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Por: Adlai Stevenson Samper

A raíz de la tétrica escalada de contagios y fallecidos en Barranquilla, la más alta de Colombia, la administración distrital y su grupo de periodistas difusores han promovido una tesis parcialmente cierta: que se trata de una generalizada indisciplina social –parte verdadera— que rebasa las buenas intenciones de las políticas sanitarias implementadas, que es la parte falsa, pues parte del supuesto que las normativas hay que acatarlas sin cuestionar la legitimidad de los que las promulgan sin entrar en las consideraciones de ética social sobre los que compran votos.

El concepto de indisciplina es de común aplicación en el sistema escolar para referirse al comportamiento negativo de un estudiante que por lo general es sancionado con la matricula condicional o la cancelación de su posibilidad de estudios en el centro educativo pues la disciplina —y la letra— con sangre entra y sus pormenores se encuentran estudiados ampliamente en perspectivas filosóficas tales como el libro Vigilar y Castigar del francés Michel Foucault.

Vamos por partes y veamos de que se trata la disciplina y su funcionamiento. Es la existencia de reglas, leyes y ordenes vinculadas a las categorías de comportamiento y conducta socialmente deseables. La disciplina social se refiere a la conducta y los comportamientos asumidos por sectores sociales frente a determinados problemas comunes. Las reglas son institucionalizadas de acuerdo a los consensos –este concepto es fundamental en lo concerniente a su aplicabilidad en Barranquilla— de acuerdo a las voluntades, las conveniencias, la coerción, pero establecidas bajo un grado de aceptación existentes entre los integrantes de una comunidad.

Traducido: si en una ciudad no se han implementados los consensos y la interacción sociedad y administración —tal es el caso de Barranquilla— las disciplinas impuestas desde la jerarquía son ignoradas y desconocidas por carecer de validez para su aceptación general. Desde este punto de vista la disciplina social no puede ser impuesta solo bajo el paradigma de la obediencia férrea, sino a través de un trabajo de convencimiento en donde se excluye la arbitrariedad –el “va porque va”, por ejemplo—, los caprichos de la gobernanza ni las tentaciones del autoritarismo apelando al uso coercitivo de la fuerza tal como se ha venido lentamente implementando en Barranquilla con detenciones, patrullaje militar y mano dura, incluyendo la violencia, para los infractores de las medidas de confinamiento en la larga e inútil cuarentena.

El problema de la indisciplina social, atribuida a manera de señalamiento de culpabilidad por la administración distrital a una actitud díscola y rebelde de la ciudadanía frente a sus intenciones reglamentarias, es que no puede sustraerse en su misma e intrínseca responsabilidad de responsabilidad política. Por supuesto que no es un problema del actual alcalde Jaime Pumarejo que solo “hereda” de legado un modelo descompuesto basado en la publicidad rimbombante basada en un muestrario de obras públicas y de egos aumentados hasta la enésima potencia, soslayando, desdeñando a los ciudadanos, sustrayéndolos de sus deberes y responsabilidades, estrategia que evidentemente les da resultados pues produce una masa acrítica y sumisa apta para la manipulación ideológica y política.

Toda la disciplina social debe sustentarse en la educación, en la afirmación de valores culturales y en la consolidación de idearios y convicciones a partir de ella sin que ello implique la posibilidad de negación de sanciones que quedarían como última ratio de coerción. Primero la educación y después; para el que desafié la convivencia y normas, las aludidas medidas disciplinarias. Diversos estudios han demostrado que el temor, la posibilidad de sanciones –comparendos que nadie paga, por ejemplo— no producen como resultado convicciones de “disciplina” a la fuerza y que esta solo funciona bajo el marco de perspectivas humanistas que implican reconocimientos sobre el bienestar social de la colectividad.

Las bases de estas disciplinas sociales son la familia y la escuela. Allí se crean las relaciones armónicas y se vislumbran las perspectivas futuras de la sociedad. Aquí cabría preguntarse si hay alguna oficina administrativa distrital cuya misión sea el estudio sociológico, un monitoreo; tomando como base la familia y los comportamientos de los estudiantes en colegios públicos y privados pues allí deberían reflejarse los comportamientos deseables y los indeseables de la próxima ciudadanía. Este particular tema no es de interés para los políticos que ven allí una perfecta pérdida de tiempo y recursos.

Las relaciones armónicas entre individuo y sociedad son auscultadas desde esos enfoques. Si hay deterioro, si no funcionan, si se dañan, aparece un terreno abonado, apto, para la aparición de conductas y actitudes de comportamiento contrarias a la disciplina social establecida tal es el caso de Barranquilla en donde gran parte de la ciudadanía parece desconocer reglamentaciones –pese a que son medidas preventivas sanitarias a su favor— y la labor oficiosa de las autoridades.

Esta indisciplina social, producto de la falta de educación y cultura, se manifiestan en una serie de síntomas fácilmente perceptibles. Algunos de ellos ustedes enseguida los reconocerán:

  1.  Vulgaridad en las relaciones interpersonales y el léxico. Por ejemplo, “me vale mondá”.
  2. Comportamientos públicos indeseados o indecentes.
  3. Trato denigrante hacia grupos en situación de marginalidad.
  4. La falta de respeto y tolerancia en las relaciones entre vecinos que desembocan en sangrientas riñas.
  5. Ausencia de reglas de educación –la desdeñada urbanidad del venezolano Carreño— para saludarse, tratarse o despedirse.
  6. Tratar a la ciudad como un basurero abierto.
  7. Sabotear los bienes públicos y apoderarse de ellos, tales como andenes, aceras, calles y parques.
  8. Necesidades fisiológicas expuestas al público y en esto cabe señalar que el distrito de Barranquilla carece de una política de instalar baños públicos.
  9. Consumo de bebidas alcohólicas y estupefacientes en cualquier espacio.
  10. Robo de instalaciones públicas tales como tuberías, cableados, sillas, adoquines y cualquier otro elemento susceptible de ser considerado sustraible.
  11. Atentados al transporte público. Algo por demás común y corriente en Barranquilla con los buses de Transmetro.
  12. Producción de contaminación sonora a altos niveles con los picós y equipos de sonido sin considerar sus posibles daños psíquicos y en el entorno de los vecindarios.
  13. Ventas callejeras en bajas condiciones de higiene.
  14. Las violaciones sistemáticas a señales de tránsito, semáforos, pares, cebras y la movilidad de los peatones.

Podemos observar por el conjunto de estas señales que estaba cantado que en caso de un grave problema urbano que ameritase la normativa basada en la estructura de la disciplina social, se encontraba seriamente lesionada en Barranquilla por el “perrateo” y la transgresión social. No eran; incluso, necesarios detallados estudios para llegar a la conclusión de suma gravedad en la indisciplina social que aqueja a gran parte de la ciudadanía barranquillera y; regresamos al punto o eje central, son propiciadas por el mismo sistema político administrativo que le niega participación, que desdeña las posibilidades regeneradoras de la cultura y que la excluye de los planes ante su visión “progresista” de obras para ejecutar a grandes costos de endeudamiento.

Émile Durkheim, el filósofo francés que estableció la sociología como entidad académica sostenía que la sociedad es la encargada de integrar a los individuos que la forman y de regular sus conductas a partir del establecimiento de normas y que si la sociedad cumple en forma acertada este rol tanto con los individuos como con la colectividad; es posible un orden estable que posibilite un adecuado desarrollo.

Por el contrario –tal es el caso de Barranquilla— cuando esto no ocurre la sociedad cae en una situación de anomia, perdiendo su fuerza para regular e integrar a los individuos con la consecuente aparición de todo tipo de resultados adversos sociales, entre ellos, la mentada indisciplina social.

Curioso que ninguna universidad de Barranquilla se haya percatado de todos estos evidentes procesos sociales y lo haya dicho sin ambages a manera preventiva para vislumbrar el desmontaje de esta bomba de tiempo que ahora se encuentra produciendo la mayor tragedia sanitaria de los tiempos modernos en la ciudad. La administración la llama en tono de excusa torpe indisciplina social cuando en realidad es la consecuencia inmediata de una visión política que desdeñó todo el tiempo el rol fundamental de sus ciudadanos en la toma de decisiones que a todos le atañen.

Ahora, en una especie de suicidio urbano, la ciudadanía se desquita de ellos.   

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