
La reflexión de Dietrich Bonhoeffer sobre la estupidez resulta profundamente actual. Bonhoeffer, pastor y teólogo alemán opositor al nazismo, no entendía la estupidez como simple ignorancia intelectual. Para él, una persona podía ser instruida, universitaria, religiosa o socialmente respetable y, aun así, actuar estúpidamente si había renunciado a pensar por sí misma.
La estupidez, en este sentido, no es falta de información; es pérdida de autonomía. Es el momento en que el sujeto deja de examinar la realidad y entrega su juicio a un líder, a una ideología, a un partido, a una iglesia, a un medio de comunicación, a una red social o a un grupo de pertenencia. El problema no es que la persona no sepa, sino que ha dejado de querer saber por sí misma. Ha reemplazado la pregunta por el eslogan, la duda por la obediencia, la reflexión por el aplauso.
Esta idea permite comprender una parte de la crisis política colombiana. No se trata de afirmar que quienes votan por un proyecto colonial sean inferiores, irracionales o moralmente malos. Sería un grave error caer en el desprecio. Lo que debe analizarse es cómo determinados sectores han sido formados históricamente para temer la libertad, para sospechar de la igualdad, para obedecer al poder, para repetir discursos mediáticos y para confundir pensamiento crítico con amenaza.
Bonhoeffer ayuda a entender que la estupidez política no se cura solo con datos. Una persona capturada por el miedo, por la identidad grupal o por la propaganda puede rechazar cualquier evidencia que contradiga sus creencias. En estos casos, el problema no es informativo sino espiritual, ético, afectivo y cultural. Por eso, la salida no es únicamente educar en contenidos, sino formar sujetos capaces de coraje: el coraje de pensar contra el propio grupo, de cambiar de opinión, de reconocer errores, de escuchar al adversario y de resistir la manipulación.
4. Ignorancia colonial y educación bancaria
Además de la estupidez entendida como renuncia al pensamiento propio, existe la ignorancia producida socialmente. No se trata de una ignorancia natural ni de una incapacidad individual. Es una ignorancia construida por sistemas educativos, mediáticos, religiosos y políticos que han enseñado a obedecer antes que a preguntar.
Paulo Freire llamó “educación bancaria” a aquella pedagogía que deposita contenidos en los estudiantes sin formar conciencia crítica. En una sociedad colonial, la educación bancaria reproduce sujetos obedientes, no ciudadanos libres. Enseña fechas, normas y símbolos patrios, pero no enseña a leer las estructuras de dominación. Enseña a repetir, pero no a interpretar. Enseña a competir, pero no a solidarizarse. Enseña a admirar al poderoso, pero no a comprender al oprimido.
La ignorancia colonial se manifiesta cuando una persona defiende intereses que la perjudican; cuando un trabajador pobre defiende privilegios de élites que lo excluyen; cuando una víctima de desigualdad culpa a otros pobres de su desgracia; cuando se confunde emprendimiento con abandono estatal; cuando se cree que toda protesta es vandalismo; cuando se acepta que la riqueza acumulada por unos pocos es mérito puro y que la pobreza de muchos es culpa individual.
Esta ignorancia no se supera con burla ni con insulto. Se supera con pedagogía decolonial, con diálogo crítico, con memoria histórica, con lectura situada de la realidad, con formación política, con educación pública de calidad y con reconstrucción de los afectos colectivos.
5. La vecindad de El Chavo del 8 como metáfora de la colonialidad latinoamericana
La vecindad de El Chavo del 8 puede leerse como una poderosa metáfora de América Latina. A primera vista es un espacio humorístico, infantil y popular. Pero desde una lectura decolonial, la vecindad representa una sociedad jerarquizada, desigual, rentista, aspiracional, afectivamente fracturada y atravesada por relaciones de poder.
El Chavo representa la niñez abandonada, la infancia pobre, el sujeto sin propiedad, sin familia estable, sin protección institucional. Vive en el margen, en el barril, en la intemperie simbólica. Su hambre no es solo hambre física; es hambre de reconocimiento, de afecto, de justicia. El Chavo es la metáfora del pueblo excluido: presente en todas partes, pero nunca plenamente reconocido como sujeto de derechos.
Don Ramón representa al hombre popular precarizado, endeudado, perseguido por el arriendo, golpeado por la vida y ridiculizado por su pobreza. Es el trabajador informal, el desempleado estructural, el hombre sin estabilidad económica. No es un villano; es el resultado de una economía que condena a muchos a sobrevivir sin garantías. Su figura expresa la colonialidad económica: una sociedad donde los pobres no descansan porque siempre están debiendo algo.
El Señor Barriga representa el rentismo. No es simplemente un propietario simpático; encarna la figura del dueño que vive del cobro periódico a quienes habitan en condiciones precarias. Su poder no necesita violencia directa: basta con la propiedad. En la vecindad, como en muchas sociedades latinoamericanas, quien posee cobra; quien no posee, debe. El arriendo es metáfora de una dependencia estructural.
Doña Florinda representa el arribismo social y el deseo de distinción. Ella no pertenece realmente a una élite económica consolidada, pero actúa como si estuviera por encima de los demás. Su desprecio hacia Don Ramón y su obsesión por separar a Quico de los otros niños expresan una colonialidad del ser: el deseo de parecer superior mediante el rechazo de lo popular. Doña Florinda encarna el blanqueamiento simbólico: no basta con vivir en la vecindad; hay que negar la vecindad para sentirse alguien.
Quico representa el privilegio infantilizado. Tiene juguetes, protección materna y una conciencia temprana de superioridad frente a los otros niños. Sin embargo, también es víctima de una formación afectiva colonial: aprende a distinguirse, no a convivir; a presumir, no a compartir; a sentirse especial, no a reconocerse parte de una comunidad. Quico no nace colonial: es educado en la colonialidad del privilegio. Resultó ser el hijo ilegitimo de l señor Barriga. Secreto que le guardaba Doña Clotilde
La Chilindrina representa la astucia popular, la inteligencia de la sobrevivencia. En contextos de desigualdad, la picardía aparece como estrategia de quienes no tienen poder formal. Sin embargo, esa astucia también revela una tragedia: cuando la justicia no existe, la supervivencia se vuelve trampa, engaño, simulación o manipulación. La Chilindrina muestra cómo la pobreza también puede producir formas ambiguas de resistencia.
Doña Clotilde, llamada despectivamente “la Bruja del 71”, representa la estigmatización de la mujer sola, madura, afectiva y diferente. La comunidad la convierte en objeto de burla porque no encaja en los mandatos tradicionales de feminidad, familia y deseo. Desde una lectura decolonial y de género, ella simboliza la violencia simbólica contra las mujeres que no responden al ideal patriarcal.
El Profesor Jirafales representa la institución escolar. Es educado, formal, correcto, pero su presencia no transforma estructuralmente la vecindad. Entra y sale del espacio popular sin modificar sus condiciones de pobreza. Esta figura permite cuestionar la escuela tradicional latinoamericana: una escuela que enseña urbanidad, modales y contenidos, pero que muchas veces no logra desmontar las estructuras de exclusión y generar transformación en los seres humanos ni transformar el contexto.
Ñoño, hijo legítimo del Señor Barriga, representa la reproducción familiar del privilegio. No es culpable de su origen, pero ocupa un lugar distinto en la estructura social. Su presencia recuerda que la desigualdad se hereda: unos niños nacen con respaldo económico, otros nacen con hambre; unos reciben protección, otros reciben golpes; unos son celebrados, otros son tolerados.
Jaimito el cartero representa la fatiga institucional. Es el funcionario cansado, el intermediario que ya no cree mucho en su función, el sujeto atrapado entre el deber y la renuncia. En clave latinoamericana, puede simbolizar un Estado presente a medias: llega tarde, llega cansado, llega incompleto.
La vecindad entera es una nación pequeña. Allí hay propiedad, deuda, hambre, aspiración, burla, escuela, abandono, afecto y violencia simbólica. Todos conviven, pero no todos valen lo mismo. Todos se conocen, pero pocos se reconocen. Todos ríen, pero la risa oculta una estructura de dolor social.
Por eso, El Chavo del 8 no es solo comedia: es una pedagogía involuntaria de la colonialidad cotidiana. Nos reímos porque reconocemos algo de nosotros mismos. La vecindad es América Latina: una comunidad pobre donde algunos sueñan con ser élite, otros cobran renta, otros sobreviven, otros enseñan sin transformar y otros cargan con el hambre histórica de los pueblos.
6. Colombia como vecindad colonial
La metáfora de la vecindad permite leer la sociedad colombiana. Tenemos élites rentistas que viven de la tierra, la banca, los contratos, los arriendos, las concesiones y la intermediación. Tenemos sectores medios que, como Doña Florinda, desprecian lo popular aunque compartan con el pueblo muchas precariedades. Tenemos millones de Don Ramón endeudados, trabajadores informales, explotados, burlados por una economía que les exige pagar sin garantizarles dignidad. Tenemos muchos Chavos: niños abandonados, jóvenes sin oportunidades, comunidades enteras metidas en el barril de la historia.
Tenemos también profesores Jirafales: instituciones educativas que hablan de ciudadanía, pero no siempre forman conciencia decolonial; enseñan competencias, pero no siempre enseñan dignidad; enseñan idiomas, pero no siempre enseñan a pensar desde el Sur. Tenemos Brujas del 71: mujeres estigmatizadas, sujetos raros, cuerpos disidentes, personas convertidas en burla por no encajar en la norma dominante.
En esta vecindad nacional, el pensamiento colonial funciona como sentido común. Hace creer que el Señor Barriga merece cobrar siempre, que Don Ramón debe pagar aunque no tenga, que Doña Florinda tiene derecho a despreciar, que el Chavo debe conformarse con su barril, que Quico merece más porque tiene más, que la bruja es bruja porque es distinta, que el profesor educa aunque nada cambie.
La decolonialidad consiste en interrumpir esa naturalización. Consiste en preguntarse: ¿por qué el Chavo no tiene casa?, ¿por qué Don Ramón vive endeudado?, ¿por qué Doña Florinda necesita sentirse superior?, ¿por qué el Señor Barriga concentra la propiedad?, ¿por qué la escuela no transforma la vecindad?, ¿por qué la comunidad se ríe del dolor de los otros?
7. Decolonizar el pensamiento, las acciones y los sentimientos
La tarea histórica no es simplemente ganar elecciones. La verdadera transformación requiere decolonizar tres dimensiones fundamentales: el pensamiento, las acciones y los sentimientos.
Decolonizar el pensamiento significa abandonar las categorías heredadas que nos hacen mirar el país con ojos ajenos. Implica cuestionar la idea de que el desarrollo solo viene de afuera, que el conocimiento válido solo viene del Norte, que la democracia se reduce al mercado, que la seguridad justifica cualquier abuso, que la pobreza es culpa individual y que la soberanía es una palabra anticuada.
Decolonizar las acciones significa transformar las prácticas cotidianas. No basta con tener discurso decolonial si se reproducen relaciones autoritarias, clasistas, racistas, patriarcales o excluyentes. La decolonialidad debe verse en la forma de enseñar, gobernar, investigar, conversar, decidir, contratar, evaluar, escribir, amar y convivir.
Decolonizar los sentimientos es quizá lo más difícil. La colonialidad no vive solo en las ideas; vive también en los afectos. Vive en el miedo al cambio, en el odio al pobre, en la vergüenza de lo propio, en el deseo de parecer extranjero, en el desprecio por el acento popular, en la sospecha hacia el líder social, en la admiración acrítica por el poderoso, en la rabia contra quien reclama derechos.
Una sociedad colonial no solo piensa colonialmente: siente colonialmente. Siente miedo de ser libre. Siente vergüenza de su pueblo. Siente admiración por el amo. Siente desprecio por el igual. Siente que la justicia social es amenaza. Siente que la protesta es desorden. Siente que la obediencia es virtud.
Por eso, la batalla cultural es también una batalla afectiva. No se trata de odiar al otro 50 %. Se trata de disputar los sentidos, los miedos, las emociones y las lealtades que sostienen la dominación. Nadie se libera siendo despreciado. La decolonialidad no puede convertirse en arrogancia moral. Debe ser una pedagogía de la dignidad.
8. Hacia una pedagogía política decolonial
Colombia necesita una pedagogía política decolonial. Esta pedagogía debe formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos, revisar sus prejuicios, reconocer la manipulación mediática, comprender la historia nacional, identificar las estructuras de poder y dialogar sin renunciar a la crítica.
Esa pedagogía debe comenzar en la escuela, pero no puede limitarse a ella. Debe estar en la universidad, en los sindicatos, en los barrios, en las iglesias, en las redes sociales, en los medios alternativos, en las organizaciones comunitarias y en las familias. Debe enseñar a preguntar: ¿quién se beneficia de lo que creo?, ¿quién me enseñó a temer?, ¿por qué rechazo ciertas ideas antes de escucharlas?, ¿qué intereses defiendo cuando voto?, ¿mi opinión es mía o es el eco de un grupo?
La pregunta decisiva no es si alguien es de izquierda o de derecha. La pregunta decisiva es si piensa con autonomía o repite obedientemente. Hay personas conservadoras con pensamiento crítico y personas alternativas atrapadas en dogmas. La decolonialidad no puede reducirse a una identidad partidista. Es una ética del pensamiento libre, situado, responsable y solidario.
Conclusiones
Desde 2018, Colombia vive una transformación profunda de su subjetividad política. El crecimiento del campo alternativo no debe leerse solamente como avance electoral, sino como expresión de una batalla cultural entre colonialidad y decolonialidad. Por primera vez en mucho tiempo, el país tradicional se enfrenta a un país emergente que reclama dignidad, justicia, memoria, soberanía y reconocimiento.
La división cercana al 50/50 no debe entenderse como simple polarización destructiva. También puede interpretarse como síntoma de una sociedad en transición. Colombia ya no acepta una sola narrativa sobre sí misma. La nación oligárquica, centralista, racista, clasista y dependiente está siendo interpelada por una nación popular, plural, periférica, intercultural y decolonial.
La reflexión de Bonhoeffer permite comprender que el mayor peligro no es solo la maldad política, sino la renuncia colectiva al pensamiento crítico. Cuando las personas entregan su criterio a líderes, grupos, medios o eslóganes, se vuelven instrumentos de proyectos que muchas veces van contra su propia dignidad. Sin embargo, Bonhoeffer también advierte contra el desprecio: no se trata de considerar estúpida a la mayoría, sino de comprender cómo el poder produce obediencia y cómo la liberación exige coraje.
La metáfora de El Chavo del 8 muestra que América Latina ha vivido durante décadas en una vecindad colonial: con rentistas, pobres endeudados, niños abandonados, mujeres estigmatizadas, aspirantes a élite, privilegios heredados y escuelas que no siempre transforman. Decolonizar el país significa cambiar esa vecindad: que el Chavo tenga casa, que Don Ramón tenga trabajo digno, que Doña Florinda no necesite despreciar para sentirse superior, que el Señor Barriga no encarne una propiedad sin responsabilidad social, que la escuela forme conciencia crítica y que la comunidad deje de reírse del dolor de los otros.
La batalla cultural no se gana solo en las urnas. Se gana en la conciencia, en el lenguaje, en la escuela, en la memoria, en los afectos y en la vida cotidiana. Colombia necesita decolonizar el pensamiento, las acciones y los sentimientos. Solo así podrá pasar de la obediencia colonial a la dignidad democrática; del miedo al cambio a la esperanza crítica; de la vecindad fragmentada a una comunidad política verdaderamente justa, intercultural y libre.
“Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo: los seres humanos se liberan en comunión.”
— Paulo Freire, Pedagogía del oprimido
Referencias sugeridas
Bonhoeffer, D. (2010). Letters and Papers from Prison. Fortress Press.
De Sousa Santos, B. (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Trilce.
Dussel, E. (1994). 1492: El encubrimiento del Otro. Plural Editores.
Fanon, F. (1963). Los condenados de la tierra. Fondo de Cultura Económica.
Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
Gramsci, A. (1971). Selections from the Prison Notebooks. International Publishers.
Mignolo, W. (2011). The Darker Side of Western Modernity: Global Futures, Decolonial Options. Duke University Press.
Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En E. Lander (Ed.), La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. CLACSO.
Soto Molina, J. E. (2022). Clave decolonial para la enseñanza de las lenguas. Editorial Science Latinoamérica y Caimán.
Soto Molina, J. E. (2026). Más allá del currículo: Interculturalidad y Epistemología del Sur en la educación colombiana. Editorial Magisterio.
Walsh, C. (2009). Interculturalidad, Estado, sociedad: luchas decoloniales de nuestra época. Universidad Andina Simón Bolívar.

