Telatiroplena.com, periodismo serio, social y humano

Por: César Gamero De Aguas.

Para cuando lo conocí detrás de los barrotes de una pequeña celda de doce metros cuadrados en la estación central de Policía de Riohacha, su mirada intimidaba. No cabía duda de su prontuario criminal, era un indio desmedido de baja estatura, de tez morena, y unos ojos rasgados que dibujaban sus malos pensamientos. Lucía un suéter blanco aún con rastros de sangre seca y una bermuda rasgada por los actos violentos de su detención. Estaba descalzo y su pierna izquierda se movía incesante de un lado para otro demostrando una impaciencia que estaba muy próxima de llegar a su límite. Los guardias de turno hacían habitualmente sus rondas, cumpliendo cabalmente la orden imperativa de vigilarlo minuciosamente cada 30 minutos. Mi estadía en aquel lugar siniestro era satisfaciendo el poder de la curiosidad, pues había observado su captura el día anterior, en medio de una fuerte balacera que dejó cuatro criminales muertos y a él como único capturado. La operación que produjo su detención, había sido objeto de un trabajo mancomunado de investigación de más de un año, donde agentes infiltrados llegaron a la organización criminal de Víctor Roa, que era ya más que una leyenda viva de fugas desenfrenadas, violaciones, y más de una veintena de asesinatos que fueron generando un pánico interior y reinante en una apartada ciudad en la capital del departamento de la Guajira. Aquella mañana del 12 de octubre de 1996, no solo vino acompañada de un leve nubarrón que llenó las calles de niños, jóvenes bañistas y de señoras recogiendo agua para desarrollar sus quehaceres domésticos, sino que luego de que aparecieran las golondrinas furtivas anunciando la culminación de la lluvia, un centenar de policías entre uniformados y civiles ponían en marcha un plan ya debidamente programado.  Víctor Roa con 24 años de edad y otros 4 secuaces, jóvenes todos entre los 20 y 25 años de edad, disfrutaban de varios días de goce y placer al interior de un destartalado cadrizo construido con láminas de zinc, que se había convertido en un sitio maldito al que acudían delincuentes de alta peligrosidad, y de accionares abyectos que influían de alguna manera a los habitantes del sector del barrio José Antonio Galán.

La comunidad en este sentido había optado por asumir una posición pusilánime, una especie de ley del silencio supremo se apoderó de ellos ante las posibles represalias de la banda que no poseían piedad y parecían estar empautados con el demonio. El prontuario de esta caterva de pillos era extenso y muy cruel, la justicia para ellos era un carnaval de impunidad que acrecentaba su violencia.

La música vallenata, el consumo de marihuana y el licor desenfrenado eran un común denominador de proporciones exageradas, que parecían no tener fin en una sociedad de siembras estériles y con designios absolutos en la impunidad.

La tarea no resultó nada fácil para el cuerpo policial, total Víctor y sus secuaces estaban intoxicados de drogas y las alucinaciones de maldad corrían aceleradamente por sus mentes conforme caían las últimas gotas de lluvia de aquella mañana gris. Los delincuentes se atrincheraron en la escueta vivienda y entonces unas ráfagas de tiros penetraban en ella creando un improvisado colador de metal que muy pronto filtraría varios litros de sangre. El operativo tardó menos de una hora, los hampones se fueron quedando sin municiones y de esa manera seguida reducidos en su totalidad, el saldo macabro de aquella operación policial fueron cuatro delincuentes abatidos y Víctor Roa capturado sin un solo rasguño, salvo una mancha de sangre negra en su pecho que poco a poco fue tomando forma de espanto. Su semblante al momento de la captura era aterrador una risa fingida y un reto más sin ecuánime para preparar una nueva fuga.

El traslado se desarrolló con cierto hermetismo, no fue posible recluirlo ese mismo día en una cárcel del INPEC, por aquello del debido proceso, ante esto, fue conducido  sin vacilación en el Comando Central de la Policía que contaba con más de 250 hombres en acción, un centenar más en descanso, 20 cámaras de seguridad, 2 anillos de control a 2 kilómetros de distancia y una celda pequeña protegida con barrotes de hierro de 3/8 de  pulgadas corrugadas, en su interior un deteriorado retrete y un viejo catre, cuya incomodidad era resuelta por un tendido de periódicos de ayeres inconclusos. Desde el día de su reclusión cayó en un trance de malabares violentos, la juma excesiva produjo un ataque de pánico, atado con una verborrea de vulgaridades escuetas que perturbaron la tranquilidad y el descanso de muchos policías que no estaban en servicio.

Su voz sonora retumbaba en toda la estación de policía de manera desenfrenada, formando un eco ensordecedor que rebotaba entre las paredes buscando afanadamente un espacio abierto donde disiparse, una vez más aquel despiadado criminal manifestaba que se escaparía, que estaba hecho para las libertades absolutas del hombre, que era inatrapable y que muy pronto sería un fugitivo fortuito como otras veces que fueron acumulando en él muchas narraciones sin fin, e incluso se llegó a pensar en su traslado a la ciudad de Barranquilla pero las diligencias del poder judicial fueron más lentas que la voluntad de escape del criminal.

Aquella mañana del 14 de octubre de 1996 a escasas 48 horas de su captura, y luego de recibir su desayuno habitual, el cual quedó allí en un rincón del catre, aún con cierta tibieza. Un joven policía hizo sonar su silbato con fuerza que se escuchó en toda la estación, todos absolutamente todos los policías corrieron apresuradamente hacía la pequeña celda la cual quizás se había cansado de aquel presumido recluso, más de cien miradas sorprendidas, estupefactas, impactadas siguieron de cerca el escueto y pequeño escondijo. Víctor Roa se había esfumado una vez más, aquel diminuto personaje había dejado un pequeño mensaje con una pésima caligrafía, casi ilegible, hecha con ladrillo rojo que al parecer extrajo de uno de los rincones del predio, la cual decía en letra script: “Esto es para que sepan que aquí estuvo Víctor Roa Iguarán, y lo respeten”. Ni las 20 cámaras de seguridad captaron aquella pintoresca fuga, ni mucho menos la celda pequeña tuvo algún orificio por donde pudiera haber salido aquel intrépido personaje, ni los interrogatorios de rigor a los que fueron sometidos los policías de guardia, lograron dar una explicación razonable  aquel penoso hecho, los comentarios, opiniones, la risa, la bulla, la ironía del momento se fueron disipando lentamente en el colectivo social de la ciudad, conforme fue naciendo así mismo y una vez más otra narración legendaria de este astuto criminal.

Nota: El contenido de este artículo, es libre, espontáneo y de completa responsabilidad del Autor.