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Por: Juan Martínez Gutiérrez, MBA
El fútbol, ese gigantesco espejo social que no sabe mentir, acaba de darnos una lección tremenda en la inauguración de la cita orbital de 2026. Al ver el primer gol del torneo en el Estadio Azteca, los colombianos sentimos un corrientazo extraño de orgullo mezclado con nostalgia: el encargado de inflar la red y desatar la euforia local no fue un azteca de cepa, sino Julián Quiñones. La historia dirá que el primer gol del mundial de fútbol 2026 lo hizo un hijo de Magui – Payan. Un hijo de la tierra de Nariño que de niño jugaba descalzo y hoy, nacionalizado mexicano, puso el grito sagrado del Mundial vistiendo la camiseta mexicana.
Esta es la paradoja del talento nacional que, cuando no encuentra espacio en casa, echa raíces y florece en otras latitudes. Pero Quiñones no está solo en esta aventura norteamericana. En las plantillas de los anfitriones también figuran nombres con un ADN innegablemente nuestro. Está Jesús Ferreira, hijo del talentoso David Ferreira, representando a los Estados Unidos, y Jonathan Osorio, de padres colombianos, portando el brazalete e identidad en la selección de Canadá. Tres naciones unidas para organizar un Mundial, y en las tres hay huella tricolor.
Ver a estos muchachos brillar bajo banderas ajenas obliga a un contraste inevitable con nuestro propio pasado. Durante décadas, la Selección Colombia intentó el camino inverso: buscar afuera lo que supuestamente nos faltaba adentro. El recuerdo evoca a grandes figuras extranjeras que se nacionalizaron con la ilusión de vestir la camiseta cafetera y darnos el salto de calidad: Hugo Horacio Lóndero y Jorge Ramón Cáceres (argentinos), y Nelson Silva Pacheco (uruguayo), entre otros, eran goleadores implacables en nuestra liga local, hombres que sentían el país como propio. Y, sin embargo, la fórmula de los nacionalizados no alcanzó para romper el maleficio en aquellas eliminatorias de los años 70 y 80, donde nos quedamos fuera de las citas orbitales. Qué ironía tan fina tiene el fútbol: en otros tiempos importábamos talento sin lograr clasificar; hoy, nos sobra tanto que nuestros hijos clasifican y hacen los goles de los demás.
Pero si de presencia ininterrumpida y exitosa se trata, la verdadera embajadora global de nuestra cultura no usa guayos, sino que canta como pocos. Mientras las selecciones de fútbol van y vienen, sufren baches y se pierden torneos, Shakira ha logrado una hazaña que ningún futbolista de nuestra historia ha podido firmar: estar presente e influir de forma masiva en cuatro Copas del Mundo. El despliegue de la barranquillera en la historia de los mundiales nos recuerda que Colombia siempre clasifica, si no es por su fútbol, es por su arte. Su música ha sido el puente cultural que ha conectado al planeta, demostrando que el ritmo y la resiliencia colombiana son indispensables para la FIFA.
Al final, este Mundial nos demuestra que las fronteras del fútbol son cada vez más invisibles. Colombia ya no es solo el equipo que sale a la cancha con la camiseta amarilla; Colombia es Quiñones celebrando en el Azteca, es la herencia de Ferreira y Osorio en las canchas norteamericanas, y es la voz de Shakira que sigue retumbando en cada altavoz del planeta. Somos una potencia exportadora de alegría y talento, incluso cuando el destino decide vestirnos con otros colores.
Y aún nos falta por ver, todo lo que en materia futbolística podemos hacer, máxime cuando un portal especializado perteneciente a The New York Times, en cuanto a las selecciones con mayores probabilidades de ganar el título, incluyó a Colombia en la novena posición.

