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Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en Ciencias Humanas, Post Doctor en Alta Dirección y tecnología, Investigador social

“La política no consiste en administrar cosas, sino en conducir hombres.”
— Charles de Gaulle

En política no siempre gana quien tiene la mejor hoja de vida, ni quien posee los argumentos más sólidos, ni siquiera quien encarna las causas más nobles. Muchas veces gana quien comprende mejor algo elemental: que una campaña electoral es, ante todo, un ejercicio de comunicación emocional.

Un dirigente puede ser brillante en el Congreso, impecable en los debates, riguroso en la denuncia y coherente en sus principios. Sin embargo, si no logra enamorar, seducir y conectar con la sensibilidad popular, puede terminar perdiendo una elección que parecía favorable. El micrófono en política no existe únicamente para informar; existe para construir esperanza, generar identificación y producir una narrativa colectiva capaz de movilizar voluntades. El micrófono enamora, seduce, cautiva, encanta, embelesa fascina al espectador u oyente. No se puede ir a leer como en los actos académicos como simposios, congresos, juntas…El verbo debe ser fluido en una capacidad de improvisar lo que ya nos formó.

Por otra parte, la crítica que comienza a emerger dentro de algunos sectores del progresismo colombiano no apunta tanto a la capacidad intelectual de Iván Cepeda como a la manera en que su entorno político ha construido la campaña. Se percibe una excesiva presencia de figuras tradicionales de “amigos” o aliados del progresismo en escenarios públicos, una tendencia a privilegiar las fotografías, las tarimas y los círculos internos de poder, mientras la verdadera disputa electoral ocurre en los barrios, los corregimientos, las veredas y los territorios donde se forman las emociones políticas de los ciudadanos.

La historia reciente ofrece advertencias. En 2018, numerosos sectores progresistas interpretaron la derrota frente a Iván Duque como resultado de factores externos: el miedo, la desinformación o el poder de los medios. Sin embargo, también existieron errores internos. La sensación de que algunos dirigentes se habían repartido anticipadamente cuotas de poder, cargos y protagonismos produjo malestar en sectores que se sintieron excluidos del proyecto político. La percepción de arrogancia suele ser uno de los venenos más efectivos en una campaña electoral. Ahora existe una élite del proletariado diría un mamerto amigo.

La política moderna castiga severamente las élites, incluso cuando esas élites se presentan como alternativas al establecimiento. El ciudadano común observa cuidadosamente quién acompaña al candidato, quién ocupa los espacios visibles y quién parece hablar en nombre del proyecto. Cuando la campaña se convierte en un desfile permanente de dirigentes conocidos, corre el riesgo de proyectar una imagen de cierre y exclusividad precisamente en el momento en que necesita ampliar su base electoral.

Aquí aparece una diferencia estratégica fundamental. Mientras algunos sectores continúan pensando la política desde estructuras partidistas tradicionales, los nuevos liderazgos comprenden que las elecciones se ganan mediante relatos, emociones y símbolos. La gente no siempre vota por programas; muchas veces vota por percepciones. Y una percepción ampliamente extendida puede resultar más poderosa que cien documentos programáticos.

En una eventual segunda vuelta frente a un candidato como Abelardo de la Espriella, esta dimensión podría adquirir una enorme importancia. Más allá de las diferencias ideológicas, De la Espriella podría intentar construir una narrativa de cercanía emocional, anti-establecimiento y confrontación directa con las élites políticas tradicionales. Si el progresismo aparece atrapado en disputas internas, protagonismos personales o excesiva burocratización de la campaña, podría facilitarle a su adversario la construcción de esa narrativa.

La lección es sencilla, aunque difícil de aplicar: las campañas no se ganan desde las tarimas; se ganan en la calle. No se ganan entre dirigentes que compiten por aparecer en la fotografía principal; se ganan construyendo vínculos reales con la ciudadanía. La política sigue siendo, en esencia, un acto de comunicación humana.

Tal vez el verdadero desafío no sea quién habla más fuerte desde el escenario, sino quién escucha mejor lo que está ocurriendo abajo, entre la gente común. Porque las elecciones modernas no son únicamente una disputa de candidatos. Son, sobre todo, una disputa de relatos.

La reflexión anterior nos conduce a una pregunta más profunda: ¿hasta qué punto una campaña puede perder una elección no por la fortaleza de su adversario, sino por sus propios errores estratégicos? La historia política reciente demuestra que existe una diferencia fundamental entre liderar una causa y ganar una elección. No siempre quien posee la mayor legitimidad ideológica logra construir una mayoría electoral. En muchas ocasiones, candidatos profundamente respetados por sus seguidores encuentran dificultades para ampliar su base social más allá de los sectores ya convencidos. En Colombia abundan ejemplos.

Ese parece ser uno de los desafíos centrales que enfrenta hoy Iván Cepeda. Su trayectoria política, su coherencia ideológica y su reconocimiento dentro de amplios sectores progresistas son indiscutibles. Sin embargo, las elecciones presidenciales no se ganan únicamente con el respaldo de quienes ya comparten una visión del mundo. Se ganan construyendo mayorías. Y las mayorías, por definición, exigen la capacidad de dialogar con ciudadanos que no necesariamente militan en una causa política específica. Llámese Claudia López, llámese Sergio Fajardo. Es fácil juntarse con gente de la misma estirpe.

Aquí aparece el viejo problema del voto de centro. Muchas elecciones no las gana la izquierda más movilizada ni la derecha más disciplinada. Las gana quien logra conquistar al votante moderado, al independiente, al ciudadano que observa la política con distancia y que suele decidir su voto en función de percepciones, emociones y confianza. Ese electorado suele desconfiar tanto de los radicalismos de derecha como de los radicalismos de izquierda. Por ello, una campaña excesivamente concentrada en reafirmar convicciones ideológicas corre el riesgo de perder precisamente a quienes necesita para alcanzar una mayoría nacional.

La política contemporánea, además, se mueve cada vez menos por programas de gobierno y cada vez más por narrativas emocionales. Las propuestas siguen siendo importantes, pero los ciudadanos votan frecuentemente por símbolos, percepciones y relatos. Las emociones se han convertido en un factor decisivo de la competencia electoral. Quien logra transmitir esperanza, cercanía, seguridad o cambio suele obtener ventajas significativas frente a quien se limita a exponer argumentos racionales o ideológicos. El micrófono, como señalaba antes, no sirve únicamente para hablar; sirve para enamorar políticamente.

Esta realidad se amplifica en el contexto de la guerra digital. Hoy una elección puede redefinirse en cuestión de semanas mediante redes sociales, influencers, TikTok, inteligencia artificial, campañas negativas y estrategias de comunicación altamente segmentadas. Las plataformas digitales han transformado el escenario político en un espacio donde la velocidad de las narrativas supera muchas veces la capacidad de respuesta de las estructuras partidistas tradicionales. En este terreno, la batalla ya no se libra únicamente en plazas públicas o debates televisivos, sino en algoritmos, tendencias, videos virales y emociones colectivas.

Es precisamente aquí donde la figura de Abelardo de la Espriella podría convertirse en un factor relevante. Más allá de las simpatías o diferencias ideológicas que pueda generar, su estilo confrontacional posee características que suelen funcionar bien en ecosistemas digitales. Su discurso puede conectar con sectores conservadores, empresariales y con ciudadanos cansados de la polarización tradicional, especialmente si logra proyectarse como una alternativa frente a las élites políticas de ambos extremos. En una eventual segunda vuelta, no necesariamente necesitaría convencer a todo el país; le bastaría con construir una narrativa suficientemente atractiva para capturar el descontento de sectores estratégicos del electorado.

Por ello, algunos de los errores potenciales de campaña adquieren una importancia decisiva. El primero es el exceso de confianza. La historia electoral está llena de campañas que confundieron entusiasmo militante con mayoría social. El segundo es hablar exclusivamente para los convencidos. Una campaña que solo fortalece su propia base termina encerrada en una cámara de eco incapaz de expandirse. El tercero consiste en no construir puentes con sectores independientes, moderados o desencantados. Y el cuarto, quizás el más peligroso, es convertir la elección en un plebiscito ideológico donde la identidad política importa más que la capacidad de construir consensos amplios.

La política moderna castiga cada vez más los proyectos que se perciben como cerrados sobre sí mismos. Los ciudadanos esperan cercanía, autenticidad y capacidad de escucha. Una campaña puede tener excelentes dirigentes, sólidas propuestas y una estructura territorial robusta, pero si no logra construir una narrativa emocionalmente atractiva para sectores diversos, corre el riesgo de quedarse corta en el momento decisivo.

En última instancia, las elecciones contemporáneas son cada vez menos una disputa entre programas de gobierno y cada vez más una disputa entre relatos. Quien consiga interpretar mejor los miedos, esperanzas y aspiraciones de la sociedad tendrá mayores posibilidades de triunfar. Porque las campañas no se ganan únicamente con ideología, ni con tarimas, ni con fotografías. Se ganan cuando una narrativa logra convertirse en una emoción colectiva.

Es hora que Iván Cepeda haga su verdadera campaña, porque hasta ahora se la ha hecho Petro y algunas personas lo perciben, es hora de ahuyentar a personajes desgastados de la izquierda que representan a sectores “alternativos derrotados en los territorios. Vamos IVÁN ¿O QUIERES QUE TE COMA EL TIGRE?

“Quien controla el relato, controla la percepción; y quien controla la percepción, controla buena parte del poder.” YoYito Sabater