Por: Ricardo Enrique Sandoval Barros.

Los días martes me reúno con varios amigos con quienes comparto una historia común: todos tuvimos el placer de haber trabajado en el SENA. Nuestro punto de encuentro es el Centro Comercial Buenavista, por lo que la tertulia ha recibido el nombre de SENA Buenavista. En esas reuniones conversamos sobre diversos temas: la actualidad nacional, anécdotas laborales, y relatos familiares.

Además, tenemos un activo grupo de WhatsApp que funciona como una extensión natural de las conversaciones que iniciamos en estos encuentros. Fue allí donde me topé con una experiencia similar de otras latitudes… Todos los jueves, a las diez de la mañana, en el salón 3B de una facultad ubicada en el centro de Bucarest, un grupo peculiar de escolares toma asiento. Nadie baja de los setenta años; algunos llegan apoyándose en un bastón y otros, sorprendentemente, en bicicleta. Una señora trae pasteles caseros envueltos en servilletas de flores, mientras que otro participante reparte frases célebres de pensadores griegos como si fueran pequeñas semillas de sabiduría. Todos sonríen con la misma anticipación que los niños antes de su primera excursión.

Se han autodenominados La Universidad de los Jueves, aunque no existe allí ni un sistema de matrículas ni exámenes ni diplomas. Lo único indispensable es el deseo de aprender. Todo comenzó gracias a Mihnea Dragomir, un veterano profesor de literatura rumana que, tras su ingreso a los años jubilares, sintió que una parte de su vida se apagaba, como una lámpara que pierde lentamente su luminosidad.

Expresa Dragomir que: “Tenía libros, tenía tiempo… pero me faltaban ojos que brillaran cuando contaba algo”, suele decir. Movido por esa sensación, pidió permiso para utilizar un salón de clases vacío una vez a la semana. Posteriormente elaboró un anuncio sencillo y lo pegó en la panadería de su barrio: “Clases para mayores de 65. Gratis. Sin deberes. Solo curiosidad”.

La experiencia inició con tres personas, en la siguiente sesión asistieron siete. A la tercera contaba con veinte alumnos. Actualmente, los jueves se reúnen más de cuarenta adultos mayores para conversar sobre diversos temas de su interés: historia, poesía, cine, tecnología, neurociencia, arte africano, evolución e inteligencia emocional. Lo que inició como la búsqueda de sentido para un profesor jubilado se convirtió en un ameno ritual semanal.

Estos encuentros comienzan con una ronda de preguntas: ¿Qué aprendiste esta semana fuera del aula? Las respuestas deslumbran por su diversidad, algunos dicen: “Aprendí a hacer video llamadas con mi nieta en Berlín”, cuenta una señora con orgullo. “Descubrí que las ballenas cantan en distintos dialectos”, comparte otro. “Vi una película coreana sin entender nada… pero lloré igual”, confiesa un tercero, provocando risas afectuosas.

Mihnea no cobra por sus servicios, no hace controles de lista y jamás asigna tareas. Solo ofrece una pizarra, una historia para compartir y, al final de cada sesión, una taza de té caliente que todos reciben como un pequeño abrazo. Sin embargo, lo que ocurre dentro de esa aula supera con creces cualquier plan académico.

Dice Adela, de 82 años—, “Yo vine por la cultura” pero encontré algo más urgente: “pertenecer”. Su frase resuena entre varios. Muchos de ellos vivían solos; algunos habían dejado de salir por semanas, y uno llegó a confesar que llevaba años sin mantener una conversación que durara más de cinco minutos.

Con el tiempo, el grupo se transformó en una interesante comunidad educativa. Ahora se envían mensajes, se prestan libros, celebran los cumpleaños y organizan paseos improvisados después de clase. Y si alguien falta un jueves, el teléfono no tarda en sonar: “¿Estás bien? ¿Necesitas algo?”. La asistencia mutua ya no es un compromiso, es una forma de afecto.

La Universidad de los Jueves no entrega títulos, pero ofrece algo infinitamente más valioso: un sentido renovado de la vida. En nuestras sociedades que suelen relegar a los adultos mayores al rincón del olvido, este grupo nos demuestra que la curiosidad no envejece. Solo se transforma, adoptando nuevas formas de búsqueda.

Hace algunos meses, fueron invitados a participar en una conferencia universitaria sobre innovación educativa. El público quedó en silencio cuando vio entrar a aquel grupo de canas, andadores y risas lentas. Avanzaban con dignidad y serenidad, como si cada uno fuese portador de décadas de historias por contar.

Durante la sesión de preguntas, un estudiante levantó la mano y, con auténtica curiosidad, les preguntó: “¿Y qué innovan ustedes?”. Pavel, el más veterano del grupo, un hombre cercano a los noventa años con una memoria prodigiosa, tomó el micrófono y respondió: “Innovamos en no rendirnos, en seguir haciéndonos preguntas. ¿No es eso, al final, lo que hace un buen científico?”.

La respuesta provocó un aplauso de pie que duró varios minutos. Desde ese día, algunos estudiantes jóvenes comenzaron a asistir como oyentes a las sesiones de los jueves. Muchos aseguran que ahora comprenden mejor a sus abuelos; otros dicen que, por primera vez, han aprendido a escuchar sin prisas.

Mihnea, el profesor que no quería dejar de enseñar, confiesa que ahora no teme envejecer. “Porque hoy sé que, mientras exista un jueves, habrá un motivo para despertar con ilusión”, afirma con una sonrisa serena. Así, semana tras semana, la Universidad de los Jueves continúa creciendo y demostrando que aprender es, en esencia, una manera profunda y hermosa de mantenerse vivo.

Encontré otras experiencias que guardan cierta afinidad con la idea de la Universidad de los Jueves. Se trata más bien de referencias populares asociadas a actividades sociales y culturales que tradicionalmente se realizan los jueves en entornos universitarios o comunitarios. Tal es el caso de los conocidos jueves de Freud que se hace en la Universidad Nacional de Colombia, o de la noche de mayor actividad festiva que hacen un jueves del año las universidades de España.

También existen otros referentes en la cultura popular, como la película británica El Club del Crimen de los Jueves (The Thursday Murder Club), una comedia protagonizada por un grupo de detectives aficionados de la tercera edad, estrenada en 2025. Su existencia refleja cómo estos temas relacionados con el aprendizaje, la participación y la vitalidad en la vejez siguen siendo de gran actualidad y resonancia.

Sin embargo, la Universidad de los Jueves nos muestra que el aprendizaje no es patrimonio exclusivo de los jóvenes, sino que aprender es un acto profundamente humano que nos acompaña a lo largo de nuestra vida. Cuando una persona mantiene viva la curiosidad intelectual—sin importar su edad, su ritmo o sus capacidades— descubre que siempre existe un nuevo motivo para despertar con entusiasmo. La sabiduría no proviene solo de los libros, sino del diálogo, de la escucha atenta y del deseo sincero de comprender el mundo y a las personas.

Esta historia también nos enseña que la comunidad es una fuerza transformadora. Cuando las personas se sienten vistas, valoradas y acompañadas, es decir, tenidas en cuenta, resurgen de maneras inesperadas. Los adultos mayores de la Universidad de los Jueves no solo ampliaron sus conocimientos, también encontraron nuevas amistades, aumentaron su autoestima y fortalecieron su sentido de pertenencia. Esta bella experiencia nos muestra, que tal vez la verdadera innovación educativa, consiste en no dejar que nadie aprenda, viva y envejezca sin la compañía de sus semejantes.