
Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.



Una de las enseñanzas que imparten las Facultades de Ciencias Jurídicas y Políticas es que un derecho, para ser tal, debe estar objetivamente consagrado en determinada norma legal preexistente, para así poder satisfacerse o para exigir o demandar el cumplimiento o garantía ante autoridad competente, sea pública o privada, o ante un particular cualquiera. Ello, no es cierto. ¿Por qué?
Porque existen derechos, llamados por la doctrina innominados. Tal existencia emana del contenido del artículo 94 de la Constitución Política del 91 que, a la letra, dice:
“La enunciación de los derechos y garantías contenidos en la Constitución y en los convenios internacionales vigentes, no debe entenderse como negación de otros que, siendo inherentes a la persona humana, no figuran expresamente en ellos”.
Precisado lo anterior, entonces, deviene afirmar que el silencio es un derecho. Más no cualquier derecho. Es un derecho fundamental por ser, en su práctica diaria, inherente a cada persona natural. En ese orden es por lo que se debe garantizar, ya que hacerlo significa respetar la condición humana, como principio constitucional y exegesis de una buena vida.
De tiempo atrás, debo confesarlo, he venido pensando que, ante los conflictos afectivos comunes de la convivencia pacífica, el silencio y la soledad son los mejores consejeros. Hoy solo dedico párrafos al primero, el segundo merecería, no lo dudo, otra reflexión. Pero solo me atreví a redactar cuando me enfrenté a las 150 páginas del libro “historia del silencio. Del Renacimiento a nuestros días”(Acantilado), del historiador francés Alain Corbin.
Después de vivir sumergido en el bullicio del mundo de las universidades, del agité de salas de redacción de prensa y radio -fui locutor- y de conocer, detalle a detalle, los murmullos de juzgados y tribunales, decidí habitarme de silencio. Habito un submarino anclado en un Alegre Puerto fluvial. Decisión que no me hace cartujo, solo he regresado a ser, un poco más, lector de libros, de papel como de expedientes. el silencio no es ausencia de ruidos…y menos en nuestra Barranquilla Linda: ciudad de Carnaval eterno, de algarabía y tambores. Ni dormida, Killa es silenciosa. Amamos sus ruidos tanto de día como de medianoche.
El contenido del libro del historiador de sensibilidades, Alain Corbin es el siguiente:
1) El silencio y la intimidad de los lugares, 2) Los silencios de la naturaleza,
3) Las búsquedas del silencio,
4) Aprendizajes y disciplinas del silencio,
5) Interludio: José y Nazaret o el absoluto del silencio,
6) La palabra del silencio,
7) Las tácticas del silencio,
8) De los silencios del amor al silencio del odio y
9) Postludio: lo trágico del silencio. tienen buenos bocado para morder en silencio, esas páginas…saborear.
En el fondo, o sea en las profundidades del ser humano, el silencio es: “Estar con uno mismo“(opus cite, pág. 8). Tanto es así que en una norma de carácter penal como el artículo 337 del anterior Código de Procedimiento Penal Colombiano -inquisitivo-, entre las reglas para la recepción de la indagatoria a un investigado, el legislador estableció:
“El funcionario se limitará a informar al sindicado el derecho que le asiste de guardar silencio“. ¿Se requiere más exegesis?
Pero en su dialéctica, el silencio se debe asumir también como deber, eminentemente deontológico, cuando nos movemos en espacios públicos como: hospitales, salas de cine, templos, etc. Allí se exige. Es una obligación de decencia ciudadana, en razón al tiempo de convivencia con otras personas en trance de dolor, recogimiento o entretenimiento. guardar silencio en lugares como esos es demostración de educación social. De decencia.
El silencio es un derecho personalísimo de lujo, he afirmado, porque comparado con otros lujos de la buena vida, como: la familia, la salud, la paz, el perdón, la fe, la gratitud, el amor y la sabiduría, guarda idéntica dimensión, produciendo un estado de Tranquilidad, Seguridad y Salubridad, tanto física como mental, para construir un permanente estado de felicidad personal que se irradia en la convivencia pacífica con los demás, los otros de que nos habla el amor.
La historia contada por Corbin parte del silencio de la naturaleza para culminar en los silencios, en plural, del amor. Son, a mi entender, la historia intima de los susurros, el de los vientos en el desierto hasta los calores de la sangre en la piel de los amantes. Para rematar con esta sentencia:
“No hay silencio más dócil que el silencio del amor, y es verdaderamente el único que es sólo nuestro“(pág. 114).
La próxima: ¿Eros es Europa?

