
Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.
“El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz” Jorge Luis Borges
Me salvaron los libros. Por haber aprendido a leer tras los “cocotazos” vespertinos de mi madre. De lo contrario, el destino si en él se cree, ser hijo mayor de padre albañil, era ser un débil y mal ayudante de albañilería. Pero, para decirlo más “bonito”, me salvo la poesía que leí de adolescente, tanto que me creí poeta y comencé a escribir poemas cada vez que me enamoraba de la bella mirada de una vecina o me fascinaba un hecho en las calles asfaltadas y soleadas de El Santuario o del Centro de Barranquilla.
Sí, escribo poemas, no sé si sea poesía. Pero, mis vecinos en El Santuario, barrio que ayudó a fundar Ma. Caamaño, mi madre, y habite desde la primera infancia hasta la juventud, me llamaban “Poeta”. Y mis amigos de “La Bohemia” periodística, los de “la esquina del viernes” (El Heraldo y Diario del Caribe), G. Marenco, S. Eusse y Lácides (qepd), me apodaron, por puro cariño, “El Bardo del Santuario”. Solo porque escribía poemas, no sé si era poesía. Ella es magia!!.

He confesado pública, impúdica y pubícamente mi amor a los libros de papel, como a la lectura. Amor que convertido en oficio me ha permitido vivir decentemente, no solo de lo que leo, sino de lo que escribo. Puedo decir, sin pudor alguno, que soy REDACTOR profesional de cartas de amor hasta de memoriales judiciales de acusación y de defensa técnico-penal; tanto que una vecina, desde la calle, me llamó: “el mejor escritor del Bloque A” del Alegre Puerto que habito. Generosa, esa Señora.
Entonces, no me genera ridículo alguno que escriba, como ahora lo hago, sobre ese declarado amor, sino de las bibliotecas que, a lo largo de mi afortunada existencia, he logrado edificar -y regalar-, porque es en ellas donde he consumado, en solitario o en la complicidad voluntaria y necesaria, ese amor descubierto en los tiempos de la infancia, al aprender a leer “can-can-eando“. O sea, letra a letra. Por la tenacidad de mi difunta madre.

A lo largo de ésta, ya, larga vida, he tenido bibliotecas para conservar libros y poemas, agazapados en sus páginas. libros: insustituibles compañeros de la alegría de vivir. Desde aquella primera que hice con una escuálida caja de envase de tomates, que pedí regalada tendero de la esquina. Y bauticé: épica. En ella coloque los libros del dramaturgo alemán Bertold Brecht, cuya teoría teatral leía y manejaba para actuar y defender los montajes de los grupos teatrales del bachillerato y la Universidad. También, como olvidar, los libros de Pablo Neruda.
Durante los estudios de Licenciatura, en la Universidad del Atlántico, adquirí libros de historia; ya laboraba de profesor. Recuerdo el bello tomo de la historia de Europa de Henry Pirrene. A esos libros, mi padre le hizo una biblioteca de cemento, empotrada en pared de una nueva habitación de la casa de El Santuario. Era amplía y, obvio, fuerte. Poco a poco se fue llenando de libros de historia y literatura. los tres tomos de la poesía de Colombia, editados por el Banco de la República.
Si. De literatura porque mis amistades universitarias eran los escritores, no los historiadores. Recuerdo a G. Tedio, L. Vargas, el poeta J. L. Hereyra, A. Castillo. Con ellos, editamos una revista en mimeógrafo. punto y aparte, se llamó. Y con ese título, copiado de la columna de Gabo en El Universal de Cartagena, comencé a publicar una en El Heraldo. Luego, al ingresar a diario del caribe monté una columna de reseña de libros, “asolapados” que firmaba como bustrofedón, el personaje de Guillermo Cabrera Infante en la novela “tres tristes tigres“, amante de las palabras. En esa labor recibía libros de todo el mundo, los cuales nutrieron aquella biblioteca de pared. nunca fui capaz de mudarlos, no eran míos: eran de mi madre, del patrimonio de la casa construida, ladrillo a ladrillo, por mi padre bajo lluvias y sudores.
Siendo redactor, con más tiempo y más salario, reanude estudios de derecho en la Facultad de la Universidad Libre para cumplir el ideal de ser abogado “orgullosamente libre“. Fue la época que construí una biblioteca con libros de la historia constitucional de Colombia, amén de filosofía del Derecho. En “la libre“, siendo docente, curse Especialización en Administrativo, adquiriendo obras de los clásicos franceses de la disciplina. Esa biblioteca acompañó las oficinas del litigante.
Con casa propia, adquirida a punta de memoriales, curse Maestria y Doctorado en Educación. En esos estudios el conocimiento se amplió, se profundizó. Logrando edificar una biblioteca sobre el amor y con ellos redactar tesis sobre “el amor como derecho en Colombia“, e s invitado como ponente a eventos académicos en La Habana, México (Tabasco), Buenos Aires y Mar del Plata (Argentina). solo los libros dan alas para volar a otros cielos.
Y en éste presente plácido de abuelo, he cultivado nuevos libros, tantos que ya desbordaron -como todo lo placentero- el espacio del closet que adecue para biblioteca, a la que bautice “submarina” porque me sumerge silenciosamente en los océanos de la vida buena. En ella, ecléctica, hay libros jurídicos, novelas, poesía y más de uno de filosofía. Los libros atravesaron de la oficina a la sala de diversiones (t.v. y bar) denominada el amoblado. Presumo que, más pronto que tarde, serán los habitantes consentidos en todas las estancias cómodas de la vivienda submarina. Obvio, no faltan los libros de la historia contemporánea de Colombia y del globo.
Colofón. Si alguien llegase a preguntarme qué habría deseado tener; respondería: un hogar de padres “acomodados” para estar dedicado solo a leer y escribir. Pero, agregaría lo siguiente: ese deseo le he cumplido, pues logrado el reconocimiento pensional vitalicio, después de 43 años docencia y litigio judicial, dedico la vida a los placeres de leer y escribir, en silencio y en soledad, disfrutando del generoso amor y las sonrisas y alegrías con mis cuatro (4) nietos. todo por haber aprendido a leer y ser fiel al amor a los libros. Amen.
La próxima: solidaridad, principio constitucional.

