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Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en ciencias Humanas, Investigador social

“La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo.”
Nelson Mandela

No vengo de una familia de apellidos ilustres ni de colegios privados. Vengo de la escuela pública, del barrio, de las calles donde se aprende a compartir antes que a competir. Vengo de Rébolo y de San Roque, barrios que no salen en los folletos turísticos, pero que enseñan lecciones que ninguna universidad del mundo ofrece: la dignidad en la escasez, la solidaridad en la dificultad y la esperanza como forma de resistencia cotidiana.

Mis primeros recuerdos están ligados a la escuela: un cuaderno usado hasta la última hoja, un lápiz corto que se afilaba una y otra vez, y la mirada firme de los maestros que, aun con pocos recursos, nos enseñaban que el conocimiento podía abrir caminos. Primero en una escuelita en la propia casa de mis maestras primero en Rébolo donde la señora Ana belén, no recuerdo su nombre era muy hermosa pero pequeña me enseñó a leer con paquitos (comiquitas) de Kaliman. Allí aprendí a leer el mundo, no solo los libros. Luego con la señora Alicia Gaviria, prima de mi madre, que me marcó con la lectura del Conde de montecristo y Las damas de las camelias. Los cuales los vi y le solicité me los prestara, cuando ya sabía leer. Mis primeras grandes lecturas no fueron manuales ni libros académicos, sino novelas que me enseñaron a entender la vida. El Conde de Montecristo, de Alexandre Dumas, me habló de la injusticia, de la paciencia y de la inteligencia como forma de resistencia frente a la adversidad. La dama de las camelias, también de Dumas hijo, me mostró la complejidad del amor, el sacrificio y la dignidad humana más allá de los prejuicios sociales. En esas páginas descubrí que los libros no solo cuentan historias: forman carácter, despiertan conciencia y abren caminos para quien, como yo, aprendía a soñar desde un contexto popular. Aprendí que estudiar no era un castigo, sino una posibilidad.

En casa, mi mamá fue mi primera maestra. No tenía títulos universitarios, pero tenía una sabiduría profunda: la certeza de que el estudio era el único patrimonio que nadie podría arrebatarnos. Con mis hermanas crecimos entre tareas compartidas, responsabilidades tempranas y sueños que parecían grandes para un contexto pequeño. Con ellas aprendí las operaciones básicas. No había lujos, pero sí palabras de aliento. No había comodidades, pero sí una convicción inquebrantable: “estudien, porque eso sí es para siempre”. Nos decía mi madre.

El barrio fue mi segunda escuela. En Rébolo y San Roque aprendí a convivir con la diversidad, a respetar al otro, a reconocer la dureza de la vida sin romantizarla. Aprendí que la calle también educa, pero que no siempre lo hace en la dirección correcta. Por eso, cada libro leído era una forma de tomar distancia de los límites que parecían impuestos de antemano. Otro punto decisivo en mi formación fue mi cuñado, Orlando Núñez Carbonell, vecino de la casa de al lado, quien me introdujo tempranamente en la filosofía. Con él aprendí que pensar no es repetir ideas, sino preguntarse por las causas de los problemas, desconfiar de las respuestas fáciles y mirar la realidad con profundidad crítica. La filosofía me dio algo que luego sería clave en toda mi trayectoria académica y profesional: la capacidad de razonar con rigor, de no quedarme en la superficie y de entender que detrás de cada fenómeno hay estructuras, intereses y sentidos que deben ser pensados, no solo aceptados.

Mi paso por la educación pública marcó profundamente mi manera de entender el conocimiento. Un momento decisivo en ese camino fue mi paso por el Colegio Nacional José Eusebio Caro, donde descubrí mi verdadera pasión por las lenguas. Allí encontré profesores de una calidad humana y académica excepcional, que no solo enseñaban contenidos, sino que despertaban vocaciones. Gracias a ellos comprendí que las lenguas abren mundos, culturas y formas distintas de pensar. Pero no fue solo en idiomas donde recibí grandes lecciones: en otras áreas tuve maestros memorables, como el profesor Matos, magistrado del Tribunal del Atlántico, cuya rigurosidad intelectual, sentido ético y amor por el conocimiento dejaron en mí una huella profunda. Él me enseñó que el saber debe ir siempre acompañado de justicia, responsabilidad y compromiso con la sociedad.

Aulas llenas, recursos escasos, pero una riqueza humana inmensa. Allí comprendí que el talento no depende del estrato social y que la inteligencia no tiene código postal. Muchos de mis compañeros eran brillantes; algunos no pudieron continuar. No por falta de capacidad, sino por falta de oportunidades. Esa injusticia silenciosa se convirtió en uno de los motores de mi vida profesional.

Llegar a la universidad fue un triunfo colectivo. No fue solo mío. Fue de mi mamá, de mis hermanas, de los maestros que creyeron, de los amigos del barrio que alentaron. Cada semestre aprobado era una victoria contra el determinismo social que insiste en decirle a los jóvenes de contextos populares hasta dónde pueden llegar. Estuve en la mejor época de la Universidad del Atlántico, con maestros científicos del lenguaje: Álvaro Diaz, a quien debo el escribir bien, pero también a Santiago Reales, Elsa Ricaurte, Sixto Granados, Segrera, Viana, Bedhoudt, Zuñiga,…

La trayectoria profesional no fue lineal ni fácil. Hubo cansancio, dudas, momentos de querer abandonar. Pero siempre hubo una idea que regresaba como ancla: el estudio transforma. No de manera mágica ni inmediata, sino con disciplina, sacrificio y constancia. Paso a paso, título a título, experiencia tras experiencia, fui construyendo un camino que nunca imaginé recorrer completo: primero tres especializaciones, una maestría, un doctorado, luego el postdoctorado y actualmente curso mi segundo doctorado.

Hoy, cuando miro atrás y veo un postdoctorado como parte de mi historia, no lo hago desde la soberbia, sino desde la gratitud. No olvido de dónde vengo. No reniego del barrio; lo honro. No escondo la escuela pública; la reivindico. Porque fue allí donde se sembró todo.

Este no es un relato para idealizar la pobreza ni para vender la idea de que “si se quiere, se puede” sin condiciones y cuando uno no se avergüenza de sus raíces. Es, más bien, una afirmación clara y honesta: sí se puede soñar, sí se puede avanzar y sí se puede llegar, cuando el estudio se asume como base, cuando la familia sostiene: mi mujer ha sido un soporte e inspiración y mis hijos un impulso creador.

A los niños y jóvenes de Rébolo, de San Roque y de tantos barrios populares del país, les digo esto con convicción: el origen no determina el destino. El estudio no es la única respuesta a todos los problemas, pero sigue siendo la herramienta más poderosa para ampliar horizontes y conquistar la dignidad.

Yo soy prueba de ello. Y mi historia no es excepcional: es posible, real y alcanzable. Siempre que no olvidemos quiénes somos ni de dónde venimos.

Cita al cierre:

“No hay viento favorable para quien no sabe de dónde viene.”
Séneca