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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.
“Da vida a tus días y no días a tu vida”. Rita Levi-Montalcini, premio nobel de medicina.
A los 104 años de una compleja vida, murió en París, a finales del pasado mayo, el sociólogo, filósofo, pensador, pedagogo y autor de una múltiple obra bibliográfica, Edgar Morín. Invitado por la Universidad Simón Bolívar, en septiembre de 2009, visitó Barranquilla para presentar, entre otros actos, uno de sus libros. Pero debí viajar a Cartagena a escucharlo y conocerlo, existen evidencias del encuentro con el centenario francés.
El pensamiento complejo, como se denomina la teoría pedagógica de Morin, fue una de las asignaturas durante los estudios de post-grados en educación, realizados tanto en la Universidad del Norte con en la Universidad del Atlántico. Es decir, el estudio de su obra socio-biológica ocupó buena parte de mi actividad académica, hasta el punto de tenerlo como un referente epistemológico en la investigación sobre “El amor, derecho constitucional en Colombia”.
En la tesis que sobre El Amor, Como Derecho Constitucional, incluí el siguiente párrafo, tomado del libro “la vida de la vida -2do tomo de El Metodo-(Catedra), donde describe el camino del hombre, así su humanidad:
“Hacia el hombre…evidentemente es el hombre donde es más complejo y más incierto el problema de la determinación genética. El enorme cerebro humano y, correlativamente, la inteligencia, el carácter, la personalidad experimentan en adelante de manera arrepentida y prolongada la determinación de los eventos/experiencias de la infancia y la adolescencia (prolongación de la juvenilidad, es decir, del estadio de formación y aprendizaje) y experimentan plenamente la determinación, desconocida en el mundo animal, de la cultura. Ésta constituye una capital información/programático de saberes, saber hacer, normas, comportamientos que, procediendo del exterior del individuo, se combinan con la determinación genética interior”.


Ahora bien, en esa transformación del animal al ser humano, Morin continúo suministrando enseñanzas. De su libro “lecciones de un siglo de vida“(Paidós), he escogido las siguientes para compartir, en el sentido de por qué hay que erotizar la existencia:
La primera.
“Una tarea esencial para una política humanista es crear las condiciones que posibiliten no solo sobrevivir, sino también vivir. Vivir es poder gozar de las posibilidades que ofrece la vida”(pág 40).
La segunda.
“Por qué poesía y no felicidad?. Estos términos remiten el uno al otro. El estado poético da la sensación de felicidad, la felicidad tiene en sí misma la cualidad poética. La emoción poética nos abre, nos dilata, nos encanta. Es un estado de trance…muy intenso en la fiesta, el baile, la música, y particularmente ardiente, embriagador, apasionante, en el enamoramiento compartido“(pág 45).
La tercera.
“La poesía culmina en éxtasis convulsivo en el coito. Y cuando hay verdadero amor no hay tristeza, sino más bien ternura poscoital. Cada mujer amada (…) me ha aportado su poesía, y la poesía del amor no ha cesado de alimentar mi vida”(pág 49).
La cuarta.
“Diré por último que la conciencia de la complejidad humana conduce a la benevolencia. la benevolencia permite considerar al prójimo no solo por sus defectos y carencias, sino también en sus cualidades, a la vez que por sus intenciones y sus acciones. soy bueno?. Sé que soy bondadoso, que no soy malo ni rencoroso. Que no soy agresivo. Me gusta la confrontación de ideas, pero detesto los ataques ad hominem“(pág 107).
Releyendo y revisando la sabiduría de las lecciones de Morin, recuerdo las que impartía Epicuro en su jardín. Por ello, deseo recordar las palabras del difunto francés, ahora que envejezco en cada amanecer, al expresar:
“Para envejecer bien, hay que mantener la curiosidad de la infancia, las aspiraciones de la adolescencia, la responsabilidad del adulto, y, en la vejez, intentar extraer la experiencia de las edades precedentes”.
La próxima: El hombre y el poder, en el país de “Emociones Tristes”.

