
Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en Ciencias Humanas, Post Doctor en Alta Dirección y tecnología, Investigador social
“Quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.”
— George Santayana, The Life of Reason (1905).
Hay frases que uno quisiera creer confinadas a los libros de historia. Palabras que deberían pertenecer a épocas en las que la diferencia era castigada, el adversario convertido en hereje y la violencia presentada como un deber moral. Sin embargo, de vez en cuando aparecen discursos que nos obligan a preguntarnos cuánto hemos avanzado realmente.
No porque la Inquisición siga existiendo como institución, por supuesto. Sería históricamente incorrecto afirmarlo. Pero algunos de sus rasgos más inquietantes —la intolerancia, la construcción del enemigo absoluto, la negación de la dignidad del otro y la utilización de la autoridad religiosa para justificar el castigo— todavía encuentran espacio en pleno siglo XXI.
Dos declaraciones recientes que han circulado públicamente permiten reflexionar sobre este fenómeno. Una es atribuida a un sacerdote que habría defendido la necesidad de bombardear territorios guerrilleros sin importar quién pudiera caer en el ataque y que, además, habría utilizado expresiones profundamente despectivas hacia una mujer indígena. La otra corresponde a declaraciones atribuidas al rabino Ronen Shaulov, en las que se afirma que los niños de Gaza deberían morir de hambre y se los presenta como “futuros terroristas”.
Más allá de las circunstancias específicas de cada caso —y de la necesidad de verificar siempre las fuentes, traducciones y contextos completos de cualquier declaración—, las palabras que se atribuyen a estas figuras permiten observar algo preocupante: la facilidad con la que el lenguaje religioso puede transformarse, cuando se radicaliza, en lenguaje de exclusión.
Cuando el adversario deja de ser humano
Hay un mecanismo común en los discursos extremos: antes de justificar el sufrimiento del otro, hay que despojarlo simbólicamente de su humanidad.
Al guerrillero se le transforma en un objetivo cuya eliminación parece justificar cualquier daño colateral. Al habitante de un territorio se le convierte en sospechoso por el simple hecho de vivir allí. Al niño se le deja de mirar como niño y se le presenta anticipadamente como terrorista.
Ese desplazamiento no es menor. Las palabras construyen categorías. Y las categorías determinan posteriormente qué vidas consideramos dignas de protección, cuáles nos conmueven y cuáles terminamos viendo como sacrificables. Cuando alguien dice, en esencia, “que caiga quien tenga que caer”, está anulando la diferencia entre responsables y no responsables.
Cuando se afirma que “cada niño” de un territorio merece pasar hambre porque algún día podría convertirse en terrorista, se está aplicando una condena anticipada a seres humanos por delitos que no han cometido.
La responsabilidad individual desaparece.En su lugar aparece la culpa colectiva. Y la historia demuestra que pocas ideas han resultado tan peligrosas como esa.
“Nosotros” y “ellos”
Los discursos de intolerancia suelen organizar el mundo de una manera extremadamente sencilla. De un lado estamos “nosotros”: las víctimas, los buenos, los civilizados, los que tenemos razón. Del otro lado están “ellos”: los enemigos, los bárbaros, los peligrosos, los que no merecen compasión.
Esta división ofrece una enorme comodidad moral porque elimina las preguntas difíciles. Ya no es necesario analizar quién hizo qué, quién es responsable, quién es inocente o qué circunstancias rodean un conflicto. Basta con pertenecer al grupo equivocado.
Ese mecanismo apareció durante siglos en persecuciones religiosas, conflictos étnicos y guerras políticas. Cambian las palabras, cambian las banderas y cambian los protagonistas, pero el procedimiento permanece.
Primero se generaliza. Después, se deshumaniza. Finalmente se justifica el castigo.
Cuando la apariencia también se convierte en una frontera
El episodio atribuido al sacerdote incorpora además otra dimensión inquietante: el desprecio hacia una mujer indígena (Aída Quilcué Vivas) a partir de su origen, su vestimenta y su apariencia. Allí el discurso no construye solamente un enemigo político. También establece una jerarquía cultural.
De un lado aparecen las mujeres vinculadas al poder político, descritas desde la elegancia y la belleza. Del otro se coloca a la mujer indígena, representada mediante términos peyorativos y referencias ofensivas a su vestimenta y olor. No estamos únicamente ante una expresión de mal gusto.
Este tipo de lenguaje reproduce siglos de racismo, clasismo y desprecio hacia las culturas indígenas. La discriminación funciona precisamente así: convirtiendo diferencias culturales en supuestas señales de inferioridad. Cuando la forma de vestir de una comunidad ancestral es considerada indigna de una ceremonia, mientras los códigos estéticos de las élites aparecen como modelo de corrección, el mensaje de fondo resulta evidente: hay personas cuya presencia parece necesitar justificación y otras cuya pertenencia al espacio de poder se da por descontada.
Eso también es violencia.Violencia simbólica, pero violencia al fin.
La memoria del dolor no puede convertirse en permiso para destruir
En el discurso atribuido a Ronen Shaulov aparece otro elemento especialmente poderoso: la memoria del 7 de octubre de 2023. Recordar el dolor de las víctimas de aquel ataque es legítimo, necesario y profundamente humano. Pero existe una diferencia fundamental entre recordar una tragedia y utilizarla para negar la humanidad de quienes pertenecen al otro grupo. El sufrimiento propio no convierte automáticamente en culpable a cada integrante de una población adversaria. Mucho menos a sus niños.
Sin embargo, cuando los menores son llamados “futuros terroristas”, ocurre una transformación discursiva extremadamente peligrosa: el niño deja de ser evaluado por lo que es y comienza a ser condenado por aquello en lo que hipotéticamente podría convertirse. Es una especie de culpabilidad preventiva. No importa lo que haya hecho. No importa siquiera que no haya hecho nada. Su identidad territorial basta para declararlo enemigo.
Cuando una sociedad llega a ese punto, la compasión comienza a presentarse como una debilidad. Incluso como una traición. Y eso debería preocuparnos profundamente.
El problema no es la religión
Sería injusto y absurdo concluir de estos episodios que el problema está en una religión determinada. No lo está. Ni el cristianismo puede reducirse a las expresiones de un sacerdote, ni el judaísmo puede juzgarse por las palabras de un rabino.
Millones de creyentes de distintas religiones trabajan diariamente por la paz, defienden los derechos humanos, protegen poblaciones vulnerables y rechazan cualquier forma de violencia. Precisamente por eso debemos distinguir entre la religión como experiencia espiritual y el uso de la autoridad religiosa para legitimar discursos de odio o exclusión.
Una crítica responsable no puede cometer el mismo error que denuncia. Si rechazamos que todos los habitantes de Gaza sean convertidos en terroristas, tampoco podemos convertir a todos los judíos en responsables de las palabras de un rabino.
Si rechazamos el desprecio hacia los indígenas, tampoco podemos responsabilizar a todos los católicos por las afirmaciones de un sacerdote. La responsabilidad debe mantenerse donde corresponde: en las personas, instituciones y discursos concretos.
Autoridad religiosa y responsabilidad pública
Sin embargo, tampoco podemos ignorar que las palabras adquieren un peso especial dependiendo de quién las pronuncia. Un sacerdote, un rabino, un pastor, un imán o cualquier otro líder religioso no habla únicamente como individuo cuando se presenta públicamente investido de una autoridad espiritual.
Para muchos creyentes, esas voces tienen una legitimidad moral considerable. Precisamente por eso su responsabilidad es mayor. Cuando desde un púlpito, una ceremonia o un espacio religioso se legitima la violencia, se degrada a una comunidad étnica o se desea la muerte de niños, no estamos simplemente ante una opinión polémica. Estamos frente a un discurso capaz de transformar prejuicios privados en autorizaciones morales. La historia conoce demasiado bien ese fenómeno.
¿Nunca se fue la Inquisición?
Decir literalmente que “la Inquisición nunca se ha ido” sería una exageración histórica. La institución desapareció. Pero quizá la frase pueda conservarse como metáfora. Porque algunas de las lógicas que hicieron posibles las antiguas persecuciones siguen apareciendo bajo nuevas formas. La certeza absoluta de poseer la verdad.
La división del mundo entre buenos y malos. La sospecha hacia quien piensa, viste, cree o vive de manera diferente. La transformación del adversario en una amenaza que debe eliminarse. La utilización del miedo para justificar el sufrimiento ajeno. Y, finalmente, la convicción de que Dios está necesariamente de nuestro lado mientras el enemigo queda fuera de toda posibilidad de compasión.
Eso sí sigue existiendo. Y no pertenece exclusivamente a una religión, una nación o una ideología. Es una tentación humana.
La verdadera prueba moral
Tal vez la grandeza ética de una sociedad no se mida por la manera en que trata a quienes ama. Eso es relativamente fácil. La verdadera prueba está en cómo trata a quienes considera adversarios. Podemos exigir justicia por los crímenes cometidos el 7 de octubre sin desear la muerte por hambre de los niños palestinos. Podemos rechazar la violencia de las guerrillas sin considerar aceptable que poblaciones civiles sean sacrificadas indiscriminadamente. Podemos debatir sobre política, seguridad, religión y guerra sin degradar a una mujer indígena por su vestimenta, su origen o su apariencia.
Una democracia comienza a enfermar cuando necesita convertir a personas enteras en categorías. “Guerrillero” “Indio”, “Terrorista”, “Enemigo”.
Detrás de cada una de esas etiquetas sigue existiendo un ser humano. Recordarlo no significa justificar delitos ni renunciar a la justicia. Significa impedir que la justicia se transforme en venganza y que el miedo termine convirtiéndose en permiso para destruir al otro.
Quizá esa sea una de las grandes tareas de nuestro tiempo: impedir que los fantasmas de épocas que creemos superadas regresen vestidos con los lenguajes de nuestro presente. Porque la Inquisición institucional pertenece al pasado. Pero la intolerancia que la hizo posible todavía puede aparecer cada vez que alguien considera que su dolor le concede el derecho de negar la humanidad de los demás.
Cita al cierre:
Los monstruos existen, pero son demasiado pocos para ser verdaderamente peligrosos. Más peligrosos son los hombres comunes… dispuestos a creer y actuar sin hacer preguntas.”
— Primo Levi.

