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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.

Para ellos solo vale el cultivo individual, esmerado e incesante de la imagen envilecida del otro”. Mauricio García Villegas. El Espectador 7/25/26. ________

Que ciudadanos, mayoritariamente, votáramos para elegir, en los pasados comicios presidenciales, a quien se denomina “El Tigre” y usa saludo de militar activo, para reemplazar al otro personaje auto-denominado “El último Aureliano Buendía“, me hace creer que vivimos, en la Colombia de hoy, no sólo en un Macondo novelesco, sino en una Nación de ficción pura, donde la imaginación retórica supera la realidad. No es fácil creerlo. ¿O sí?

Para intentar superar el asombro de tamaña realidad de la vida política nacional, – asombro que no puedo perder para vivir en “paz total” conmigo-, acudí a la biblioteca en búsqueda del grueso ejemplar de la Constitución Política de Colombia (Legis Editores), con suplemento de normas legales, desde 1968 y un completo índice alfabético, a fin de “rastrear” la palabra “Patria” tan de moda en estos días del porvenir de un país fragmentado.

Busque, como “ratón de biblioteca”, la palabra patria, a todo lo largo del Índice Alfabético de la Constitución editada por Legis, la más prestigiosa firma de obras jurídicas en Colombia. Y juro, por la memoria de mi difunta madre, Ma. Caamaño, que dicha palabra no existe en ninguno de los 380 artículos de la “norma de normas”, ni en sus disposiciones transitorias.

No por ello desistí. Y como recomienda la prudencia al escribir o mejor opinar, públicamente, consulté, desde el celular, a Google y la I.A. respondió: 

“La palabra patria no aparece en el texto de la Constitución Política de Colombia. El texto fundamental (norma de normas) prefiere términos como: Nación, Territorio Nacional, Estado o Colombia“. Al dudar, a mi manera, seguí andando en el asombro, que me sostiene en la biblioteca.

Recordé que, en los tiempos de la vida académica activa, una universidad del Ecuador o de Medellín, sufro de olvidos de abuelo, me solicito evaluar un ensayo sobre el tema “Amor a la patria“, elaborado como requisito de grado. Esa institución o figura lingüística solo está consagrada, en Hispanoamérica, en la constitución (del bolsillo de dictadores), de la República Bolivariana de Venezuela. Se debe seguir investigando. Creo que sí. Y que hable el Sanedrin, instalado en la vía 40 de Barranquilla, a pocos pasos del río Magdalena.

Pero, además, “El Tigre” ha impuesto, antes y después de la elección, a la manada de electores, saludar sin extender la mano para estrechar los dedos, como es costumbre nacional, sino colocando la derecha en la cabeza (visera o sien). Éste saludo es marcial, militar. Se brinda a la jerarquía, es decir a los superiores como, por ejemplo, al Presidente de la República y ante los símbolos patrios como: la bandera tricolor y el himno nacional. 

Ahora bien, vivir de la ficción, o en ella sumergido, no es en Colombia imposible por ser la tierra que ha cultivado y cosechado, con éxito de Nobel literario, lo real maravilloso. Pero, desconocer la vigencia de la Constitución Política desde el mismo instante de la posesión no es un asunto de poca monta, ya que el artículo 188 constitucional consagra un deber deontológico, o sea de obligatorio cumplimiento. Lealo:

“El Presidente de la República(…) y al jurar el cumplimiento de la Constitución y de las leyes, se obliga a garantizar derechos y libertades de todos los colombianos”. 

Entonces, pregunto: cómo se garantiza “la patria milagro“, si tal figura retórica no existe en la Constitución que se ha jurado cumplir? Violándola. vulnerando el espíritu de “unidad nacional“(art 189 c.p.). No re-fundando a una Nación que es, además, república unitaria, tampoco fragmentando el Territorio Nacional. Pero si contribuyendo, con obras públicas de estructura vial, en la construcción del Estado social de Derecho diseñado en la Constitución Política para una Colombia justa, igualitaria y libre. Es decir, democrática.

Por la retórica de las campañas, tanto de “El Tigre” y del “Ultimo Aureliano Buendia” -perdedor de 32 batallas de novela-, alcanzo a imaginar que el país, que somos su gente y su geografía, padece de los arrebatos de un joven narciso y de un curtido cínico, personalidades ególatras, cuasi patológicas que no dimensionan la vida nacional más allá de sus propios raseros. De ahí, que no alcance a superar el asombro que padezco desde el pasado 31 de mayo.

Leyendo al profesor español Manuel Atienza aprendí que “El derecho es argumento“, de ahí que comprenda, al Derecho, como un lenguaje. Lenguaje que exige respeto. Coherencia. Y sobre todo, aplicar con estricta cohesión lingüística las normas constitucionales. No hacerlas objeto de retórica para cautivar ciudadanos cansados de tantos muertos, como lo narra nuestra mejor historia: la literatura nobel Y nada que la paz sea realidad.

Definitivamente tenemos una tarea: Darle valor a las palabras de la Constitución Política, ser Nación. Colombia. Y abandonar “la paja” de oratoria de plaza y parlamento. El país nacional requiere obras de desarrollo vial, portuario, aéreo y educativo, para lograr ser una república unitaria e inclusiva.

La próxima: Barranquilla: La vitrina gastronómica del caribe.