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Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en Ciencias Humanas, Post Doctor en Alta Dirección y Tecnología, Investigador social.

“La era digital ha transformado radicalmente los procesos de construcción de identidad: hoy las personas no solo viven su identidad, sino que la editan, la proyectan y la negocian continuamente en los escenarios de la virtualidad.”
— Yoyito SabaterVea el corto de la pelicular “la Oveja Negra” https://vt.tiktok.com/ZSuSX2waJ/
La era digital ha transformado radicalmente los procesos de construcción de identidad. Lo que antes era una experiencia íntima o comunitaria localizada, hoy se configura en escenarios virtuales donde el reconocimiento se produce mediante algoritmos, validación social y circulación simbólica acelerada. En este contexto emerge el fenómeno de los therians, personas que afirman experimentar una identidad psicológica, espiritual o existencial vinculada a un animal no humano.
Ya en una película mexicana de 1949, cuyo título es “La oveja negra”; dirigida por Ismael Rodríguez y que en la cual actúan Fernando Soler interpretando al padre Don Julián Cruz Treviño (hombre mayor con sombrero y bastón) y Pedro Infante interpretando a su hijo Silvano. Donde el primer personaje habla sobre cómo en el futuro las personas se comunicarían a distancia o vivirían de forma distinta, en Tic Toc circula una escena de esta película, donde Don Julián Cruz Treviño le dice a Silvano: “vendrá un tiempo muchacho donde los hombres se creerán mujeres y las mujeres hombres y más adelante agrega: “también se creerán animales, se vestirán y se comportaran como ellos diciendo que es su identidad…”
El análisis de este fenómeno exige prudencia conceptual. No se trata de patologizar sin fundamento ni de trivializar sin reflexión. Más bien, se impone una pregunta filosófica central: ¿estamos ante una radicalización contemporánea de la metáfora o ante una transformación ontológica de la subjetividad en la era digital?
El término therian proviene del griego antiguo θηρίον (thēríon), que significa “animal salvaje” o “bestia”. En la tradición clásica, el término no implicaba identidad personal, sino una categoría biológica o simbólica. La animalidad ha sido históricamente una metáfora potente en Occidente: símbolo de instinto, fuerza, irracionalidad o naturaleza primigenia.
Freud (1923) utilizó la animalidad como representación del ello instintivo; Hobbes (1651/2006) apeló a la figura del “hombre lobo del hombre” para describir el estado de naturaleza; Lévi-Strauss (1962) mostró cómo el totemismo no trata de animales en sí, sino de sistemas clasificatorios que organizan lo social. La animalidad, en estos marcos, opera como símbolo estructurante, no como ontología personal.
La novedad contemporánea radica en el desplazamiento semántico: la metáfora deja de ser representación para convertirse en narrativa identitaria. Este giro revela una transformación cultural profunda en la relación entre lenguaje, símbolo y subjetividad.
Desde la sociología contemporánea, la identidad en el siglo XXI se caracteriza por fluidez y fragmentación. Bauman (2000) describió la “modernidad líquida” como un escenario donde las estructuras sólidas se disuelven y el individuo debe reconstruirse constantemente. Castells (2010) explicó que la sociedad red produce identidades de resistencia y proyectos identitarios alternativos.
Las plataformas digitales permiten la formación de microcomunidades que validan narrativas antes marginales. La identidad deja de depender exclusivamente del reconocimiento territorial o familiar y se apoya en comunidades virtuales transnacionales.
En este sentido, el fenómeno therian puede comprenderse como:
Búsqueda de pertenencia en entornos de soledad estructural.
Estrategia simbólica frente a la hipercompetencia social.
Producción de comunidad en la lógica algorítmica.
No constituye necesariamente una patología, sino una forma de subjetivación mediada por dispositivos digitales.
Desde la psicología del desarrollo, la adolescencia y juventud temprana son etapas de exploración identitaria. Erikson (1968) describió la crisis de identidad como momento estructural del crecimiento. La identificación simbólica cumple funciones de diferenciación, pertenencia y elaboración emocional.
Clínicamente, el criterio relevante no es la identidad declarada, sino la presencia de sufrimiento significativo, deterioro funcional o rigidez cognitiva. El DSM-5-TR (American Psychiatric Association, 2022) no reconoce la identidad therian como trastorno. No obstante, pueden coexistir condiciones como ansiedad social, trastornos disociativos o rasgos del espectro autista en algunos casos, sin que ello implique causalidad directa.
Desde la neurociencia social, se ha documentado que la validación digital activa circuitos dopaminérgicos asociados al refuerzo conductual (Montag & Diefenbach, 2018). La repetición de narrativas identitarias puede fortalecerse mediante reconocimiento algorítmico. Sin embargo, esto describe un mecanismo general de redes sociales, no un fenómeno exclusivo de los therians.
Michel Foucault (1976) mostró que las categorías de normalidad y desviación son construcciones históricas inscritas en dispositivos de poder. La psiquiatría, la medicina y la escuela participan en la producción de subjetividades. Desde esta perspectiva, la pregunta no es si la identidad therian es “normal”, sino qué discursos la hacen visible y qué dispositivos la regulan.
Giorgio Agamben (2002) problematizó la “máquina antropológica” que separa lo humano de lo animal. Según Agamben, Occidente se ha definido históricamente delimitando una frontera entre humanidad y animalidad. El fenómeno contemporáneo podría leerse como una fisura en esa frontera: una subjetividad que cuestiona la división tradicional.
Desde la antropología, muchas culturas indígenas han integrado la identificación animal como parte de cosmovisiones totémicas o espirituales (Lévi-Strauss, 1962). La diferencia radica en que dichas identificaciones estaban inscritas en estructuras comunitarias y cosmológicas, mientras que en la modernidad digital emergen en un contexto hiper individualizado.
Aquí surge la pregunta filosófica decisiva:
¿Estamos ante una ampliación del repertorio simbólico humano o ante una desestabilización ontológica producida por la cultura digital?
El fenómeno therian no puede analizarse aisladamente. Forma parte de un ecosistema de identidades digitales emergentes:
Comunidades furry (identificación estética con animales antropomorfizados).
Identidades de género no binarias.
Avatares virtuales persistentes en metaversos.
“Otherkin” (identidad no humana de carácter mitológico o fantástico).
Todas comparten elementos comunes:
Mediación tecnológica.
Validación comunitaria online.
Narrativa identitaria performativa.
Distanciamiento respecto a categorías tradicionales.
La diferencia clave radica en el grado de literalidad. Mientras algunas identidades se presentan explícitamente como expresión simbólica, otras adoptan un tono ontológico más afirmativo.
Desde la sociología cultural, esto puede leerse como un síntoma de la crisis contemporánea de sentido y pertenencia. Desde la filosofía política, como expansión del principio liberal de autoidentificación.
Entre los posibles efectos positivos se encuentran:
Sentido de comunidad.
Creatividad simbólica.
Exploración identitaria en entornos seguros.
Entre los riesgos potenciales:
Aislamiento extremo.
Conflictos familiares.
Estigmatización social.
Instrumentalización mediática.
La categoría de “pandemia” resulta conceptualmente inadecuada. No existe evidencia epidemiológica ni reconocimiento clínico que justifique tal denominación. El fenómeno es cultural y digital antes que médico.
El fenómeno therian revela una tensión profunda de la modernidad tardía: la búsqueda de sentido en un mundo hiperconectado, pero emocionalmente fragmentado. Más que condenar o celebrar, el desafío intelectual consiste en comprender.
Tal vez el verdadero interrogante no sea por qué alguien se identifica simbólicamente con un animal, sino qué condiciones culturales hacen que la identidad humana necesite desplazarse hacia nuevas formas narrativas para encontrar reconocimiento.
La era digital no solo transforma la comunicación; transforma la ontología del yo. Y allí, la filosofía tiene todavía mucho que decir.
Cita al cierre: “(En la virtualidad) Primero damos forma a nuestras herramientas
y luego nuestras herramientas nos dan forma.”
Marshall McLuhan
Referencias
Agamben, G. (2003). The open: Man and animal. Stanford university press.
American Psychiatric Association. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders 4th ed. 1994Washington. DC: American Psychiatric Association.
Bauman, Z. (2000). Liquid modernity. Polity Press.
Castells, M. (2010). The power of identity: with a new preface. Wiley-Blackwell.
Erikson, E. H. (1968). Identity youth and crisis (No. 7). WW Norton & company.
Foucault, M. (1978). The history of sexuality vol. I. Pantheon.
Freud, S. (1923). The ego and the id. Hogarth Press.
Springborg, P. (2013). Hobbes and Schmitt on the name and nature of Leviathan revisited. In Thomas Hobbes and Carl Schmitt (pp. 39-57). Routledge.
Rocha, E. (2021). Totemism in the market: Lévi-Strauss as an inspiration for consumption research. In Advertising and Consumption (pp. 13-30). Routledge.
Montag, C., & Diefenbach, S. (2018). Towards homo digitalis: important research issues for psychology and the neurosciences at the dawn of the internet of things and the digital society. Sustainability, 10(2), 415.

