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Por: Jairo Eduardo Soto Molina

“El deporte serio no tiene nada que ver con el juego limpio. Está ligado al odio, los celos, la jactancia, el desprecio de las reglas y el placer sádico de contemplar la violencia; en otras palabras, es la guerra sin los disparos”. — George Orwell, The Sporting Spirit (1945)

La semifinal del Mundial entre Argentina e Inglaterra no será solamente un partido de fútbol. Aunque los entrenadores y jugadores se esfuercen por despojarla de toda interpretación histórica, sobre el césped también jugarán los fantasmas de 1966, la Guerra de las Malvinas, la expulsión de Antonio Rattín, la llamada «Mano de Dios» y el gol del siglo de Diego Armando Maradona en México 1986. La prensa internacional ha vuelto a presentar el encuentro como una confrontación cargada de antecedentes deportivos y políticos, mientras ambos equipos insisten en concentrarse en la competencia y no en las heridas del pasado.

Cada vez que dos selecciones nacionales se enfrentan, once jugadores dejan de representar únicamente a un equipo y empiezan a cargar simbólicamente con una bandera, una memoria y una identidad colectiva. La camiseta transforma el cuerpo del futbolista en territorio nacional. El gol deja de ser una simple anotación y se convierte en demostración imaginaria de superioridad. La derrota parece afectar el honor de millones de personas que no participaron directamente en el encuentro.

George Orwell comprendió con lucidez esa dimensión política del deporte. En diciembre de 1945, después de la visita del Dynamo de Moscú al Reino Unido y de su polémico enfrentamiento con el Arsenal, escribió su célebre ensayo The Sporting Spirit. Las fricciones entre jugadores, las discusiones sobre la composición del equipo inglés, los abucheos al árbitro y el enfrentamiento de las narrativas británica y soviética llevaron al escritor a desconfiar de la supuesta capacidad del deporte para acercar a las naciones.

Para Orwell, el fútbol internacional no producía fraternidad, sino una forma ritualizada de nacionalismo. Cuando el prestigio de una comunidad entra en juego, sostenía, aparecen los instintos más agresivos. Las naciones llegan a interpretar que correr, saltar o patear un balón constituye una prueba de virtud nacional. El deporte organizado se convierte así en una guerra simbólica, en una batalla sin fusiles que puede alimentar resentimientos entre los pueblos.

El escritor británico tenía razones para su pesimismo. El partido entre el Arsenal y el Dynamo se disputó en una Europa que apenas salía de la Segunda Guerra Mundial, cuando la alianza circunstancial entre británicos y soviéticos ya comenzaba a transformarse en la desconfianza de la Guerra Fría. El campo de fútbol no se encontraba aislado de esa tensión. Era otra superficie sobre la cual se proyectaban las rivalidades ideológicas y geopolíticas de la época.

Ochenta años después debemos preguntarnos si Orwell tenía toda la razón.

La semifinal entre Argentina e Inglaterra parecería confirmarlo. Las autoridades han reforzado las medidas de seguridad por el peso histórico de esta rivalidad. Cada decisión arbitral podría ser interpretada como conspiración; cada gesto, como provocación; cada gol, como reparación de una vieja herida. El partido se anuncia como un encuentro entre grandes futbolistas, pero también como un nuevo capítulo de una narrativa que mezcla fútbol, nacionalismo, guerra y memoria.

Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre la guerra y el fútbol que Orwell no valoró suficientemente. La guerra busca destruir al adversario. El fútbol necesita que el adversario exista. Sin rival no hay partido, competencia, victoria ni gloria. El contrario no es un obstáculo que deba desaparecer, sino una condición indispensable del juego.

Esa diferencia contiene una profunda lección democrática.

La democracia también requiere adversarios. Necesita personas y movimientos que piensen de manera distinta, cuestionen al poder y propongan otros caminos. Cuando el adversario político es convertido en enemigo absoluto, la democracia desaparece y comienza la guerra. El espíritu deportivo, entendido en su sentido más noble, enseña precisamente lo contrario: se puede competir con toda la intensidad posible, intentar derrotar al contrario y, al terminar, reconocer su dignidad.

Argentina e Inglaterra pueden jugar una semifinal marcada por la historia sin volver a las armas. Los futbolistas pueden disputar cada balón con vehemencia y estrecharse la mano después del último silbato. El encuentro no borrará la Guerra de las Malvinas ni resolverá las diferencias diplomáticas relacionadas con la soberanía de las islas, pero mostrará que las memorias enfrentadas no tienen que desembocar inevitablemente en violencia.

El fútbol puede ser guerra sin disparos, como afirmó Orwell, pero también puede ser una pedagogía de la confrontación sin exterminio.

La Selección no pertenece al gobierno ni a ningún partido político

Esta relación entre fútbol y política también se hizo visible en Colombia antes del viaje de la Selección al Mundial. El presidente Gustavo Petro encabezó el 4 de junio de 2026 el acto oficial de despedida de los jugadores en la base aérea de Catam. Durante su intervención habló de la oposición entre la vida y la codicia y atribuyó al deporte una responsabilidad moral que iba más allá de los resultados del torneo.

Algunos medios y usuarios de las redes interpretaron la actitud corporal de ciertos futbolistas como fría o distante. Esa lectura puede resultar subjetiva y no permite afirmar, por sí sola, que existiera un rechazo deliberado al presidente. No obstante, el episodio abre una pregunta importante: ¿a quién representa realmente una selección nacional?

Los futbolistas no juegan para el presidente de turno. Tampoco representan exclusivamente al gobierno, a un partido político o a quienes votaron por determinada opción electoral. La Selección pertenece simbólicamente a una nación diversa y contradictoria. En ella caben los partidarios y los críticos del Ejecutivo, las distintas regiones, clases sociales, culturas, identidades y posiciones políticas.

El presidente puede despedir institucionalmente a los jugadores porque ejerce la jefatura del Estado, pero no puede apropiarse de su representación. La camiseta nacional antecede y sobrevivirá a cualquier gobierno. Cuando los futbolistas ingresan al campo, no defienden un programa partidista: representan a millones de ciudadanos que probablemente nunca estarán de acuerdo en política, pero que durante noventa minutos pueden compartir una misma esperanza.

Ese poder de producir una identificación colectiva es una de las virtudes y también uno de los peligros del fútbol. Puede permitir que una sociedad fragmentada experimente fugazmente un sentido de comunidad. Pero también puede ser utilizado por los gobiernos para apropiarse de los triunfos, ocultar conflictos sociales o convertir la pasión deportiva en legitimación política.

Por eso los jugadores deben conservar cierta autonomía frente al poder. Ser convocado a una selección no exige adhesión al gobernante. El respeto al Estado y a sus símbolos no equivale a obediencia partidista. Un futbolista continúa siendo ciudadano y conserva el derecho de tener opiniones, guardar silencio o expresar desacuerdo.

Maradona: la pelota como insubordinación

Ninguna figura representa mejor la relación conflictiva entre fútbol y poder que Diego Armando Maradona. Fue campeón, ídolo popular, contradictorio, excesivo y políticamente incómodo. Se relacionó abiertamente con líderes latinoamericanos de izquierda, expresó posiciones sobre conflictos internacionales y cuestionó con dureza a la dirigencia de la FIFA. En 2015 llegó a sostener que el organismo se encontraba sumido en la anarquía bajo la presidencia de Joseph Blatter.

Maradona nunca aceptó limitarse a ser una figura decorativa del espectáculo. Su palabra podía ser exagerada, parcial o polémica, pero surgía de la convicción de que el futbolista no debía renunciar a su voz al abandonar el campo. Para él, la fama no significaba neutralidad.

Su actuación contra Inglaterra en 1986 condensó todas sus contradicciones. Marcó un gol ilegítimo con la mano y, pocos minutos después, uno de los goles más extraordinarios en la historia de los mundiales. En un mismo partido fue transgresor y genio, pícaro y artista. Para muchos argentinos, aquella victoria adquirió un significado político relacionado con la reciente guerra de las Malvinas, aunque ningún triunfo deportivo podía reparar las vidas perdidas.

Maradona fue un jugador contra el sistema porque comprendió que la industria del fútbol se alimentaba del talento popular mientras era administrada desde estructuras opacas y elitistas. Sin embargo, su rebeldía también nos recuerda que oponerse al sistema no convierte automáticamente a alguien en dueño de la verdad. La resistencia requiere responsabilidad ética; de lo contrario, puede degenerar en un nuevo personalismo.

Cristiano Ronaldo y la resistencia al guion comercial

Cristiano Ronaldo representa una forma distinta de insubordinación. No ha construido una identidad política comparable a la de Maradona. Su figura pertenece de manera mucho más evidente al fútbol globalizado, a las grandes marcas, a la cultura del rendimiento y a la industria de la imagen.

Sin embargo, incluso dentro de ese universo comercial protagonizó un gesto revelador. Durante una conferencia de prensa de la Eurocopa, apartó de la mesa dos botellas de Coca-Cola, levantó una botella de agua y recomendó consumirla. UEFA respondió recordando a las selecciones sus obligaciones con los patrocinadores del torneo.

El episodio fue pequeño, pero mostró una tensión central del deporte contemporáneo. El futbolista es presentado como héroe autónomo, aunque su cuerpo, su voz y su imagen se encuentran rodeados por contratos comerciales. Se espera que juegue, sonría y legitime silenciosamente los productos colocados delante de él.

Ronaldo no realizó una revolución política. Simplemente se negó, durante unos segundos, a representar el papel que la escenografía publicitaria le había asignado. Su gesto recordó que incluso las estrellas convertidas en marcas pueden resistirse a ser completamente administradas por otras marcas.

No conviene, sin embargo, atribuirle posiciones políticas que no ha expresado claramente. En torno a Cristiano han circulado numerosas historias sobre donaciones y respaldos a diferentes causas, entre ellas la Palestina. La crítica responsable debe diferenciar los hechos verificables de las leyendas fabricadas por las redes sociales, pero también una cosa es la humanidad del ser humano y otra su tendencia política.

Mbappé: el deportista como ciudadano

Kylian Mbappé representa otra relación entre fútbol y política. El capitán francés ha intervenido directamente en los debates públicos de su país. Durante las elecciones legislativas de 2024 manifestó preocupación por el avance de la extrema derecha y pidió a los ciudadanos participar electoralmente. En 2026 volvió a confrontar públicamente al partido de Marine Le Pen, expresando temor por las consecuencias que tendría su llegada al poder para la sociedad francesa.

Su intervención generó críticas de quienes consideran que los deportistas deben limitarse a jugar. Esa exigencia parte de una idea profundamente desigual: se acepta que los empresarios, periodistas, artistas y líderes religiosos intervengan en política, pero se pretende que el futbolista guarde silencio.

Mbappé no deja de ser ciudadano cuando se coloca la camiseta de Francia. Por el contrario, su experiencia como hijo de una familia de orígenes camerunés y argelino forma parte de la Francia intercultural que representa. Su palabra muestra que la selección nacional no es una comunidad racialmente homogénea, sino el resultado de migraciones, encuentros culturales y luchas por el reconocimiento.

El racismo que continúa rodeando al fútbol demuestra que las selecciones celebran la diversidad cuando esta produce goles, pero no siempre la aceptan cuando exige igualdad. Al futbolista racializado se le permite representar a la nación, siempre que no discuta críticamente qué significa pertenecer a ella.

Mbappé rompe esa condición. No solamente juega para Francia: reivindica el derecho a participar en la definición política y moral de Francia.

El balón no es inocente

Sería ingenuo afirmar que el fútbol se encuentra por encima de la política. Los mundiales son utilizados para proyectar poder, mejorar reputaciones internacionales, movilizar nacionalismos y promover intereses comerciales. La FIFA ha sido objeto de investigaciones y críticas por corrupción, y actualmente enfrenta cuestionamientos sobre sus relaciones con gobiernos y sobre la utilización política de sus grandes torneos.

Tampoco todos los pronunciamientos de los jugadores son necesariamente acertados. La fama deportiva no concede conocimiento especializado ni superioridad moral. Un gran futbolista puede emitir opiniones mal informadas, contradictorias o injustas.

Pero exigirle silencio constituye otra forma de dominación.

El verdadero espíritu deportivo no consiste en separar artificialmente el fútbol de la sociedad, sino en impedir que el poder capture por completo el juego y la conciencia de quienes participan en él. Los futbolistas pueden representar a sus países sin convertirse en propagandistas de sus gobiernos. Pueden respetar la camiseta sin renunciar a su autonomía. Pueden competir intensamente sin transformar al rival en enemigo.

Ahí se encuentra la principal diferencia entre el deporte y la guerra.

En la guerra, el vencedor pretende imponer su voluntad y silenciar al vencido. En el fútbol, el derrotado conserva su dignidad, regresa a casa, aprende de sus errores y puede intentarlo nuevamente. La derrota no debe conducir al exilio, al encarcelamiento ni a la eliminación física del adversario.

La política democrática debería aprender esa lección. En nuestras sociedades, perder una elección suele interpretarse como una humillación intolerable, mientras ganar se entiende como autorización para excluir, al contrario. El espíritu deportivo enseña que la victoria es provisional, que las reglas obligan a todos y que ningún campeón lo será para siempre.

Cuando Argentina e Inglaterra entren al campo, llevarán sobre los hombros una historia demasiado pesada. Pero los jugadores tendrán la oportunidad de demostrar que el pasado no determina irrevocablemente el presente. Podrán honrar a sus pueblos sin odiar al contrario; defender sus colores sin negar la humanidad del rival; disputar la gloria sin convertir la cancha en una prolongación de la guerra.

Tal vez Orwell no estaba completamente equivocado. El deporte puede exacerbar nacionalismos, despertar odios y convertir la competencia en una batalla simbólica. Pero esa no es su única posibilidad.

El fútbol también puede enseñar que necesitamos al otro para existir, que las reglas deben encontrarse por encima de las pasiones y que ninguna victoria justifica la destrucción del adversario.

Los mundiales no resolverán las guerras ni acabarán con las injusticias. Sin embargo, durante noventa minutos pueden representar algo que la política contemporánea parece haber olvidado: la posibilidad de enfrentarnos sin exterminarnos.

“La democracia debería aprender del fútbol: competir con intensidad, aceptar la derrota con dignidad y comprender que ningún adversario merece ser convertido en enemigo. Allí donde la política levanta trincheras, el verdadero espíritu deportivo todavía puede construir un campo común”.
— Jairo Eduardo Soto Molina