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Por. César Gamero De Aguas.
Las primeras gotas de aquella ventisca siniestra acabaron con el desfile de sueños, que tenían enmarañado el subconsciente deEusebio De Jesús Villa Alfaro, ni siquiera el estruendoso sonido que producían las cornetas impertinentes de los camiones, que a esas horas de la mañana seguían el curso de la caravana hacia el interior del país, habían causado aquel penoso momento. Para ese entonces se incorporó y observó con detenimiento que aún tenía a su lado un volumen pirata de la gran novela que hiciera Víctor Hugo, llamada ´Los Miserables´, y en ese preciso momento estableció un símil furtivo entre él y el personaje de la obra. Claro está, él no era un ex convicto empedernido que desafiara las leyes, pero si buscaba alguien que considerara su situación, y por lo menos le diera una posada para poder vivir.
Parecía sin embargo estar preso en vida, pues su llegada aquel puente de tránsito, no solo lo unía sin misericordia a aquella tribu nómada proveniente del vecino país, sino que atrás había dejado una estela de recuerdos agrios y dulces, que alimentaron un currículo existencial que ahora lo atormentaba. Cuarenta y cinco años atrás, había emigrado a la Venezuela de bolívares en el suelo, en la búsqueda afanada de una quimera de ensueños, que terminaron quebrantándose en una esterilidad eterna, que conminó su impotencia sexual que le impidieron reproducirse. Desde entonces, la poca fe que le quedaba se convirtió en un carnaval de descontentos, y de mal genio que tocó dejarlos atrás para afrontar su triste realidad. Ahora se hallaba en una ciudad cambiada por el urbanismo, y unas ganas indeseables de no seguir viviendo.
Allí debajo de esa mole de concreto, y frente a la indiferencia de muchos transeúntes, que miraban con desconcierto aquel campo improvisado de refugiados, comprobó que no se hallaba listo para perder, sino que aún le quedaban algo de fuerzas para cumplir siquiera al sueño de morir con las botas puestas, a sus 62 años de edad. Había olvidado a propósito, la historia de su país, pues para aquel entonces le pareció dramática, rodeada de perfidias, y asesinatos atroces, generados por un poder absoluto del trono que se heredaba conforme fuera el lineup de los apellidos de la oligarquía de turno. Su vida de mozo en aquel pueblo anclado en la pobreza, se había limitado a lastimeros recuerdos, pues el tiempo se había encargado de borrar de aquella mente ingrata a sus familiares, pero no a la mujer que dejó esperando aquella navidad del 74, y que terminó casándose por despecho con uno de sus primos, para responder a una palabra empeñada en medio de una maraña de intereses. El retorno improvisado a su país de origen, fue una acumulación sucesiva de muchas desavenencias, la devaluación de la moneda era tan solo un ápice de muchas tragedias más, sin embargo, lo que terminó fraguando su decisión fue el hecho de la expropiación de su predio por parte del gobierno, so pretexto de haber participado en un intento de golpe de estado en un país que jamás fue de él, ni siquiera en los 16,425 sueños que había disfrutado en vida. Un morral del ejército bolivariano, con dos pintas de ropa resumían un viajero sin rumbo confinado a las aventuras de su acortado destino. Una vez deportado por la guardia venezolana, en la Raya –Paraguachón, supo filtrarse entre el nutrido número de personas que decidieron partir, y probar suerte en el país también del Libertador, cuya historia cambiante comenzaba atemorizar a los desplazados. El viaje rodeado de calamidades le permitió tan solo arribar a la Arenosa de ilusiones, a quien solo conocía por nombre, pues jamás contó con la oportunidad de vivir su calor. Ahora llevaba seis largos días viviendo de la caridad, y lo poco que lograba obtener barriendo los frentes de las casas vecinas, que terminaron absorbiendo su perenne tragedia.
Aquel campo improvisado de refugiados, era un cuadro realista de colores parcos, niños famélicos con sus madres harapientas se confundían entre pestilencias sin fin, y unas miradas de lamentos que jamás desaparecieron e incluso después que se construyera allí debajo de aquel puente, una especie de barrera para no recibirlos más. Para entonces Eusebio, había perdido los bríos de su juventud, era lento y parsimonioso, de barba desaliñada que brindaba un mal aspecto a su figura, y una carta dental que mostraba un inventario penoso de piezas faltantes, que acrecentaban más su extrema pobreza. Pero la ciudad vivía también su propia tragedia, se aprestaba a recibir en medio de sus precariedades, no solo a esta especie endémica de guetos, sino la llegada de una pandemia que ya azotaba al país asiático de la China, y cuyas brisas de sombras negras dejaban una estela imprecisa de muertos, lo cual, por las características de su gente acondicionadas a la bacanería, presagiaban un futuro nefasto para muchos barranquilleros.
Para ese entonces se dio cuenta que había perdido su nacionalidad, era un meteco sin nombre que intentaba abrirse paso común, en un desfile indeterminable de venecos que ahuyentaban el descontento, y la desconfianza de sus pobladores. La indiferencia de las personas le hizo pensar, que cada cual libraba una batalla, una ardua y paralela batalla llena de necesidades que no cambiaba nada, sino que acrecentaba su impaciencia. Creía que la doble moral, la mentira y la envidia que le despertó el Libertador a los conservadores agrupados en Santander, hacía ya 290 años atrás, había desaparecido, pero no, se encontró ahora con una sociedad conforme, maniatada y presa de su propio destino. La sociedad del parentesco había formado otra clase de individuos muchos más fríos en tierra caliente, autómatas, esta clase aparte parecía haber olvidado de tajo su historia reciente, así como el hombre de las hordas olvidó por conveniencia del hambre, sus migraciones ancestrales que dieron origen tiempo después al estado de la barbarie. Esta era una especie única e irrepetible de barbarie moderna, donde hombres sin brújulas, y sin razonamiento de patriotismos efímeros, gastaban su tiempo en innecesariedades. La Nueva Constitución solo fue un paso frustrado, un camino hacia atrás que seguía cobrando miles de vidas. Comprendió en los días anteriores, que el estamento seguía siendo de unos otros, de unos otros que fundaron una patria mezquina de espaldas al pueblo, y una bandera de colores vivos que alegraban la utopía de esa misma sociedad de los miserables. Estaba allí como otro más que había gastado su tiempo en futilidades. Pero entonces una llamada, una advertencia atrajo bruscamente su atención, un morador de esos que había parido esa misma sociedad de heces, lo increpó de manera abrupta, soez, inesperada y vil. Aquel ciudadano alimentando su odio por los que precipitadamente invadieron su entorno, le reclamaba con improperios, manoteos y desacuerdos, el hecho de estar allí, asilado en su hábitat. No contento con ello, lo empujó generando una catarata de actitudes siniestras que se reflejaron en la inmediatez en su rostro curtido, y su escuálido cuerpo. Aquella acción de proporciones malvadas generó la aparición de curiosos que no sabían a quién darle la razón, antes por el contrario, alimentaba la sangre corsaria de unos ñeros sin ley y sin modales. Quiso reaccionar de manera rauda, con la misma agresividad infundada de su contrincante, y descargar con saciedad el peso de su desventura, sujeto a una condena que ya venía pagando con creces, pues el destierro al que fue sometido ya era un castigo de dimensiones extremas, pero entonces respiró profundo, miró hacia la espacialidad reinante, y observó unas aves migratorias que contrastaban con el cielo despejado, y el calor de una mañana que apenas empezaba. Bajó su cabeza aún con el corazón en la mano, pusilánime, impotente, y una acelerada respiración que terminó calmándolo, se sentó en un muro muy cercano a una estación de taxis. Donde un grupo de choferes pasaron desapercibido aquella acción, y reían a carcajadas frente a una gruta sin virgen y sin nombre.
Se incorporó con la escasez de ánimo que aún poseía. Ya había perdido la dignidad, la pena, y desesperanza eran cosas de un pasado reciente, ahora todo era una lucha incesante, una realidad de espaldas a su destino, sintió algo de hambre, que ya se había vuelto habitual en él, el calor era insoportable, y las ganas de trabajar habían llegado a su fin, pues decidió reconociendo la invalidez de su estado, que ya no estaba para eso, sino para quedarse estático en un inveterado mecedor de mimbre. Allí mismo, al costado del puente que lo recibió con los brazos abiertos, donde tal vez algún transeúnte se lastime de su necesidad, y lo compense con alguna moneda.
Ahí seguiría perplejo, viendo las penurias de otros que como él yacían en el olvido, de una sociedad de miserables atiborrada en la esperanza cambiante de su destino, un escapulario que les recuerda su santo preferido, unas migajas de pan que alimenten su contaminado estómago, y una penosa enfermedad que terminará bailando con gusto y con muchos, al son de su mismo folclor, y de su acondicionado olvido y muerte.
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