Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en Ciencias Humanas, Post Doctor en Alta Dirección y tecnología, Investigador social

“Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora”. — Antonio Machado, «A orillas del Duero», Campos de Castilla.

Aunque se refiere a Castilla, permite introducir una pregunta pertinente para su artículo: ¿cuánto de la desvalorización de nuestros escritores nace de no haberlos leído?

El viernes pasado 23 de noviembre de 2026 se dio un hecho histórico para la ciudad el historiador Jaime Colpas presentó el libro: Confesiones de mi vida poética, política y periodística Paco Lince Barranquilla 1926 en Barracuda Café Cultural y a quienes nos encontrábamos ese día alrededor de esa espada que se enciende mucho más cuando la palabra nos ayuda a mirar de nuevo nuestra ciudad.

Paco Lince fue el seudónimo de Francisco Pardo Fuenmayor, un escritor y periodista vinculado a la vida intelectual de Barranquilla durante las primeras décadas del siglo XX. Esa correspondencia entre nombre y seudónimo está documentada en el repertorio de escritores colombianos de Gustavo Otero Muñoz, publicado en Thesaurus. La invitación sitúa su nacimiento en 1893, aunque no pude corroborar esa fecha en una fuente biográfica sólida. El historiador Jaime Alfonso Colpas lo corroborará a su tiempo.

La trayectoria de Paco Lince estuvo relacionada con la prensa barranquillera. Una reconstrucción histórica de los primeros años de El Heraldo lo incluye entre los periodistas que participaban en las reuniones de su antigua sede de la calle Ancha, hoy Paseo de Bolívar. Esto permite ubicarlo dentro del ambiente periodístico que contribuyó a formar la opinión pública de la ciudad.

Una obra fundamental para acercarse a él es Confesiones (de mi vida poética, política y periodística), publicada en Barranquilla por la Tipografía La Luz en 1926. Así lo registra Jaime Colpas en su investigación sobre los mitos históricos de Barranquilla. El título permite reconocer las tres dimensiones desde las cuales el propio autor presentaba su experiencia: poesía, política y periodismo. Conviene distinguir este título bibliográfico de la denominación Mis confesiones utilizada en el anuncio del encuentro.

Sus memorias ofrecen una entrada a las relaciones entre escritores, periodistas y figuras públicas. Colpas utiliza precisamente su libro como fuente histórica para examinar las tensiones culturales de Barranquilla. Como testigo del ambiente intelectual de esa época.

Como participante de la cultura periodística local. Su presencia en el entorno temprano de El Heraldo muestra que formó parte de los espacios donde se discutía y se narraba la ciudad. Su importancia debe estudiarse también desde esa labor colectiva de la prensa.

Como fuente para interrogar la relación entre progreso y cultura. En el pasaje de sus Confesiones recuperado por Colpas aparece una crítica atribuida a Vargas Vila sobre la distancia entre el crecimiento material de Barranquilla y su vida intelectual. Mi lectura es que ese testimonio permite preguntar qué lugar recibían las letras en una ciudad orgullosa de su dinamismo comercial.

Con esta fuente disponible, “desenterrada” por nuestro amigo Colpas, podemos sostener su valor como periodista y testigo de la memoria intelectual barranquillera. Para valorar con precisión su estilo y afirmar que fue “uno de los cronistas más importantes”, necesitaríamos examinar directamente sus crónicas y su circulación. En su intervención, Jaime Alfonso Colpas Gutiérrez de manera magistral destacó con fundamento que recuperar a Paco Lince ayuda a comprender cómo Barranquilla ha narrado su vida cultural y reconocido —o dejado de reconocer— a quienes participaron en ella.

Esa presentación de mi amigo Jaime Colpas me produjo una profunda reflexión que quiero comenzar con una pregunta: ¿cuántas veces necesita un creador abandonar su tierra para que su tierra aprenda a reconocerlo?

La frase atribuida a José María Vargas Vila que recoge la invitación —“Ven para que te conozca el mundo; en Barranquilla nadie te reconocerá”— nos coloca ante una inquietud que sobrepasa la trayectoria de Paco Lince. Nos invita a examinar cómo una ciudad reconoce a quienes la piensan, la narran y, en ocasiones, se atreven a incomodarla.

No quisiera convertir esa frase en una sentencia definitiva contra Barranquilla. Este encuentro demuestró que existen personas y espacios empeñados en leer a sus autores y recuperar sus huellas. Pero tampoco deberíamos desactivar la pregunta que contiene: ¿qué condiciones ofrecemos para que la creación intelectual encuentre lectores, interlocutores y continuidad entre nosotros?

Desde mi trabajo en educación e interculturalidad crítica, entiendo que el reconocimiento tiene consecuencias concretas. Reconocer a un escritor implica leerlo, discutirlo, conservar sus textos y permitir que otras generaciones se encuentren con sus preguntas. El homenaje cobra profundidad cuando se convierte en una relación sostenida con la obra.

Por eso, la aproximación que hoy nos propone Jaime Colpas tiene un valor particular. Volver sobre Paco Lince permite preguntarnos cómo hemos construido nuestra memoria literaria: qué nombres permanecen, cuáles se vuelven apenas una referencia ocasional y cuáles dejan de circular.

La memoria cultural requiere decisiones. Alguien conserva un periódico; alguien organiza un archivo; un investigador sigue una pista; un maestro lleva una crónica al aula; un lector comparte un hallazgo. También el olvido se produce mediante decisiones, aunque a veces adopte la apariencia de simple descuido.

Como barranquillero nacido en Rébolo, me interesa especialmente esa relación entre la ciudad y las voces que la cuentan. He aprendido a valorar los conocimientos que circulan en las esquinas, en las conversaciones familiares, en los relatos de los mayores y en las expresiones populares del Caribe. Allí encontramos maneras de nombrar la experiencia, interpretar los acontecimientos y transmitir una memoria que merece interlocución con los archivos y los libros.

Desde esa sensibilidad me acerco a la figura del cronista. La crónica puede reunir aquello que otros registros separan: el acontecimiento público y el gesto cotidiano; la transformación urbana y la experiencia de quien la vive; la historia de una ciudad y las palabras con las que sus habitantes intentan comprenderla.

Acercarnos a un cronista del pasado exige escuchar esa voz en su contexto, reconocer sus posibilidades y examinar también sus límites. Recuperar una obra abre la oportunidad de conversar críticamente con ella. Así podemos comprender mejor tanto el tiempo del autor como las preguntas que nosotros le hacemos desde el presente.

Aquí aparece una cuestión que considero central: ¿por qué llegamos a necesitar una aprobación exterior para confiar en el valor de lo que se produce entre nosotros?

Desde una perspectiva decolonial, conviene revisar esa jerarquía que concede mayor autoridad a una voz cuando regresa respaldada por una capital cultural. El intercambio con París, con otras ciudades y con otras tradiciones puede enriquecer una trayectoria. El problema surge cuando convertimos ese reconocimiento en requisito para escuchar a alguien que teníamos cerca.

Una ciudad culturalmente abierta debe poder conversar con el mundo y, al mismo tiempo, desarrollar la capacidad de leer con rigor a sus propios creadores. Esto implica valorar las obras mediante el conocimiento, la discusión y la crítica, evitando tanto la indiferencia como el elogio automático por razones de pertenencia.

Esta reflexión encuentra un interlocutor en Michael J. Sandel y su libro La tiranía del mérito: ¿Qué ha sido del bien común? (2020). Sandel cuestiona la creencia de que el éxito expresa exclusivamente el esfuerzo y el talento individuales. Esa convicción desconoce cuánto debemos a las oportunidades, a las circunstancias y al apoyo de otros; además, favorece la arrogancia de quienes triunfan y la desvalorización de quienes no alcanzan el reconocimiento. Su crítica nos invita a recuperar la humildad y a preguntarnos por la contribución de cada persona a la vida compartida.

Si trasladamos esta perspectiva al reconocimiento cultural, el acercamiento a Paco Lince adquiere una dimensión adicional: la visibilidad de un escritor no constituye una medida suficiente de su valor. Entre una obra y sus lectores intervienen editoriales, periódicos, instituciones educativas, archivos y relaciones de poder que facilitan o restringen su circulación. Por eso, ante un autor poco leído, conviene preguntarnos también qué oportunidades tuvo su obra para llegar hasta nosotros. La ausencia de consagración no demuestra ausencia de mérito, del mismo modo que la celebridad no garantiza una contribución perdurable.

Desde esta lectura, recuperar a Paco Lince nos compromete con el bien común cultural: ampliar las posibilidades de conocer, discutir y transmitir las voces que han participado en la construcción de Barranquilla. En diálogo con Sandel, propongo que el reconocimiento se oriente hacia esa responsabilidad compartida. Una ciudad fortalece su cultura cuando convierte la creación de sus habitantes en una oportunidad de aprendizaje y encuentro para todos. Como también lo señalé en mi intervención al final del acto majestuoso de valor intelectual incalculable: En una ciudad, en una institución donde haya reconocimiento a las personas, éstas florecen como los mejores arbustos.

Como profesor, quisiera llevar esta reflexión al terreno educativo. ¿Qué lugar tienen los cronistas de Barranquilla en nuestras aulas? ¿Qué oportunidades encuentran los estudiantes para investigar la historia de una calle, una publicación, un café o una voz de su barrio? ¿Cómo hacemos de la literatura local una experiencia de descubrimiento?

Podríamos comenzar con acciones sencillas: leer una crónica y recorrer el lugar que describe; contrastar sus imágenes con la ciudad actual; conversar con sus habitantes; buscar lo que permanece y aquello que ha cambiado. De ese modo, el patrimonio escrito se convierte en una oportunidad para aprender a mirar y a preguntar.

Quisiera, entonces, agradecer a Jaime Colpas por propiciar este acercamiento, y a La Espada Encendida por darle un espacio público. Encuentros como este contribuyen a una tarea compartida: construir una ciudad capaz de reconocerse en la diversidad de sus narradores. Barranquilla no es una ciudad sin historia, sino que requiere de verdaderos historiadores como Jaime Alfonso Colpas Gutiérrez, que urgen en el pasado la verdadera historia de Barranquilla, no la imaginada o narrada en forma especulativa que ha formado los mitos a que se ha referido este insigne historiador.

Ojalá salgamos de aquí con curiosidad por leer a Paco Lince y con una responsabilidad hacia quienes hoy escriben, investigan y crean a nuestro lado.

Ante aquella invitación a marcharse para ser reconocido, quisiera cerrar con una aspiración nuestra:

Que nuestros creadores puedan salir para dialogar con el mundo y encuentren, desde antes de partir, una ciudad dispuesta a leerlos.

Cita al cierre: “Honrar, honra”. — José Martí, Obras completas, tomo 8.

Su brevedad refuerza la idea central del texto: recuperar a Paco Lince también dignifica a la comunidad que aprende a reconocerlo.

PD: Escuchar a Jaime Colpas Gutiérrez es encontrarse con un académico de pensamiento profundo, palabra autorizada y extraordinaria sensibilidad histórica. Su discurso académico trasciende la erudición para convertirse en un ejercicio de recuperación de la memoria, de reconocimiento de nuestras raíces y de compromiso intelectual con la identidad cultural de Barranquilla y el Caribe. Jaime no solo conoce la historia: la interpreta, la interroga y nos invita a reconocernos en ella.

Pero más allá del historiador, del investigador riguroso y del intelectual que tanto admiro y respeto, está el ser humano excepcional que he tenido el privilegio de conocer. Jaime es para mí ese hermano que no tuve y que generosamente me regaló la vida. Nuestra amistad ha trascendido los espacios académicos para convertirse en una hermandad construida desde el afecto, la lealtad, el respeto mutuo y las convicciones compartidas.

Mi admiración por su obra intelectual es tan grande como mi gratitud por su amistad. Porque los títulos honran las trayectorias, pero son la nobleza del espíritu, la generosidad y la autenticidad las que engrandecen a los seres humanos.

¡Gracias, hermano Jaime, por tu magisterio intelectual y, sobre todo, por ese privilegio inmenso de poder llamarte hermano! La academia nos acercó, pero la vida nos hizo familia.

Jairo Eduardo Soto Molina