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Por: Roque Ortega Murillo

Últimamente estoy sufriendo de pesadillas terroríficas que provocan angustia, desesperación y llanto en mi corazón. La de esta semana ha sido espantosa: soñé que “el Caligulita” contemplaba el espectáculo de la muerte en su circo de policías masacrando vilmente a jóvenes que protestaban indignados por la manera desalmada como los agentes del orden asesinaron a un abogado por desacatar la orden de no embriagarse durante la cuarentena.  Ese asesinato oficial desató la ira de la comunidad que espontáneamente salió a protestar dejando una estela de destrucción en las instalaciones de los CAI (cetros de atención inmediata de la policía). La reacción de los uniformados fue enfrentar a tiro limpio a la turba, provocándole la muerte a 13 civiles.

Mientras esta masacre se perpetuaba, no a mucha distancia, “el Calígula”, el mayor, exigía aún más medidas represivas como la implantación del toque de queda y el accionar de la fuerza militar, para controlar a la población, supuestamente paga por una conspiración organizada por el expresidente Santos, “la nueva Farc” y dirigida por el Senador Cepeda, el pos-castrochavismo y el señor Petro. “Ellos son los responsables de todo lo sucedido”. Esa postura irresponsable es defendida por una horda de fanáticos enardecidos y de corazones envenenados porque su jefe político está, hoy día, privado de la libertad en una finca de 1.500 hectáreas.

¡No es una pesadilla, es una aciaga realidad! el mundo vio en vivo y en directo una masacre efectuada por la policía nacional de Colombia, que según la constitución colombiana su fin primordial es el manteamiento de las condiciones necesarias para el ejercicio de los derechos y libertades públicas… y asegurar que los ciudadanos en Colombia vivamos en paz. Como si en realidad la policía chulavita del pasado hubiese desempolvado sus armas para asesinar a la población civil que decía proteger. Lo más escabroso fue ver como el presidente Duque y su gobierno, encabezado por el ministro de la Defensa, defendieron el accionar de los policías considerado el acto macabro como un simple incidente de confusión ante una situación incontrolable, y señalando, como siempre, responsables a la chusma enardecida, a los vándalos, a las guerrillas urbanas y a los incitadores profesionales en redes sociales.

¿A quiénes quieren engañar? La gente no soportó esas imágenes crueles que muestran como avasallaron al abogado Javier Ordoñez y que revivieron las protestas sociales que gracias a la pandemia se habían adormecido, y ante este asesinato de estado provoco el despertar y el inconformismo que viene padeciendo la juventud que se siente frustrada, sin falta de oportunidades, desesperada por un futuro incierto.

Un país que se inoculó un virus de masacres diarias y que sin duda padece el descontrol del territorio por parte de un gobierno incapaz, que delira por la cultura de la muerte y el desplazamiento y que se ensaña con los más pobres. De no cambiar la situación el futuro que nos espera es fatal, viviendo una autocracia con tintes fascistas donde las masacres también son cometidas por el propio Estado.

Al parecer lo único que le interesa a Duque y su gobierno es crear un estado totalitario con el único interés de sacar de prisión domiciliaria al “presidente eterno”, y para ello, como las evidencia lo demuestran, apelar a artimañas rastreras para desacreditar a la justicia. Nuevamente nos quieres distraer con Venezuela usando las graves acusaciones de la ONU de los crímenes cometidos por Maduro, censurando las acciones de la dictadura vecina. ¿Acaso masacrar a 13 jóvenes por parte de la policía no es un crimen repudiable? Como lo ocurrido el año pasado cuando en un bombardeo por parte del ejército nacional acribillaron a unos niños indígenas en un campamento de la disidencia de la Farc quienes habían sido reclutados unos días atrás y se encontraban dormidos e indefensos, aun cuando el Gobierno sabía que en ese lugar se encontraban los menores reclutados en contra de su voluntad tomaron la absurda decisión hacer la operación militar y presentarla ante la opinión pública como un gran operativo militar. Hoy se sabe por denuncias del personero de la zona y del portal de investigación Cuestión Publica, que existía una advertencia del peligro de realizar tal operación debido a la presencia de los niños. El poder y su arrogancia estuvieron por encima de los derechos de estos menores.

Por estas dos acciones no debería el gobierno estar rasgándose las vestiduras. Por la gravedad de estos hechos debería haber responsables, porque alguien dio las órdenes de cometer estos delitos de Estado. Nos mamarán gallo, se lavarán las manos, y aquí no pasó nada y el manto de la impunidad seguirá reinando.  ¿Acaso estos no son crímenes de lesa humanidad?

El panorama que está viviendo el país es preocupante y nos colma de zozobra y desesperanza, casi todos los días asesinan a un líder social, a un defensor del medio ambiente, a los periodistas independientes se les intimida, las masacres y desplazamiento aumentan considerablemente y ahora la policía nos atemoriza de manera sistemática con la amenaza del terror que se viene instaurado. Ser requisado por un agente del orden es una incertidumbre, cualquiera cosa nos puede pasar. Como un protocolo de autocuidado nos orientan cómo actuar en caso de ser detenido por la policía. En Bogotá han sucedidos hechos escabrosos en las estaciones de policía, desde violaciones y torturas. Desde hace tiempo se viene ejerciendo un abuso desmedido y violatorio a la ciudadanía. En esta pandemia estas fuerzas del orden aumentaron su agresión, ante este espanto no se puede vivir tranquilamente.

 No son tampoco hechos aislados: recuerden al jovencito negro Anderson Arboleda en Puerto Tejada (Cauca) que fue golpeado en la puerta de su casa por unos policías dizque porque él había violado la cuarentena. Producto de ese maltrato a los pocos días el joven murió por muerte cerebral y como nadie grabó los hechos no hubo escándalo. Seguramente como tantas investigaciones que quedan archivadas, hay un temor en denunciar y enfrentar a la policía. Actualmente las demandas al Estado por abuso policial suman 945.000 millones de pesos, entre las que se encuentran desde lesiones a civiles hasta ejecuciones extrajudiciales.

El presidente entonces se disfrazó de policía, en espaldarazo a la institución y como muestra de su fantochería e insensibilidad con las víctimas. Sin duda éste un acto de provocación y desafío a la ciudadanía. No hizo lo mismo con los dolientes de la masacre. Al intento de reconciliación y perdón organizado por la alcaldesa Claudia López, desatendió el llamado, mostrando una actitud poco valiente y humana. No se puede tapar el sol con las manos, el gobierno debe reconocer que esta institución abusa sistemáticamente y que debe reformarse en una policía que le devuelva la confianza a la ciudadanía. No son unas cuantas manzanas podridas. ¡Todo el cesto esta putrefacto! 

Ahora su partido en muestra de quererse perpetuar en el poder nos quiere vender un referendo con el pretexto de reducir el Congreso, acabar con las cortes, mientras la perla de su ardid populista pretende volver permanente el ingreso solidario ¿No es acaso esto parecido al castrochavismo?

Señor Duque, todavía está a tiempo de cambiar de rumbo y no seguir cometiendo torpeza tras torpeza. En este momento tan crítico para el país, ¡evite el hundimiento del barco! ¡despójese de la arrogancia y el sectarismo y conviértase en un presidente de verdad que nos cambie el rumbo de esta historia de ríos de muerte. La reconciliación es una necesidad urgente, es la hora de un gran perdón entre colombianos, no condene UD. a las futuras generaciones a un futuro más violento aún. Hay que desarmar el alma para poder vivir como una sociedad civilizada. La policía y otras instituciones del Estado necesitan reformarse. Es evidente que somos una nación fallida. Aproveche esta coyuntura y convoque a todas las fuerzas políticas, sociales, culturales, intelectuales y económicas, no para fomentar el despotismo y la mermelada, sino para cambiar nuestro destino. Ojalá en las próximas    marchar, no vuelva aparecer el autoritarismo, la arbitrariedad y el abuso de la brutalidad. Sueño que algún día se pueda vivir en Colombia una revolución de los claveles, como la que sucedió otrora en Portugal, sin disparar un tiro. Un día cuando la policía se una a su conciudadano, porque finalmente sus agentes son hijos de las clases más desprotegidas y finalmente también son víctimas.

Tristemente el en las últimas 24 horas se cometieron dos nuevas masacres en los departamentos del Cauca y Nariño. Diez jóvenes fueron acribillados salvajemente, estamos presenciando esta cultura de la muerte como si fueran partidos de futbol, durante este año van 61. Hay que parar este exterminio. Necesitamos urgentemente parar esta barbarie; no más terror, sobretodo proteger y garantizarle la vida de la juventud, para que tengan la feliz oportunidad de poder soñar, cantar, pintar y amar para así transformar esta sociedad en donde primer el bienestar y la tranquilidad.

Nota: El contenido de este artículo, es libre, espontáneo y de completa responsabilidad del Autor  ROQUE ORTEGA MURILLO