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Por: Jorge Guebely

Oído sagrado, el de las flores. Tan pronto escuchan el zumbido de las abejas, aumentan la concentración de azúcar en el néctar. Oyen para prolongar la prosperidad de su especie y la de la Naturaleza. Ningún humano las engaña, si alguien imitase el zumbido de los antófilos, nada sucedería. No habría concentración de néctar, los oídos sagrados saben distinguir la realidad de los embustes.

Sagrado el oído de Juan Sebastián Bach. Captaba la música del Universo. Lo hacía en la adecuada respiración, en la paz del alma y la fuerza divina. “Para hacer buena música hay que ser honestos”, aconsejaba a sus hijos. Ciorán lo veía como un acreedor de Dios quien debía estar agradecido con él. A través de su música, lo hizo visible en la tierra; audible a la piel que también oye.

Oído sagrado el de Vivaldi. Oyó la esencia de las cuatro estaciones y la plasmó en cuatro conciertos. Violines que reproducen los tonos oscuros del invierno, los opresivos calores del verano o la alegría de la primavera. Oído absoluto y divino

Pero los humanos perdimos el oído sagrado y no lo recuperamos. Lo desplazamos al estómago, al bolsillo, a la esperanza, a la ideología. Oímos por hambre, por ambición, por deseos, por dogmas políticos o religiosos. Verdaderos sordos en un mundo hecho de música. “No hay palabras, sólo hay música”, afirmaba Vivaldi.

Lo perdimos de tanto oír cantos de sirenas, pavorosas voces que supuran dulzura y veneno, que destruyen creyentes y pueblos enteros. Voces de jefes de Estado y jefes de Iglesias, de políticos y pastores tejiendo poder. De Venezuela que pregona el socialismo y Colombia que proclama la democracia. Del sistema judicial que es injusto y el de salud que es insalubre. De Uribe que pide 40 horas laborales para trabajadores y del presidente que las rechaza. De los grupos armados y los espíritus guerreristas que banderean la paz con el lenguaje de la guerra. De Petro que pretende salvar al país en solitario y de la oposición carcomido por la egolatría política.

Cuentan que Ulises, en el retorno a su amada Ítaca, en el regreso a su origen, venció los cantos de sirenas. Taponó los oídos de sus marineros y se hizo atar al mástil de la embarcación. Nadie sucumbió ante la dulzura envenenada. Murieron las sirenas porque, según el mito, esas perversas criaturas mueren cuando nadie escucha sus cantos. Y nada es tan sagrado como el conocimiento mitológico de todos los pueblos del mundo

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