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Por: Jorge Guebely
Ella tenía el nivel de dignidad muy bajo. Recibía constantes palizas de su marido cuando llegaba borracho o cuando él sentía el poderoso placer de golpearla. Frecuentemente vivía con los ojos morados y con la piel pálida por las permanentes hambrunas. Lo odiaba, pero también lo amaba. Sufría por él, pero no podía vivir sin él, sin aquella degradante fuerza masculina. No lo abandonaba por ser él quien le prodigaba mendrugos para no morir de hambre. Estaba dispuesta a pasar, con real resignación y falsas alegrías, el resto de su vida bajo el azote de una fuerza cruel y perversa: sin posibilidad de superar su indignidad, sin ascender a su condición humana, sin merodear las alturas de su ser.
Horrenda historia de indignidad que me recordó a Barranquilla, su alegría con miseria. Recordé el desborde popular por el crecimiento de la ciudad: la proliferación de rascacielos apuntando a las estrellas, el largo malecón del río Magdalena, la espléndida red de carreteras y avenidas. Recordé el monumento “Ventana del mundo”, nombre complementario de “La puerta de oro de Colombia”. Recordé el monumento “La aleta”, ostentoso homenaje al Junior de Barranquilla, al clan Char quienes “roban, pero invierten”. Recordé esas gotas de suntuosidades sitiadas por la gran pobreza caribe, esas euforias populares por un paraíso ajeno.
Recordé la privatización creciente del espacio físico y el sector público, las brisas de Márvel Moreno que llegan en diciembre, su bella novela que devela el machismo corrupto de la Arenosa. Recordé a la mujer golpeada, a un pueblo caribe que se debate entre el amor y odio por su verdugo, entre la euforia y el dolor por su condición, entre la alegría y la tristeza por su dignidad mancillada. Pueblo que sobrevive con una degradante bandera: “Cógela suave, hazte el marica y quédate callao”.
Recordé a Neiva donde aún no existen clanes, donde abundan los políticos menores que saben mucho de corrupción y poco de política. Autores de la miseria en su malecón, de la ruina en su estadio, de la pobreza en su región. Como en la otra, aquí la corrupción es brava y sin inversión.
Recordé la Colombia entera, ciudadanos mancillados del país; sin embargo, adictos a sus verdugos, electores de su propia tragedia. Recordé nuestro estancamiento en la pre-modernidad, en la cultura de súbdito. Recordé la enorme distancia que nos separa de la conciencia ciudadana, del espíritu democrático, de la dignidad humana.
Recordé el triste destino de ser otro objeto de la ciudad sin ser sujeto ciudadano.
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