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Por: Antonio Manuel Cueto Aguas.

Hoy ponemos a disposición de nuestros amigos lectores, la última parte del trabajo periodístico que trata sobre el «sendero de la gloria» un tema que en nuestro criterio debe ponernos a pensar a todos, pues él refleja meridianamente las diferencias entre un triunfador y un mediocre llamado al fracaso, por su ausencia de independencia ideológica y su actuar dependiente de los demás, considero que la importancia de este trabajo, sustentado con los profundos conocimientos de uno de los más grandes médicos psiquiatra y psicólogo: José Ingenieros, debe permitirnos a todos reflexionar y redireccionar nuestra conducta frente a la sociedad  y entender que nuestro intelecto no puede seguir siendo el objeto de manipuleo de una sociedad que sabe quiénes son débiles mentales fáciles del manipuleo, considero que sería sano que sin ningún tipo de ofuscamientos, ni enojos personales,  sería  positivo para todo el conglomerado social, que tenga alcance a este trabajo y formularse las preguntas de rigor: ¿soy parte de los mediocres? ¿Soy manipulable por nuestra sociedad? ¿Qué debo cambiar en mi conducta para no seguir siendo el eco de los demás y ser yo?, si eso se da en algún promedio así sea bajo de mis amables lectores, consideraría que he logrado mi fundamental objetivo. Ahora para ustedes, José Ingenieros, aprendamos:

«La popularidad o la fama suelen dar transitoriamente la ilusión de la Gloria. Son sus formas espurias y subalternas, extensas, pero no profundas, esplendorosas pero fugaces. Son más que el simple éxito, accesible al común de los mortales; pero son menos que la gloria, exclusivamente reservada a los hombres superiores. Son oropel, piedra falsa, luz de artificio. Manifestaciones directas del entusiasmo gregario y, por eso mismo, inferiores: aplauso de multitud, con algo de frenesí inconsciente y comunicativo. La gloria de los pensadores, filósofos y artistas, que traducen su genialidad mediante la palabra escrita, es lenta, pero estable; sus admira dores están dispersos, ninguno aplaude a solas. En el teatro y en la Asamblea la admiración es rápida y barata, aunque ilusoria; los oyentes se sugestionan recíprocamente, suman su entusiasmo y esta llenen ovaciones. Por eso cualquier histrión de tres al cuarto puede conocer el triunfo más de cerca que Aristóteles o Spinoza; la intensidad, que es el éxito, está en razón inversa de la duración, que es la gloria. Tales aspectos caricaturescos de la celebridad dependen de una aptitud secundaria del actor o de un estado accidental de la mentalidad colectiva. Amenguada la actitud o transpuesta la circunstancia, vuelven a la sombra y asisten en vida a sus funerales. Entonces pagan cara su notorie dad; vivir en perpetua nostalgia en su martirio. Los hijos del éxito pasajero deberían morir al caer en la orfandad. Algún poeta melancólico escribió que es hermoso vivir de los recuerdos: frase absurda. Ello equivale a agonizar. Es la dicha del pintor maniatado por la ceguera del jugador que mira el tapete y no puede arriesgar una sola ficha. En la vida se es actor o público, timonel o galeote. Es tan doloroso pasar del timón al remo, como salir del escenario para ocupar una butaca, aunque ésta sea de primera fila. El que ha conocido el aplauso no sabe resignarse a la oscuridad; ésa es la parte más cruel de toda preminencia fundada en el capricho ajeno o en aptitudes físicas transitorias. El público oscila con la moda; el físico se gasta. La fama de un orador, de un esgrimista o de un comediante, sólo dura lo que una juventud; la voz, las estocadas y los gestos se acaban alguna vez, dejando lo que en el bello decir dantesco representa el dolor sumo; recordar en la miseria el tiempo feliz. Pará estos triunfadores accidentales, el instante en que se disipa su error debería ser el último de la vida. Volver a la realidad es una suprema tristeza. Preferible es un Otelo excesivo mate de veras sobre el tablado a una Desdémona próxima a envejecer o desnucarse el acróbata en un salto prodigioso o rompérsele un aneurisma al orador mientras habla a cien mil hombres que aplauden, o ser apuñala do un Don Juan por la amante más hermosa y sensual. Ya que se mide la vida por sus horas de dicha, convendría despedirse de ella sonriendo, mirándola de frente, con dignidad; con la sensación de que se ha merecido vivirla hasta el último instante. Toda ilusión que se desvanece deja tras de sí, una sombra indisipable. La fama y la celebridad no son la gloria; nada más falaz que la sanción de los contemporáneos y de las muchedumbres. Compartiendo las ruinas y las debilidades de la mediocridad ambiente, fácil es convertirse en arquetipos de la masa y ser prohombres entre sus iguales, pero quien así culmina, muere con ellos. Los genios, los santos y los héroes desdeñan toda sumisión al presente, puesta la proa hacia un remoto ideal: resultan prohombres en la historia. La integridad moral y la excelencia de carácter son virtudes estériles en los ambientes relajados más asequibles a los apetitos del doméstico que a las altiveces del digno, en ellos se incuba el éxito falaz. La gloria nunca ciñe de laureles, la cien del que se ha complicado en las ruinas de su tiempo, tardía a menudo, póstuma a veces, aunque siempre segura, suele ornar las frentes de cuántos miraron el porvenir y sirvieron a un ideal, practicando aquel lema que fue la noble divisa de Rousseau: » Vitan impendiere vero «.

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