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Por: Jairo Eduardo Soto Molina

“Cuando los hombres confunden el mapa del poder con el cielo de las promesas, levantan altares donde solo deberían arar la tierra.”
Yoyito Sabater

La historia bíblica presenta la “tierra prometida” como una expresión de alianza, obediencia y esperanza. Dios prometió a Abraham, Isaac y Jacob una tierra para su descendencia, pero esa promesa nunca se redujo únicamente a un territorio físico. En las Escrituras, la tierra simboliza comunión con Dios, justicia social y fidelidad espiritual. Cada vez que el pueblo se apartaba de la ley divina, la tierra misma “vomitaba” a sus habitantes, como recuerda el Levítico. La promesa no era, por tanto, automática ni meramente geográfica, sino moral y teológica: la posesión dependía de la obediencia.

Con el tiempo, esa promesa adquirió nuevos significados. En el exilio, los profetas comenzaron a reinterpretar la “tierra” como símbolo de restauración espiritual, no solo de retorno físico. Y con la llegada del Evangelio, la promesa se universalizó: ya no era herencia de un solo pueblo, sino de todos los redimidos por la fe en Cristo. Jesús nunca llamó a sus discípulos a conquistar territorios, sino a transformar corazones. En el Nuevo Testamento, la herencia prometida no es un suelo, sino una comunión: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mt. 5:5). Esa “tierra” ya no se mide por fronteras, sino por justicia, reconciliación y paz interior.

El Apocalipsis de Juan lleva esta visión a su plenitud al describir la Nueva Jerusalén que “desciende del cielo, de Dios, teniendo la gloria de Dios” (Ap 21:10). No se trata de una ciudad construida por manos humanas, ni de una capital terrenal que deba defenderse con muros o ejércitos. Es una realidad espiritual, la consumación de la historia de salvación. Allí no hay templo porque “el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son su templo”, y no hay necesidad de sol ni luna, porque la gloria divina la ilumina. En esa visión, la Jerusalén celestial simboliza la unión definitiva entre Cristo y su Iglesia: es la verdadera “tierra prometida”, no una nación ni un Estado, sino una comunidad de redimidos.

Desde esta perspectiva, el Estado nacional de Israel, fundado en 1948, no puede identificarse sin más con la tierra prometida por Dios. Su origen pertenece al campo de la política moderna, no a la revelación divina. Surgió de un proceso histórico determinado: el mandato británico, la resolución de la ONU, el trauma del Holocausto, el juego de intereses de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. Fue una decisión geopolítica impulsada por las naciones —no una irrupción celestial—, una forma de ofrecer patria a un pueblo que había vagado por siglos sin tierra propia. Esa necesidad humana de refugio y supervivencia es comprensible y hasta legítima, pero no convierte automáticamente ese territorio en el cumplimiento profético del pacto abrahámico.

Las potencias del siglo XX, movidas por intereses estratégicos y económicos, otorgaron al nuevo Estado un carácter “sagrado” que buscaba legitimidad bíblica. Así se impuso, de manera artificiosa, la idea de que aquella porción segregada de Palestina representaba el cumplimiento de la promesa divina. Sin embargo, la Biblia enseña que la promesa de Dios no depende de resoluciones internacionales ni de fronteras terrenales. En la Escritura, la tierra prometida no se impone por armas ni se mantiene con muros; se habita mediante la justicia, la misericordia y la fidelidad al Señor.

Por otro lado, la fe judía —en su forma tradicional— no reconoce a Jesucristo como el Mesías ni al Espíritu Santo como presencia divina en la historia. Su relación con Dios se sostiene en el monoteísmo estricto del Antiguo Testamento. Desde la visión cristiana, esto implica que el Estado moderno de Israel no puede ser, en sentido espiritual, la culminación del plan redentor de Dios, porque la promesa se cumple solo en el Cordero, en Cristo crucificado y resucitado. La Nueva Jerusalén del Apocalipsis no está edificada sobre la negación del Hijo, sino sobre la unión eterna del Cordero con su Esposa, la Iglesia. Es en ese matrimonio místico donde la humanidad redimida encuentra su morada definitiva, no en un proyecto político nacido del consenso de las naciones.

El riesgo de identificar sin matices el Estado de Israel con la tierra prometida consiste en confundir lo temporal con lo eterno, lo humano con lo divino, lo geopolítico con lo espiritual. Esta confusión ha dado lugar a interpretaciones peligrosas, como el llamado sionismo cristiano, que legitima políticas de dominación o exclusión bajo la idea de una misión divina. Pero la fe cristiana no puede apoyar la injusticia en nombre de una promesa tergiversada. La verdadera herencia no se conquista: se recibe por gracia. En ese sentido, tanto judíos como palestinos, y toda la humanidad, están llamados a vivir bajo el signo de la justicia, la compasión y la paz, no bajo la imposición del poder o la propiedad exclusiva de un territorio.

Si algo enseña el Apocalipsis es que la tierra prometida no se gana, se desciende: viene “del cielo, de Dios”. No es resultado de guerras ni de diplomacia, sino fruto de redención. Es un don, no una conquista. En la Nueva Jerusalén ya no hay nacionalismos, ni templos, ni sombras de rivalidad: solo la presencia del Cordero, cuya luz ilumina a todos los pueblos. Esa ciudad es el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham: una descendencia tan numerosa como las estrellas, no por genealogía, sino por fe.

Así, desde una lectura crítica y teológicamente coherente, el Israel contemporáneo no puede proclamarse la tierra prometida sin violentar el sentido escatológico del Evangelio. La verdadera tierra prometida no está delimitada por muros ni garantizada por potencias, sino escrita en el corazón de los que aman la justicia. Es la Nueva Jerusalén —la esposa del Cordero—, la comunidad redimida en la que Dios habita plenamente con su pueblo. Todo intento de reemplazar esa promesa con una copia terrenal es un espejismo político que, lejos de unir, divide, y lejos de reflejar el Reino de Dios, perpetúa los reinos de este mundo.

En conclusión, la tierra prometida de Dios no es una porción de tierra disputada, sino un destino espiritual que trasciende la historia. El Estado moderno de Israel es una realidad política compleja, resultado de decisiones humanas, necesaria para la supervivencia de un pueblo, pero no el cumplimiento definitivo de la promesa divina. El cumplimiento auténtico se halla en Cristo, en su Iglesia, en la ciudad celestial que desciende del cielo, donde ya no habrá llanto ni guerra ni fronteras. Esa es la patria de los redimidos, la morada eterna de los hijos de Dios: la verdadera tierra prometida.

Tomémonos un tinto seamos amigos, Sigan siendo felices Jairo les dice

Frases al cierre:

“La tierra prometida no se conquista con ejércitos ni se decreta desde palacios; desciende solo sobre los que tienen limpio el corazón.” — Yoyito Sabater

“Dios no habita en los pactos de las potencias, sino en los corazones que se atreven a creer cuando el mundo ya no cree en nada.” — Yoyito Sabater