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Por: Jaime Colpas Gutiérrez, cronista e historiador, profesor pensionado de Uniatlántico
David y Álvaro Salomón, hijos de mi gran compañero, colega y amigo Alvaro Cogollo Bernal q.e.p.d., hoy recordamos que su alma se elevó al cielo hace un año, a quien extrañamos, y recordamos su voz parecida al tenor Plácido Domingo con su vivaraz sonrisa.
Recuerdo que narraba sus anécdotas y se reía de ellas, así como sus gestas por todo su periplo vital cuando trabajó en la Contraloría de Valledupar a finales de los sesenta del pasado siglo, y además cuando estudió y trabajó en Bogotá. Pero también cuando vivió como estudiante y trabajó ya graduado de Magister en restauración en Polonia durante la década del setenta a los ochenta del siglo XX.
Él se reía de su inmenso anecdotario personal y recordaba esas vivencias que narraba con destreza de Quijote caribeño en nuestras tertulias de cada mes en Juan Valdés de Buena Vista.
Lo cual era su tesoro personal y guardaba en su cerebro y corazón lleno de lucidez; aunado a sus experiencias como profesor en la década de los ochenta en Uninorte y en Uniatlántico durante 45 años hasta su pensión en junio del 2024. Además Cogollo agregaba a su rico anecdotario los recuerdos de su trabajo como restaurador de arte en la renovada Quilla, y su vida familiar de los Cogollo Bernal desde su niñez y adolescencia en Ciénaga y Santa Marta.
Todo este universo simbólico de experiencias personales vividas a lo largo de sus 83 años, se constituían en el manjar de la portentosa memoria personal del coloso amigo, qué hacían amenas nuestras integraciónes discursivas al final de cada mes, desde qué se reabrieron los espacios comerciales, después de la pandemia.
Álvaro contaba además los detalles de cómo se enamoró de Cecilia q.e.p.d., cuando fue su alumna en Uninorte, y siempre estaba muy orgulloso de haber fundado un bello hogar, que fue el centro de incontables encuentros de familiares y amigos en un conjunto residencial en el Tabor, por lo que ustedes como sus vástagos de su existencia, deberán peregrinar por la vida, cargando sus banderas profesionales para llevarlas a los más altos lugares del país y el mundo, dónde él deberá estar orgulloso de sus logros personales y familiares que, si duda, alcanzarán en un tiempo venidero.
En la mañana del sábado, le mandé a hacer una misa por su alma, para que reciba la “bendición perpetúa del sacerdote cristiano”, algo que él no creía, pero que para nosotros los cristianos y libres pensadores, el amigo Cogollo Bernal, ha alcanzado la trascendencia eterna.
Hoy domingo 7 de diciembre, día de las velitas del 2025 cuando en la región Caribe suene la dulce voz de mi maestra Vicenta Borras con el Cuarteto Mónaco de la inmortal composición de Adolfo Echeverría: “que linda la fiesta es en un ocho de diciembre”, lo iré a visitar a su tumba en Jardines de la Eternidad para llevarle nuestra energía y cariño a domicilio.
Cada día a día que discurre, mes a mes y año tras años, mi familia lo recuerda como una ángel guardian que estará con nosotros hasta que algún día cerremos los ojos para hacer parte de la eternidad discontinua de este mundo material e inmaterial.
Álvaro y David, reciban un abrazo lleno de cariño y amistad eterna, y cuenten conmigo para todo lo que necesiten, ‘sin ningúna pena’.
De ustedes, atentamente.

