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Por: Santiago Vargas Otero
Casi 12 años de un proyecto político y económico en el gobierno de la ciudad nos condenan hoy a ser una de las ciudades con las estadísticas socioeconómicas más dantescas del país. La pobreza monetaria, el desempleo y la informalidad por el cielo son síntomas inequívocos de que las cosas no se están haciendo bien. De que, tal vez, ese proyecto político debe entrar a ser revisado con criticidad y rigurosidad.
Los Char en compañía de otros tantos empresarios electorales y contratistas han sumergido a la ciudad política en un unanimismo bárbaro y grosero. No se trata siquiera de una derecha política con principios e ideología definidos. Más bien, se trata es de la confluencia de empresarios y politiqueros profesionales en función de darle viabilidad política a un proyecto que los beneficia particularmente. Es decir, nos encontramos ante una evidente captura del Estado desde el nivel territorial.
Ante esto, no ha habido movimiento capaz de antagonizar o adversar la venta de la idea de que nos encontramos en un vividero. Una gran victoria de los políticos profesionales es hacerle creer a las gentes que el vividero es para todos, cuando en realidad es para muy pocos. Ni sindicatos ni partidos políticos han podido anteponer un proyecto colectivo de ciudad diferente y posible para que todos los barranquilleros puedan vivir mejor y no unos cuantos. Por el contrario, algunos persisten en atizar rencillas que dividen cualquier movimiento y otros débiles y oportunistas han caído en las manos del unanimismo vergonzante.
Tanto es así, que desde la primera década de este siglo en el Concejo de Barranquilla no se propone un solo debate de control y vigilancia políticas que demuestre apenas un disenso sobre políticas propuestas por la Alcaldía. Es decir, la mencionada corporación no cumple con su mandato de coadministrar, sino que se limita a obedecer. Hace falta gente capaz de colocar el dedo en la llaga, de decir lo que muchos no se atreven por miedo o porque están comprados.
El cerco del unanimismo se rompe con novedad y capacidad de elaborar políticas y agendas en sintonía con lo que el pueblo piensa y quiere. Para eso hay que escucharlo con sinceridad y entenderlo en su complejidad propia de lo que es diverso. La unanimidad se rompe con la emergencia de la juventud que lucha y padece. Los meses de paro que avanzan dejan un mensaje claro: la juventud ha sabido entender y representar el sentir ciudadano.
La ciudad está descalabrada financieramente y capturada políticamente. Cuenta con un sistema de transporte público insostenible, inseguro y poco cómodo; el desempleo y la informalidad son altos, entre otras cosas, por 12 años de continua des-industrialización. Barranquilla no tiene universidad distrital, está sumergida en la pobreza y no tiene seguridad alimentaria.
Los problemas son reales y bastantes, aún cuando las encuestas muestran una aprobación significativa a la gestión del actual alcalde. Aunque el unanimismo también contempla la utilización de todo un aparato mediático servil al poder, una tarea necesaria y urgente para configurar opciones alternativas y posibles, es colocar sobre la mesa nuevas agendas de discusión pública y mecanismos de interlocución política mucho más cercanos a la ciudadanía.
No, para el 2023 la emergencia de una plataforma juvenil multicolor con participación autónoma en listas unitarias para abrir la democracia en la ciudad y romper el cerco del unanimismo en el Concejo, las Juntas Administradoras Locales y la Alcaldía.
No podemos seguir pasivos y apáticos a la realidad; necesitamos ser ciudadanos en movimiento. Seamos realistas, hagamos lo imposible.
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